Desde la guerra de Vietnam hasta la última paliza callejera,
pasando por infinitos bombardeos entre humanos y humanos, con víctimas
invisibles, con cuerpos descompuestos y voluntades destrozadas.
Desde el Holocausto nazi hasta el Capitalismo moderno, desde
una ametralladora hasta un cajero automático, desde un banquero hasta el propio
soldado estadounidense, desde el frío de Rusia hasta el silencio de Siria
después de una bomba, desde una hipocresía hasta otra, del vicio al pecado y
del pecado al precipicio, de entre caza de brujas pasando por lapidaciones,
surgiendo así el terrorismo protagonista infinito de los intereses capitales.
Y
todo índice maligno constipado, goteando mocos con sabor a egocentrismo y
miedo, cada culo sudoriento sentado en butacas del cuero fabricado con las
pieles de las niñas palestinas.
Desde el sitio más caro del mundo hasta el lugar más rico en
vida. Desde las personas sinceras hasta las imbéciles. Incluso desde el poder
económico hasta la verdadera fuerza de la palabra.
Desde un político corrupto hasta un sistema explotador.
Desde una política fantasma hasta una reunión vecinal, desde una abuela yendo
por la calle sin sujetador a un viejo persiguiendo jovencitas.
Partamos desde
donde partamos pasaremos por innumerables caminos plagados por indeseables
sensaciones, y la vez placenteras. Éxtasis, placer, ego, orgullo, plenitud,
paciencia, calma, soberbia, miedo, tristeza, pánico, ansiedad,
despersonalización, desrealización, quizás ambición, puede que fuerza, dudo que
sintamos a ciencia cierta empatía…pero el llanto, el llanto, el llanto siempre
llega.
El llanto es aquello que nos hace brotar lágrimas mientras
el agua salada nos acaricia los ojos, recorre las ojeras que testifican siempre
a favor de nuestra enorme masacre interior, acaricia las mejillas del mismo
modo en que una madre nos arrebata la rabia del cuerpo, ignora lo
suficientemente nuestros labios como para que despierten y dejen de echar de
menos a sus viejos compañeros, llega a los puntos negros de la barbilla y se columpia
entre las posibilidades de suicidarse o por el contrario caer al suelo y seguir
llorando por el mundo.
Desde el momento en el que abandonamos las trincheras
maternas para adentrarnos en este plano tan sombrío, el llanto es lo primero
que sentimos, es el indicador de respiración y por tanto de existencia
biológica en nuestro cuerpo. Tiene gracia que al nacer llorar sea lo más
importante y después nos pasemos la vida huyendo de nuestras propias lágrimas,
tiene gracia que en cierto momento llorar indique vivir, y conforme pasa el
tiempo nos acostumbremos a ver la vida ignorando aquello que nos produce llorar.
Pienso que si nacer no doliese la vida tendría mucho menos
valor del que ya le hemos robado, pienso que si no llorásemos al nacer nuestra
madre jamás sería capaz de escuchar esas lágrimas que gotean contra nuestro
corazón pero que son incapaces de salir. El vínculo que otorga el nacimiento de
un ser receptivo a probar la píldora del dolor es infinito e irrompible.
Será por eso que cuando lloramos viajamos a la infancia, y
nos sentimos tan pequeños como en realidad somos. Será por eso que se condena
socialmente a aquellos que no tienen miedo a llorar, porque el miedo ya les
pertenece a los fuertes e impenetrables, pero una vez más la vida nos demuestra
su jodido y sarcástico sentido del humor, y es que resulta que aquellos
hombretones son tan frágiles como la cáscara de huevo, y los que lloran por
llorar tienen muchísima más fuerza de la que creen. Por mi experiencia podría
decir que la mayor energía de este mundo reside en la sensibilidad y fragilidad
que acentúa un corazón sincero.
Sin ánimo de ofender a nadie, pienso que las mayorías se
complementan a la perfección, y por tanto comprendo silenciosamente la
sensación de no sentirme correspondido con ninguna dualidad, etiqueta o
pentagrama social. Me atrevería a escribir una frase sin decir lo que voy a
hacer, sin predecir unos actos obscenos o melodramáticos, pero entonces dejaría
de ser una historia y se convertiría en simple palabrería, o al menos eso es lo que dicen los escritores de
hoy en día, que si no se sigue la línea de puntos no llegas al final, que tiene
que haber un final porque sí, incluso que debe de existir un escenario y un
contexto para organizar las ideas.
Malditos bastardos, fascistas del arte.
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