29.5.16

Desde nunca, hasta siempre


Desde la guerra de Vietnam hasta la última paliza callejera, pasando por infinitos bombardeos entre humanos y humanos, con víctimas invisibles, con cuerpos descompuestos y voluntades destrozadas.
Desde el Holocausto nazi hasta el Capitalismo moderno, desde una ametralladora hasta un cajero automático, desde un banquero hasta el propio soldado estadounidense, desde el frío de Rusia hasta el silencio de Siria después de una bomba, desde una hipocresía hasta otra, del vicio al pecado y del pecado al precipicio, de entre caza de brujas pasando por lapidaciones, surgiendo así el terrorismo protagonista infinito de los intereses capitales. 
Y todo índice maligno constipado, goteando mocos con sabor a egocentrismo y miedo, cada culo sudoriento sentado en butacas del cuero fabricado con las pieles de las niñas palestinas.

Desde el sitio más caro del mundo hasta el lugar más rico en vida. Desde las personas sinceras hasta las imbéciles. Incluso desde el poder económico hasta la verdadera fuerza de la palabra.
Desde un político corrupto hasta un sistema explotador. Desde una política fantasma hasta una reunión vecinal, desde una abuela yendo por la calle sin sujetador a un viejo persiguiendo jovencitas. 

Partamos desde donde partamos pasaremos por innumerables caminos plagados por indeseables sensaciones, y la vez placenteras. Éxtasis, placer, ego, orgullo, plenitud, paciencia, calma, soberbia, miedo, tristeza, pánico, ansiedad, despersonalización, desrealización, quizás ambición, puede que fuerza, dudo que sintamos a ciencia cierta empatía…pero el llanto, el llanto, el llanto siempre llega.
El llanto es aquello que nos hace brotar lágrimas mientras el agua salada nos acaricia los ojos, recorre las ojeras que testifican siempre a favor de nuestra enorme masacre interior, acaricia las mejillas del mismo modo en que una madre nos arrebata la rabia del cuerpo, ignora lo suficientemente nuestros labios como para que despierten y dejen de echar de menos a sus viejos compañeros, llega a los puntos negros de la barbilla y se columpia entre las posibilidades de suicidarse o por el contrario caer al suelo y seguir llorando por el mundo.
Desde el momento en el que abandonamos las trincheras maternas para adentrarnos en este plano tan sombrío, el llanto es lo primero que sentimos, es el indicador de respiración y por tanto de existencia biológica en nuestro cuerpo. Tiene gracia que al nacer llorar sea lo más importante y después nos pasemos la vida huyendo de nuestras propias lágrimas, tiene gracia que en cierto momento llorar indique vivir, y conforme pasa el tiempo nos acostumbremos a ver la vida ignorando aquello que nos produce llorar.

Pienso que si nacer no doliese la vida tendría mucho menos valor del que ya le hemos robado, pienso que si no llorásemos al nacer nuestra madre jamás sería capaz de escuchar esas lágrimas que gotean contra nuestro corazón pero que son incapaces de salir. El vínculo que otorga el nacimiento de un ser receptivo a probar la píldora del dolor es infinito e irrompible.
Será por eso que cuando lloramos viajamos a la infancia, y nos sentimos tan pequeños como en realidad somos. Será por eso que se condena socialmente a aquellos que no tienen miedo a llorar, porque el miedo ya les pertenece a los fuertes e impenetrables, pero una vez más la vida nos demuestra su jodido y sarcástico sentido del humor, y es que resulta que aquellos hombretones son tan frágiles como la cáscara de huevo, y los que lloran por llorar tienen muchísima más fuerza de la que creen. Por mi experiencia podría decir que la mayor energía de este mundo reside en la sensibilidad y fragilidad que acentúa un corazón sincero.

Sin ánimo de ofender a nadie, pienso que las mayorías se complementan a la perfección, y por tanto comprendo silenciosamente la sensación de no sentirme correspondido con ninguna dualidad, etiqueta o pentagrama social. Me atrevería a escribir una frase sin decir lo que voy a hacer, sin predecir unos actos obscenos o melodramáticos, pero entonces dejaría de ser una historia y se convertiría en simple palabrería, o al  menos eso es lo que dicen los escritores de hoy en día, que si no se sigue la línea de puntos no llegas al final, que tiene que haber un final porque sí, incluso que debe de existir un escenario y un contexto para organizar las ideas.
Malditos bastardos, fascistas del arte.

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