25.4.20

Tiempo, silencio y muerte.


Veinticuatro de abril del dosmil veinte. Parece que el mundo se ha olvidado de contar el tiempo. Me llama la atención la importancia que está cobrando y a la vez lo poco que pesa, lo poco que seguimos valorándolo. 
Mis circunstancias me obligan a ser consciente de que todo se reduce a tan solo los segundos en los que somos conscientes de nuestra propia existencia, pues no es más, ni menos, que tiempo, lo que nos separa entre la vida y la muerte. 
Tan solo unas horas son necesarias para que el mundo entero cambie, un puñado de minutos bastan para que cada ser humano se concentre en el mismo pensamiento. El tiempo es y será lo que moldee la cifras, y nosotros, tan solo meros cobardes que nos esconderemos detrás de las agujas del reloj, esquivando los dardos de culpabilidad. 
Es prueba de que el tiempo no existe el ver que todos anhelamos que avance contra cielo y tierra para conseguir lo que nuestros deseos nos hacen desear, aunque eso mismo implique cientos de muertes. 
Una sociedad sana desearía que se detuviese el tiempo necesario, como para encontrar la herida de la que brota el sufrimiento, coserla, curarla, y permitir que todo avance con la soltura con la que avanzan los ríos. 
No puedo evitar pensar en que muchos sueñan cada día con que el tiempo pase más rápido, y otros solo pueden sentir miedo de las próximas horas, de los próximos días, meses o incluso años. 
Ser consciente de la realidad pasa por ser consciente de lo que te rodea, y yo, con mis ojos de siempre, de vagabundo con casa en cada esquina y barrio por corazón, solo percibo un conflicto temporal, en medio de una enorme mole de normalidad tóxica esculpida, que ni siquiera la muerte es capaz de tambalear. 
Todo cambiará y a la vez nada será diferente, cuando volvamos a consumir nuestra dosis de tiempo irreal, nos parecerá que nada fue tan grave como parecía. 
Las cifras seguirán siendo cifras, los motivos perderán interés, las críticas se convertirán en algo molesto, las responsabilidades nunca llegarán al responsable, y todos los que sostuvieron el silencio con sus manos, permitiendo a la gente muda un periodo de reflexión, para que buscasen palabras que rompiesen cadenas, derribasen muros, y encendiesen conciencias, quedarán sepultados por ese mismo silencio una vez más, condenados a luchar contra un ruido, que borra las palabras al hablar. 

Toda destrucción es una senda para la vida. 
Pobre de aquel que muere en vano, pero más pobre aún, de aquel que vive igual habiendo sido testigo de tanta muerte. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario