Un cementerio de uno mismo, el recuerdo de lo que un día fue algo prometedor, reposando, alejado del tiempo, sobre mi cama. Todos los sueños que persigo se desvanecen en mi mirada, todos los ojos que recuerdo forman parte de mis sueños. El cielo me llora y no soy digno de sus lágrimas, me rompe la espalda, cicatriza a destiempo, me recuerda todos los días que cada día, es un día menos, un día más, otro sueño que acabaré olvidando, otra pesadilla que se quedará a vivir conmigo, otro cementerio que cuidar, otras flores sin raíces para regar, más piedras de mármol en las que verme reflejado y no reconocerme, más motivos vanos por los que intentar encontrarme, minutos de silencio que nunca me llenan, intentos de suicidio que asesinan mi alma, la encogen, la enfrían, la vuelven transparente, y nunca ocurren.
Mis dedos no responden, tienen muerte propia, y mis brazos se rompen con cada caricia, incluso con el aliento del viento, la montaña susurra en el mismo idioma que el silencio, y es por eso que nunca la entiendo.
He perdido este juego. Jamás entendí las reglas, jamás quise aceptarlas. Jamás pensé que pudiera existir tanta crueldad, jamás quise aceptarlo.
He intentado convertir un destrozo en algo único e inigualable, y solo he conseguido un caos perfecto, en el que yo soy el único capaz de ver la verdadera energía con la que nació, y sin la que yace a morir, en eterna muerte. Las palabras nunca fueron suficiente, mis palabras nunca fueron suficiente, lo intenté, de eso no tengo duda, y no pude, no supe cómo.
He sido cómplice, verdugo, asesino, culpable e inocente, he sido uno más, en medio de algo único. Ya no busco que me comprendan, no busco entendimiento, tan solo me interesa encontrar palabras que no sean cuchillas al salir por mi boca, palabras que no sienta extrañas, que me abracen como solían hacerlo, una frase que me llene al vaciarme, un texto en el que reconocerme.
Solo he sabido vivir viviendo, y de tal forma moriré muriendo, no dejando de vivir. Solo supe hacer las cosas desde dentro, y para dentro, nunca me interesó demasiado el mundo de fuera. He buceado por los océanos recónditos de mi mente, y en ellos me perdí, como un buen pescador en zona desconocida, regalando el aliento al mar, como el mar tantas veces me ha regalado el aliento. He subido precipicios sin siquiera ser consciente de la altura, y al caer, he maldecido hasta el último pájaro, por no enseñarme a volar.
He querido saberlo todo sin aprender nada, y he querido aprenderlo todo sin saber nada, y al final, he llegado al mismo sitio, vacío, y lleno.
He rozado a Dios, y al diablo, ambos tienen vergüenza de mí. Estuve cerca de tenerlo todo, podría haberlo tenido todo, tan solo con dejar de buscarlo. Me perdí.
Perdí la calma, la confianza, el aliento y mis huellas. Y a cada paso que daba me sentía más cerca de una nueva era, que jamás llegó. Pues cuando uno se pierde la esperanza de encontrar algo sorprendente no hace más que crecer, como también crece la certeza de que nunca jamás volverás a encontrarte. Y cuanto más intenso es el miedo y el dolor, más sonríes, más celebras, más gritas, más quieres, más necesitas.
Porque estás perdido, y al perderte, todo es pasajero. Todo se esfuma al poco de haberlo saboreado. Todo es decepcionante, todo acaba por irse, todo se va.
Todo. Hasta que ya no queda nada que llorar, ni que añorar. Hasta que las piernas dejan de temblar, hasta que ya no duele, ya no puede doler, ya no lloras, no sientes que lloras, no sientes la vida yéndose, no sientes las cosas alejándose, no sientes todo lo que te rodea, que, aunque se aleje, sigue rodeándote. No. No hay nada. Excepto la única certeza que te acompaña a todas partes, de que todo lo que viviste aquellos días, que tantas vidas te ha permitido perder, ahora es polvo de estrellas cayendo al mar, brillante, incesantemente brillante, pero polvo al fin de al cabo, y mar al fin de al cabo.
Aquella nostalgia se transforma en soledad, y con ella las emociones se distorsionan, abandonan mi cuerpo para irse con las estrellas, y me quedo a solas, siempre a solas, observando esta lluvia, que más no podría doler, ni mayor belleza contener, pues no es más que todo mi corazón lo que llueve, y toda mi alma la que se hunde, brillante y pura, en un mar sin fondo alcanzable, para siempre, por toda la eternidad.
Siempre quise iluminar los rincones más oscuros de este mundo, y acabé sacrificando mi luz para intentarlo. Pues qué es la vida sin sacrificios, y qué son los sacrificios sin desear sentir la vida por tus venas, qué es el mundo sin tu mundo, qué es el dolor si ya nada te duele, qué es la alegría si no hay sonrisa sin miedo, y qué es la esperanza sin un clavo ardiendo.
El tiempo pasa, pero yo no, he vivido suficiente, no me interesa saber si es poco, mucho, bueno o malo, he vivido suficiente, para saber que sin un sentido la vida no merece la pena ser vivida.
Solo me queda la esperanza, de que cuando toda esta lluvia termine, el mar sea suficientemente benevolente, como para aceptar mi piel maltratada en sus aguas, mi peso distorsionado en su profundidad, y mi leve desaparición en su regazo, junto todas las luces que se hundieron.
Será lo último que pueda dar, mi voluntad ya muerta, en cuerpo muerto, y mi pobre esperanza de recomponer el cielo, dejándome llover, sobre la tierra y el mar, aun sin saber si en ese lecho el polvo seguirá brillando, con la voluntad tranquila, pues nunca he ansiado la luz, de hecho, viví más en oscuridad, pero con la conciencia en calma, pues le debo a mi vida que intente juntar lo que rompí, no por mí, sino por todos ellos, por el daño que hice, y el que me dejé hacer.
Volaré sin ninguna prisa, en oscuridad y luz, en perdón y penitencia, hacia la calma de mis decisiones, y descansaré eternamente, sobre todas ellas, dando todo lo que tengo, por todo lo que soy.
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