5.4.19

Caricia


Escribir sobrepasando los límites del dolor, mirando al cielo o al infierno, permanecer en equilibrio pálido sobre el tallo congelado, acariciar el viento que emana de las manos inertes del suelo, ser aquel que vive sin saber quién fue. Hace tiempo que no escribo sin escribirme sobre la piel, sin ser el folio que tiñe de tinta mis palabras, sin perderme disfrutando de la pérdida, sin acordarme de los caminos preferidos que salíamos correr, de un lado a otro, esperando a que creciera un nuevo verde, amaneciendo entre el antiguo florecer de aquellas flores, que hoy en día, viven lejos del aroma a carne quemada sobre suelo de madera, a llantos confusos nevados, encima de un árbol de nieve derretida, y ojos abiertos por miedo a dejar de ver.
Todas las frases se me hacen bolas de cañón atadas al cuello, que me sumergen en un mar desconocido, y que por mucho que me ahogue, siempre sigo sin conocer. Si tú quisieras, convertiría en poesía hasta la última plegaria que hayas olvidado, renunciaría a mis rimas por encontrarle sentido a esas palabras que te atrapan, que solo tú conoces dentro de su intriga permanente, que solo tú eres quién, como para pronunciarlas sin romper a llorar, sin llorar roturas infinitas. Me encuentro seco sumergido en la mitad de un mar infinito y oscuro, y solo puedo recurrir a la esperanza de encontrar imaginaciones nuevas, como el sol en la piel de primavera, como la lluvia diluyéndose en la sal, como las olas recorriendo el esqueleto de la tierra, produciendo un escalofrío que se camufla con tu esencia, con tu aroma, pronunciando esas palabras impronunciables, que solo tú puedes entender, que solo yo puedo escribir, que solo el mar puede dar vida.
Quisiera romper todas las flores que me quedan, por renunciar al amor del miedo, quisiera ser quien soy cuando el mundo escampa, cuando la tormenta se vuelve amada, y yo su amante, me vuelvo lluvia fina desperdigada por el universo. Quisiera recorrer sin llegar a tocar jamás el suelo de tus huesos, toda la mente unida que jamás se unió, que nunca debe unirse, pues la vida que vive entre ellas permanece siendo vida, gracias a que nadie la comprende, gracias a que nadie quiere comprenderla, gracias a que no se puede comprender. Los años otorgan esposas nuevas, pero las manos envejecen sin remedio alguno, los miedos se vuelven ancianos con experiencia, la esperanza, se torna en la sangre que bombea el corazón cuando no existen latidos.
Es el silencio lo que añoro de tu alma, es la calma la esencia del amor que estimo tanto, es la poesía en la mirada, es aquello que jamás puedo escribir, lo que provoca que mis lágrimas no consigan brotar más allá de mis ojos, lo que provoca que mis pasos dejen huella y que mi alma, sepa pintar de colores la tuya, sepa cuidar de dolores la tuya, y tenga miedo de doler.
Es todo tan absurdo que en ocasiones tiene gracia, la inevitable levedad del ser, como es posible que la poesía que tanto abunda entre mis dedos, no sea más que suciedad de la vida que no sé llegar a perder. Pedazos de carne, de lamentos con eco en el mundo, de pupilas a medias y rasguños, de posibles imposibles, y de imposibles que se aferran a mi corazón, aun a sabiendas que son la bala de cañón, que tan profundo me mantiene, y tan alto me eleva la vista, que ya no veo más que oscuridad, y a la vez, veo todo lo que puede llegar a ser, sin más remedio que se conviertan en palabras que nadie entienda, sin más final que una caricia dividida, entre tus manos, la esperanza, y mi piel.

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