4.6.20

Hielo

Siento la necesidad de que las luces se vuelvan tenues, y cada palmo de las paredes recuerde los nombres que una vez llamaron, en pleno vuelo por las cortinas que nuestros vientos tejieron, al son de cada rayo de luz que tus ojos mecían en reflejos. Desde el balcón de mis pestañas observo el tiempo que se posa entre mis piernas, con tacto de madera de cerezo, barniz antiguo, granizo en forma de pestañeo. Juego entre mis dedos con mis manos temblorosas, que retan al espacio con cada movimiento, vislumbran el esfuerzo que hace el cosmos por no desmoronarse, y deciden en silencio, acomodarse entre las notas que mi mente intenta adivinar.

Pues no es más que un sonido que explique lo que siento lo que busco, en mi mirada perdida, contemplando la inmensidad. De repente solo existo, en medio de un mundo en el que solo tú eres reina, con la corona que guardé entre mis costillas. Suena, tu voz, mi voz, y la música.

Se hacen cenizas los segundos que nos regala el segundero, y con el sombrero loco te hago una reverencia, a ti, mi reina, para que nombres mis hombros tu trono, poder levantarte y que rasgues los cielos con el pelo suelto.

El aroma que desprendes me hace preso instantáneo del lugar del que nunca tuve que marcharme, y nunca me marcho, pues si existe ese momento yo me quedo en su recuerdo hasta que el lago se congele, hasta que tus zapatos vuelvan a resbalar sobre mi piel, y patines sobre el hielo de mis besos.

Piruetas, vueltas, y más piruetas. Galopas por mi pecho agarrada a mi voz, y te convierto en lo más preciado que puedo crear con las manos atadas, un deseo de niño chico convertido en el sueño de un hombre grande.

Te reservo, cada momento en el que las luces se apaguen, todos los nombres por los que quieras llamarte, todas las capas de pintura de mis paredes, mis cortinas dejando pasar luz que ilumine mi sendero.

Tengo los dedos torpes, y quieren hacerlo perfecto. Regalarte un momento que nadie pueda cuestionar, un pedazo de verdad entre tanta mentira, y solo busco un silencio camuflado por la música que sale de mis manos, en guitarra vieja y oído desafinado, procurando que tu vista no se canse de mirarme.

Solo quiero que me mires, que el silencio se haga puente entre nosotros, que se me hunda el pecho como el corcho cuando los peces pican, que comience a llover justo cuando uno lo necesita.

Será una sombra en medio del desierto, que por un momento ninguna estrella pueda alumbrar.

Pues solo cabe una promesa en este universo, y es mi silencio, y mi música, mi soledad.

 

¿Serás la reina que gobierne entre mis cimientos?

Serás el alma que se adentre entre la guerra de las balas de tristeza, entre las calles plagadas de huellas que no llevan a ninguna parte, dando pasos que nadie pueda escuchar. Serás aquella que observe mi cielo con ternura, esquivando los relámpagos de injusticia.

Serás quien atraviese mis cortinas, como la luz, sin tocarlas, posándote sobre mi cama.

Serás aquella que yo recuerde, hasta que el lago se congele.


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