29.5.25

Volverte a ver

 En tus ojos se echó a dormir el recuerdo,
en el espacio que separaban nuestras miradas, 
es donde el tiempo se toma un respiro, y se crea la nostalgia
sobre aquello nunca vivido, 
y aun así, 
sin duda alguna, testigo de lo sentido.

En el olor a café y el sonido de las palabras, improvisadas,
que desde mi boca cabalgan hacia tu boca, 
dispuestas a morir si es necesario, 
a callar si la batalla lo requiere, sucumbir
al silencio, con tu silencio, con tu mirada
por tu mirar todas ellas son capaces de callar.

La infinidad de circunstancias que nos unieron, 
la infinitud de segundos que se amontonaron creando la distancia,
aquel abrazo que unió el tiempo con el espacio, 
del que todavía no soy capaz de despertar.

Nunca mentiré si todo lo que digo es que te busco en el reflejo,
de cada porción acuosa almacenada en cualquier parte,
nunca hallaré mentira si acaricio lo que siento, 
si es tu recuerdo todo lo que pienso,
y tu mirada lo que siento al recordar.

Y cien gaviotas dónde irán,
¿seguirán anidando las golondrinas en tu portal?
¿seguirá tu sonrisa invitándome a pasar?
Seguirá, mi inocencia vergonzosa, escondiéndose entre los flecos de tu falda
esperando para ver bailar al mar.

Hay historias que es mejor jamás contar, 
pues son tan frágiles como una pompa de jabón,
que con solo el suspiro de un recién nacido, 
abandonan el aire comprimido, y desgarran su piel
rindiendo culto hacia el olvido de lo vivido.

Lo más probable, es que seas otra historia que dedique al mar
y que la misma botella que beba en tu nombre, abrigue estas palabras,
atravesando las seis horas de marea, en nombre de la espuma y de la sal,
en honor de un amor marinero, siempre buscando la libertad,
abandonando las ansias asfixiantes
de encallar en pedrero ajeno.

Mas no habrá lugar al azar, en el hecho de haberte conocido,
pues como un buen maestro me dijo, es amor de verdad
cuando nada esperas de recibo.
Y en mi corazón albergo gracia, por ser testigo del roce de tu piel,
por conocer el nombre de tus ojos, el olor de tu pelo,
el sonido de tu risa, la canción de tus palabras decorando tus mejillas,
la delicadeza de tus manos, y el enorme océano en cada gota de rocío,
que albergaba tu rostro al clarecer.

Si un deseo se me pudiera conceder, sería navegar entre tus costas
y en sus aguas bañarme cada milímetro de piel,
sanando mis poemas, rezando al sol al amanecer,
y a la noche agradeciéndole a la luna,
la luz que rompe las tinieblas y bate en piedra, que me consuela 
y a veces desespera, 
pero me permite al final de cada día, aunque sea en mi memoria
sentirte viva, sentirte cerca,

volverte a ver.









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