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1.7.21

Polvo

 

Un cementerio de uno mismo, el recuerdo de lo que un día fue algo prometedor, reposando, alejado del tiempo, sobre mi cama. Todos los sueños que persigo se desvanecen en mi mirada, todos los ojos que recuerdo forman parte de mis sueños. El cielo me llora y no soy digno de sus lágrimas, me rompe la espalda, cicatriza a destiempo, me recuerda todos los días que cada día, es un día menos, un día más, otro sueño que acabaré olvidando, otra pesadilla que se quedará a vivir conmigo, otro cementerio que cuidar, otras flores sin raíces para regar, más piedras de mármol en las que verme reflejado y no reconocerme, más motivos vanos por los que intentar encontrarme, minutos de silencio que nunca me llenan, intentos de suicidio que asesinan mi alma, la encogen, la enfrían, la vuelven transparente, y nunca ocurren.

Mis dedos no responden, tienen muerte propia, y mis brazos se rompen con cada caricia, incluso con el aliento del viento, la montaña susurra en el mismo idioma que el silencio, y es por eso que nunca la entiendo.

He perdido este juego. Jamás entendí las reglas, jamás quise aceptarlas. Jamás pensé que pudiera existir tanta crueldad, jamás quise aceptarlo.

He intentado convertir un destrozo en algo único e inigualable, y solo he conseguido un caos perfecto, en el que yo soy el único capaz de ver la verdadera energía con la que nació, y sin la que yace a morir, en eterna muerte. Las palabras nunca fueron suficiente, mis palabras nunca fueron suficiente, lo intenté, de eso no tengo duda, y no pude, no supe cómo.

He sido cómplice, verdugo, asesino, culpable e inocente, he sido uno más, en medio de algo único. Ya no busco que me comprendan, no busco entendimiento, tan solo me interesa encontrar palabras que no sean cuchillas al salir por mi boca, palabras que no sienta extrañas, que me abracen como solían hacerlo, una frase que me llene al vaciarme, un texto en el que reconocerme.

Solo he sabido vivir viviendo, y de tal forma moriré muriendo, no dejando de vivir. Solo supe hacer las cosas desde dentro, y para dentro, nunca me interesó demasiado el mundo de fuera. He buceado por los océanos recónditos de mi mente, y en ellos me perdí, como un buen pescador en zona desconocida, regalando el aliento al mar, como el mar tantas veces me ha regalado el aliento. He subido precipicios sin siquiera ser consciente de la altura, y al caer, he maldecido hasta el último pájaro, por no enseñarme a volar.

He querido saberlo todo sin aprender nada, y he querido aprenderlo todo sin saber nada, y al final, he llegado al mismo sitio, vacío, y lleno.

He rozado a Dios, y al diablo, ambos tienen vergüenza de mí. Estuve cerca de tenerlo todo, podría haberlo tenido todo, tan solo con dejar de buscarlo. Me perdí.

Perdí la calma, la confianza, el aliento y mis huellas. Y a cada paso que daba me sentía más cerca de una nueva era, que jamás llegó. Pues cuando uno se pierde la esperanza de encontrar algo sorprendente no hace más que crecer, como también crece la certeza de que nunca jamás volverás a encontrarte. Y cuanto más intenso es el miedo y el dolor, más sonríes, más celebras, más gritas, más quieres, más necesitas.

Porque estás perdido, y al perderte, todo es pasajero. Todo se esfuma al poco de haberlo saboreado. Todo es decepcionante, todo acaba por irse, todo se va.

Todo. Hasta que ya no queda nada que llorar, ni que añorar. Hasta que las piernas dejan de temblar, hasta que ya no duele, ya no puede doler, ya no lloras, no sientes que lloras, no sientes la vida yéndose, no sientes las cosas alejándose, no sientes todo lo que te rodea, que, aunque se aleje, sigue rodeándote. No. No hay nada. Excepto la única certeza que te acompaña a todas partes, de que todo lo que viviste aquellos días, que tantas vidas te ha permitido perder, ahora es polvo de estrellas cayendo al mar, brillante, incesantemente brillante, pero polvo al fin de al cabo, y mar al fin de al cabo.

 

Aquella nostalgia se transforma en soledad, y con ella las emociones se distorsionan, abandonan mi cuerpo para irse con las estrellas, y me quedo a solas, siempre a solas, observando esta lluvia, que más no podría doler, ni mayor belleza contener, pues no es más que todo mi corazón lo que llueve, y toda mi alma la que se hunde, brillante y pura, en un mar sin fondo alcanzable, para siempre, por toda la eternidad.

