Siento la necesidad de que las luces se vuelvan tenues, y cada
palmo de las paredes recuerde los nombres que una vez llamaron, en pleno vuelo
por las cortinas que nuestros vientos tejieron, al son de cada rayo de luz que
tus ojos mecían en reflejos. Desde el balcón de mis pestañas observo el tiempo
que se posa entre mis piernas, con tacto de madera de cerezo, barniz antiguo,
granizo en forma de pestañeo. Juego entre mis dedos con mis manos temblorosas, que
retan al espacio con cada movimiento, vislumbran el esfuerzo que hace el cosmos
por no desmoronarse, y deciden en silencio, acomodarse entre las notas que mi
mente intenta adivinar.
Pues no es más que un sonido que explique lo que siento lo
que busco, en mi mirada perdida, contemplando la inmensidad. De repente solo
existo, en medio de un mundo en el que solo tú eres reina, con la corona que guardé
entre mis costillas. Suena, tu voz, mi voz, y la música.
Se hacen cenizas los segundos que nos regala el segundero, y
con el sombrero loco te hago una reverencia, a ti, mi reina, para que nombres mis
hombros tu trono, poder levantarte y que rasgues los cielos con el pelo suelto.
El aroma que desprendes me hace preso instantáneo del lugar
del que nunca tuve que marcharme, y nunca me marcho, pues si existe ese momento
yo me quedo en su recuerdo hasta que el lago se congele, hasta que tus zapatos
vuelvan a resbalar sobre mi piel, y patines sobre el hielo de mis besos.
Piruetas, vueltas, y más piruetas. Galopas por mi pecho
agarrada a mi voz, y te convierto en lo más preciado que puedo crear con las
manos atadas, un deseo de niño chico convertido en el sueño de un hombre
grande.
Te reservo, cada momento en el que las luces se apaguen,
todos los nombres por los que quieras llamarte, todas las capas de pintura de
mis paredes, mis cortinas dejando pasar luz que ilumine mi sendero.
Tengo los dedos torpes, y quieren hacerlo perfecto. Regalarte
un momento que nadie pueda cuestionar, un pedazo de verdad entre tanta mentira,
y solo busco un silencio camuflado por la música que sale de mis manos, en
guitarra vieja y oído desafinado, procurando que tu vista no se canse de
mirarme.
Solo quiero que me mires, que el silencio se haga puente entre
nosotros, que se me hunda el pecho como el corcho cuando los peces pican, que
comience a llover justo cuando uno lo necesita.
Será una sombra en medio del desierto, que por un momento
ninguna estrella pueda alumbrar.
Pues solo cabe una promesa en este universo, y es mi
silencio, y mi música, mi soledad.
¿Serás la reina que gobierne entre mis cimientos?
Serás el alma que se adentre entre la guerra de las balas de
tristeza, entre las calles plagadas de huellas que no llevan a ninguna parte,
dando pasos que nadie pueda escuchar. Serás aquella que observe mi cielo con
ternura, esquivando los relámpagos de injusticia.
Serás quien atraviese mis cortinas, como la luz, sin
tocarlas, posándote sobre mi cama.
Serás aquella que yo recuerde, hasta que el lago se congele.
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