Es curiosa la manera en la que el mar se atreve a recular, a equivocarse y siempre borrar las huellas de su arena.
Parece un niño, alimentándose de la excitación de las olas, pero un niño siempre tiene miedo a ahogarse, y el mar tiene miedo a ver la tierra.
Creo que es por eso que la marea acaba bajando, porque su buena madre la luna, le susurra que ha subido demasiado, que esos otros niños le pueden tratar mal si se asoma, a la ventada de los humanos.
Pero si de algo está cargando el mar no es de sal, sino de buenas intenciones, que aunque no sea perfecto nunca va a negar perdones.
Como un niño travieso y modesto, que solo vive por y para amar, acaba perdonando a los otros niños, y vuelve a decidirse por asomar.
Es entonces cuando las olas son mas fieras, se encamina hacia el descubrimiento de algo nuevo, de nuevos amigos, personas, animales, peregrinos.
Escala y trepa y encuentra siempre su propia meta, hasta que su buena madre luna se percata, y bajo susurros invisibles le comenta, que no sea tan niño como tonto, porque aunque él no lo comprenda, la gente no cambia de marea.
La gente no se asoma a la ventana.
La gente no perdona a la otra gente.
La gente no es traviesa.
La gente no sabe nadar.
La gente tiene miedo a ahogarse.
Será por eso que el mar siempre vomita lo que no es suyo, porque le basta con lo que lleva dentro, y le sobran cosas por amar.
Porque aunque le golpees él siempre sigue siendo el mar, en su infinita carrera hacia la ventada, a ver el mundo al asomar, a continuar perdonando niños, cumpliendo su papel en esta obra, siendo el responsable de abrazar, a quien tiene miedo a ahogarse, o a quien teme aprender a navegar.
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