 

Siempre quise iluminar los rincones más oscuros de este mundo, y acabé sacrificando mi luz para intentarlo. Pues qué es la vida sin sacrificios, y qué son los sacrificios sin desear sentir la vida por tus venas, qué es el mundo sin tu mundo, qué es el dolor si ya nada te duele, qué es la alegría si no hay sonrisa sin miedo, y qué es la esperanza sin un clavo ardiendo.

 

El tiempo pasa, pero yo no, he vivido suficiente, no me interesa saber si es poco, mucho, bueno o malo, he vivido suficiente, para saber que sin un sentido la vida no merece la pena ser vivida.

Solo me queda la esperanza, de que cuando toda esta lluvia termine, el mar sea suficientemente benevolente, como para aceptar mi piel maltratada en sus aguas, mi peso distorsionado en su profundidad, y mi leve desaparición en su regazo, junto todas las luces que se hundieron.

Será lo último que pueda dar, mi voluntad ya muerta, en cuerpo muerto, y mi pobre esperanza de recomponer el cielo, dejándome llover, sobre la tierra y el mar, aun sin saber si en ese lecho el polvo seguirá brillando, con la voluntad tranquila, pues nunca he ansiado la luz, de hecho, viví más en oscuridad, pero con la conciencia en calma, pues le debo a mi vida que intente juntar lo que rompí, no por mí, sino por todos ellos, por el daño que hice, y el que me dejé hacer.

Volaré sin ninguna prisa, en oscuridad y luz, en perdón y penitencia, hacia la calma de mis decisiones, y descansaré eternamente, sobre todas ellas, dando todo lo que tengo, por todo lo que soy.

 

4.6.20

Hielo

Siento la necesidad de que las luces se vuelvan tenues, y cada palmo de las paredes recuerde los nombres que una vez llamaron, en pleno vuelo por las cortinas que nuestros vientos tejieron, al son de cada rayo de luz que tus ojos mecían en reflejos. Desde el balcón de mis pestañas observo el tiempo que se posa entre mis piernas, con tacto de madera de cerezo, barniz antiguo, granizo en forma de pestañeo. Juego entre mis dedos con mis manos temblorosas, que retan al espacio con cada movimiento, vislumbran el esfuerzo que hace el cosmos por no desmoronarse, y deciden en silencio, acomodarse entre las notas que mi mente intenta adivinar.

Pues no es más que un sonido que explique lo que siento lo que busco, en mi mirada perdida, contemplando la inmensidad. De repente solo existo, en medio de un mundo en el que solo tú eres reina, con la corona que guardé entre mis costillas. Suena, tu voz, mi voz, y la música.

Se hacen cenizas los segundos que nos regala el segundero, y con el sombrero loco te hago una reverencia, a ti, mi reina, para que nombres mis hombros tu trono, poder levantarte y que rasgues los cielos con el pelo suelto.

El aroma que desprendes me hace preso instantáneo del lugar del que nunca tuve que marcharme, y nunca me marcho, pues si existe ese momento yo me quedo en su recuerdo hasta que el lago se congele, hasta que tus zapatos vuelvan a resbalar sobre mi piel, y patines sobre el hielo de mis besos.

Piruetas, vueltas, y más piruetas. Galopas por mi pecho agarrada a mi voz, y te convierto en lo más preciado que puedo crear con las manos atadas, un deseo de niño chico convertido en el sueño de un hombre grande.

Te reservo, cada momento en el que las luces se apaguen, todos los nombres por los que quieras llamarte, todas las capas de pintura de mis paredes, mis cortinas dejando pasar luz que ilumine mi sendero.

Tengo los dedos torpes, y quieren hacerlo perfecto. Regalarte un momento que nadie pueda cuestionar, un pedazo de verdad entre tanta mentira, y solo busco un silencio camuflado por la música que sale de mis manos, en guitarra vieja y oído desafinado, procurando que tu vista no se canse de mirarme.

Solo quiero que me mires, que el silencio se haga puente entre nosotros, que se me hunda el pecho como el corcho cuando los peces pican, que comience a llover justo cuando uno lo necesita.

Será una sombra en medio del desierto, que por un momento ninguna estrella pueda alumbrar.

Pues solo cabe una promesa en este universo, y es mi silencio, y mi música, mi soledad.

 

¿Serás la reina que gobierne entre mis cimientos?

Serás el alma que se adentre entre la guerra de las balas de tristeza, entre las calles plagadas de huellas que no llevan a ninguna parte, dando pasos que nadie pueda escuchar. Serás aquella que observe mi cielo con ternura, esquivando los relámpagos de injusticia.

