Hojas de cielos testigos de la lluvia, de la misma lluvia
que bañaba tus mejillas, como el filo del cristal bañaba de sangre mis labios,
y mis labios ahogaban de palabras los tuyos. Viento acelerado, dueño del tiempo
de las poesías, armarios repletos de atardeceres, todos hechos a la medida de
tu cuello de cisne, de tu canto de esperanzas atormentadas, truenos azules, y
esas mismas palabras que yo volaba, ahora siendo dueñas de las manos que te
abrazan en nombre del amor. En nombre de aquello impronunciable e
inquebrantable, casi tanto como la falta de silencio, casi tanto como el exceso
de ruido que reside en todas las palabras que siempre callas, como un
cementerio de notas musicales, como un pergamino que no tiene dueño ni nada que
contar, y aun así, se mantiene con vida, recitando historias de voces huecas
que buscan ser contadas por aquellos que aún mantienen en su memoria el sonido
de una risa sincera, una caricia del habla, palabras que consiguen apagar el
fuego, el arder insaciable de tu mirada, intentando perseguir todas las hojas
de los cielos testigos de la lluvia, de la lluvia que ahogaba mis palabras,
como tus labios bañaban a los míos, como el filo del cristal amaba la sangre.
Lo cierto es que uno nunca es lo suficientemente sincero
como para poder aceptar que nunca lo será. A veces se necesita ver el mundo más
allá de los sentidos, sentir cosas que solo existen más allá del propio mundo.
Dejarse caer sin la intención de levantarse nunca será lo mismo que levantarse
cayendo. Puede que ese sea el motivo de mi miedo a las alturas, puede que, si
no fuese consciente, en el momento de la caída, de la posibilidad de haberme
mantenido en lo alto de ese precipicio, puede que alcanzara la plenitud de
sentir mi cuerpo lleno de un agua, aunque se divida infinitamente por la
esperanza de volver a juntarse, puede que hubiese descubierto el miedo a no
saltar, el pavor a mantenerme en lo alto del precipicio, a no rozar siquiera,
nunca, el suelo que tanto me hizo temblar.
Puede que todo sea cuestión de crear imágenes, de saber cuándo
mirar y cuando apartar la mirada, de saber cuándo saltar y cuando mantenerse en
la cima, de desear la caída a pesar del dolor, de amar el dolor, aunque no
exista caída, de aprender a cuidar palabras que nunca se pronunciaron, de
intentar olvidar las que nunca quisiste decir, las que pesan en lo profundo del
corazón. En el silencio es donde duerme la verdad, arropada y tranquila, a
pesar de que exista una guerra constante a su alrededor. Siempre mantiene una
calma que ella misma produce, un silencio que nadie puede perturbar, ni
siquiera las mentiras a las que invitamos a vivir en nuestro mundo, y tampoco
aquellas que irrumpen en las heridas, unas veces para evitar que se pierda
demasiada sangre, otras por puro capricho de la guerra. Tengo metralla en el
corazón, por eso bombeo disparos que recibí, que intentan desesperadamente
enterrarse en tierra fría, salir de un cuerpo con vida, huir de aquello que les
recuerda la razón de sus ansias de matar: sus ansias de morir. Veo a través de
mis manos, unas sombras que habitan en tu piel, unas sombras con aroma de
ceniza, un tacto que no necesito sentir para recordar. Escucho mirándote, sin
necesidad de ver ni oír. Sé cómo sabes sin haberte probado nunca. Recuerdo
cosas que nunca hemos vivido, y me olvido de las veces que se merecían un
pedazo de memoria. Convierto tu recuerdo, en un papel que solo tú interpretas,
y solo yo soy capaz de comprender. Convierto tus palabras en silencio, en los
silencios que acompañan el tiempo, los años, el dolor; un silencio efímero y
eterno, tan efímero y eterno como yo, como un recuerdo, una hoja cayendo desde
el cielo, unas mejillas regadas de vida y muerte, un cristal de vida y sangre
entre labios y palabras. Recupero las coincidencias arrojándolas al mar, porque
alejo aquello que considero valioso, entrego al océano, dueño de la belleza
absoluta, aquello que considero bello. Rompo versos sagrados cada vez que
decido latir una vez más, procuro, ante todo, dejar que todo lo que me rodea me
conozca, para poder sentir la calma de la furia mansa dormitando en mi pecho,
de la ira contenida en una caricia, acariciando mi pecho.
Escribo, intentando llegar a donde nunca llego, vaciando al
propio vacío, suplicándole sentido a la oscuridad de mis ojos cerrados. Me
nutro de la falta de sueño constante, de permanecer despierto en mi propio
despertar, conectando con todo lo que acontece en la función, dirigiendo y
actuando, mientras actúo dirigiendo, y dirijo actuando. El telón que cierra
cualquier mundo siempre tiene dos partes, dos partes que nunca llegan a ser
una, que nunca desean ser una, pues la distancia concierne la esencia de su existencia,
al igual que el miedo a caer y el miedo a no saltar, conciernen la esencia de
mi vida, el telón de mis emociones, y el origen de todo aquello, que nace lo
suficientemente bello, como para merecer tener un origen.
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