A veces uno se pregunta cuántos recuerdos olvidados llevarán impresos tu nombre. Si acaso existe algo parecido a un baúl en donde todas las experiencias vividas con aquella, o aquellas personas, puedan llenarse tranquilamente de polvo. Se podría suponer que echar de menos momentos, estados, pensamientos o incluso deseos es algo natural.
Sin embargo, lo curioso de la vida es que siempre nos sentimos olvidados cuando somos los primeros en olvidar, ¿o no?
Hoy me he dado cuenta de que en realidad, durante todo este tiempo, no he estado escribiendo para los demás, sino a costa de ellos. He llenado todos los espacios de mis textos con gritos hacia las personas, y me he olvidado de mí.
Hoy me he dado cuenta de que uno no puede ser artista y pretender que los demás también lo sean, y que uno no puede hacer arte sin que los demás no lo pretendan juzgar.
Los demás, como nos gusta excluirnos de todo y todos, y sin embargo que poco nos gusta que nos excluyan.
Hoy me ha dado por pensar, que quizás al excluir a los demás de lo que escribo, me convierta en eso que llaman escritor, aquel ser que se alimenta de los aplausos que recibe sin quererlos, pero que en realidad es el sustento de toda su esencia. Sin lugar a duda, no cabe en entredicho que las lamentaciones por falta de miradas son mal vistas por los mirones. Pero tampoco cae en saco roto la posibilidad de que al dedicarme toda la vida a escribiros acabe por no ser yo quien escriba, sino simplemente el miedo ante la no aprobación, el rechazo, y al fin de al cabo, el echar de menos pensamientos o sensaciones, intentar guardarlas en algún baúl oxidado, imprimir tu nombre en un recuerdo olvidado.
Si durante este tiempo he encontrado algo complicado, es el dilema entre escribir para uno mismo o para el público. Aunque me podría arriesgar a discernir entre la niebla de la inmadurez, que el verdadero misterio de la escritura, es aprender a encontrarse a uno mismo entre escribir hacia dentro o hacia fuera, disfrutar al olvidar en los recuerdos, y dejar que las letras se borren al acabar con su suplicio.
Así pues hago un llamamiento a la cordura, y me rezo un padrenuestro a mi mismo. Me hago un par de cruces y hecho sal, para que no se diga que el cambio es dulce.
A quien le guste que deguste, y a quien no tenga paladar que le encomienden otra orden. Pues no se ha hecho para el hombre el aire, y mucho menos el arte para los sin nombre.
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