Serás quien atraviese mis cortinas, como la luz, sin tocarlas, posándote sobre mi cama.

Serás aquella que yo recuerde, hasta que el lago se congele.


29.5.16

Desde nunca, hasta siempre


Desde la guerra de Vietnam hasta la última paliza callejera, pasando por infinitos bombardeos entre humanos y humanos, con víctimas invisibles, con cuerpos descompuestos y voluntades destrozadas.
Desde el Holocausto nazi hasta el Capitalismo moderno, desde una ametralladora hasta un cajero automático, desde un banquero hasta el propio soldado estadounidense, desde el frío de Rusia hasta el silencio de Siria después de una bomba, desde una hipocresía hasta otra, del vicio al pecado y del pecado al precipicio, de entre caza de brujas pasando por lapidaciones, surgiendo así el terrorismo protagonista infinito de los intereses capitales. 
Y todo índice maligno constipado, goteando mocos con sabor a egocentrismo y miedo, cada culo sudoriento sentado en butacas del cuero fabricado con las pieles de las niñas palestinas.

Desde el sitio más caro del mundo hasta el lugar más rico en vida. Desde las personas sinceras hasta las imbéciles. Incluso desde el poder económico hasta la verdadera fuerza de la palabra.
Desde un político corrupto hasta un sistema explotador. Desde una política fantasma hasta una reunión vecinal, desde una abuela yendo por la calle sin sujetador a un viejo persiguiendo jovencitas. 

Partamos desde donde partamos pasaremos por innumerables caminos plagados por indeseables sensaciones, y la vez placenteras. Éxtasis, placer, ego, orgullo, plenitud, paciencia, calma, soberbia, miedo, tristeza, pánico, ansiedad, despersonalización, desrealización, quizás ambición, puede que fuerza, dudo que sintamos a ciencia cierta empatía…pero el llanto, el llanto, el llanto siempre llega.
El llanto es aquello que nos hace brotar lágrimas mientras el agua salada nos acaricia los ojos, recorre las ojeras que testifican siempre a favor de nuestra enorme masacre interior, acaricia las mejillas del mismo modo en que una madre nos arrebata la rabia del cuerpo, ignora lo suficientemente nuestros labios como para que despierten y dejen de echar de menos a sus viejos compañeros, llega a los puntos negros de la barbilla y se columpia entre las posibilidades de suicidarse o por el contrario caer al suelo y seguir llorando por el mundo.
Desde el momento en el que abandonamos las trincheras maternas para adentrarnos en este plano tan sombrío, el llanto es lo primero que sentimos, es el indicador de respiración y por tanto de existencia biológica en nuestro cuerpo. Tiene gracia que al nacer llorar sea lo más importante y después nos pasemos la vida huyendo de nuestras propias lágrimas, tiene gracia que en cierto momento llorar indique vivir, y conforme pasa el tiempo nos acostumbremos a ver la vida ignorando aquello que nos produce llorar.

Pienso que si nacer no doliese la vida tendría mucho menos valor del que ya le hemos robado, pienso que si no llorásemos al nacer nuestra madre jamás sería capaz de escuchar esas lágrimas que gotean contra nuestro corazón pero que son incapaces de salir. El vínculo que otorga el nacimiento de un ser receptivo a probar la píldora del dolor es infinito e irrompible.
Será por eso que cuando lloramos viajamos a la infancia, y nos sentimos tan pequeños como en realidad somos. Será por eso que se condena socialmente a aquellos que no tienen miedo a llorar, porque el miedo ya les pertenece a los fuertes e impenetrables, pero una vez más la vida nos demuestra su jodido y sarcástico sentido del humor, y es que resulta que aquellos hombretones son tan frágiles como la cáscara de huevo, y los que lloran por llorar tienen muchísima más fuerza de la que creen. Por mi experiencia podría decir que la mayor energía de este mundo reside en la sensibilidad y fragilidad que acentúa un corazón sincero.

Sin ánimo de ofender a nadie, pienso que las mayorías se complementan a la perfección, y por tanto comprendo silenciosamente la sensación de no sentirme correspondido con ninguna dualidad, etiqueta o pentagrama social. Me atrevería a escribir una frase sin decir lo que voy a hacer, sin predecir unos actos obscenos o melodramáticos, pero entonces dejaría de ser una historia y se convertiría en simple palabrería, o al  menos eso es lo que dicen los escritores de hoy en día, que si no se sigue la línea de puntos no llegas al final, que tiene que haber un final porque sí, incluso que debe de existir un escenario y un contexto para organizar las ideas.
Malditos bastardos, fascistas del arte.