Ahora comprendo por qué la muerte me llama blanda
con ojos de cordero degollado,
por mi nombre, susurrado
aun siendo muerte descorazonada,
jamás pretende hacerme daño.
Ahora comprendo que no me asuste y no me engañe,
que su voz sean palabras conocidas,
que me regale un aroma casi olvidado,
que no me asuste,
no sienta daño.
La libertad me reclama a voces vivas,
y me grita: ¡no estas despierto!
por favor, tengan clemencia
no sé vivir si no es en este sueño.
Y son mis bellas lágrimas infames y huérfanas,
las que acuden al juicio final
y me defienden como nadie me ha defendido
con la prueba irrefutable
y un susurro de sinceridad: no puede despertar.
¡Dejadme quieto!
No me mováis,
todo me duele y nada debe moverse más,
quiero silencio, merezco calma
quiero condena en una urna de cristal.
Soy prisionero y mi propio carcelero
soy el delito y la ley que yo decido
soy todo, y no soy nada
como un recuerdo, como una carta.
Ahora entiendo que la vida me rehúya
y al mismo tiempo no me deje respirar,
lejos de su mano blanquecina, y pura
lejos de su pecho, de su bondad,
soy esclavo de la vida y de la muerte
condenado a vagar y divagar
entre dos mundos, a los dos perteneciente
y sin ninguno donde poder yo descansar,
son mis huesos y mi piel del frío invierno
mi corazón y mi voz siempre del mar,
mi alma entera y lo que queda de mi amor
siempre serán, eternos, como esa flor,
esa flor que permanece aunque perezca
hasta el último diente de león,
esa flor que es inmune al invierno
que late por encima del adiós,
esa flor de tallo crudo y esculpido
como de niño, un rostro angelical
y pétalos de labios conocidos
y raíces de amor incondicional
es mi alma, eterna y primavera
y yo la flor que jamás sucumbirá
pues aunque viva y muera en pesadumbre
la esclavitud, jamás me esclavizará
es mi amor el más puro de mi tierra
entregado a la muerte y a la vida
son mi voz, mis huesos y mis lágrimas
las poesías,
más sinceras,
que existirán.
No hay comentarios:
Publicar un comentario