11.12.19

Viento

Hoy he decidido escribirle al viento, con letras que no terminan de quedarse. En cuanto abro la ventana la lluvia asoma, con cara de calma y penuria, pidiéndome refugio, al resguardo de las tormentas. 
El pecado del artista es la mentira, y la única verdad que llega a conocer, el amor. Entre ambas se pasa la vida vagando, vislumbrando sombras que apenas terminan de definir lo que ocultaban, millones de rincones sucios, secretos que nadie entiende, pero él, al menos intenta comprenderlos. Entre mentiras descubre las resurrecciones que convierten toda su historia en la obra de arte que por mucho que lo intente, jamás podrá llegar a contar. 
El infierno del artista es su propia vida. 
Tan delicada para ser proyectada, tan pura para evitar vivirla, tan silenciosa, como la lluvia que se abre paso por el cielo hasta mi ventana, rogándome refugio, sin saber que yo también lluevo. 

Me escondo, me escondo de todo lo que no veo a simple vista. Me hago invisible a las miradas cuando todo se vuelve agua, y yo deslizo, en el filo de la destrucción más humana, me convierto en la ceniza que alimenta mi boca por las mañanas. 
Me odio tanto, y me hago daño. Me destruyo y huyo de la destrucción. En realidad imploro, a la misma fuerza que me lo quitó todo, que me devuelva un motivo de luz. 
En realidad busco refugio, junto a la lluvia, cargando con mis pecados, recorriendo mi propio infierno, creando una vida inimaginable. 

Y en medio de todo siempre apareces tú, dueña de la pausa. 
Eres un silencio cuando todo se convierte en ruido, justo una ventana en la que poder asomarme. 
Escapas a explicaciones y tampoco las necesitas. Me basta con saber que en tu mirada descubro lo que de la vida había olvidado hace tiempo. 
Que la paz sigue existiendo, y es tan real como tu rostro. Tan solo queda el miedo de testigo, de que todo lo que digo no es menos cierto, que esta vida maldita que llevo, a cuestas de mi alma. 
Presa de mis pasos y mis latidos, ensanchando el eco que gobierna impasible en el océano de mis entrañas. 

Como creador empedernido, soy capaz de lo mejor y lo peor. Desde recordarte en mi memoria para siempre, hasta olvidarte nada más doblar la esquina. 
Tan solo soy una luz perdida. 
Una prueba del milagro, que intuye que la magia existe, pero siempre duda de si es apto para usarla, y de si merece todo el castigo que conlleva, consumirla. 
Tan solo ofrezco lo que vivo, desde todas las ventanas abiertas, y que entren las lluvias del mundo. 
Que ojalá muera de tormentas en el pecho, con mis ojos de testigos, con tus ojos de vestigios de que el mar existe, y ojalá de que formemos parte de las olas. 
Que si he de nacer maldito naceré, orgulloso de la magia negra que me roe entre las venas, dueño eterno de mi dolor, cordero inocente que pasta entre la infancia, y anciano sabio que cuida de mis heridas, con el pecho pleno de cariño y las manos de bondad esculpidas. 

Que todas las palabras que dejo como huellas, sirvan de prueba de que al menos, existe un trozo de mi mundo en este mundo. Que he intentado abrir una ventana, y darle a la vida lo mismo que yo recibo, cada vez que puedo hundirme en los huecos de tus ojos. 
Que por muy vulgar que suene, aunque lo escriba infinitas veces, jamás llegaría a asemejarme. 
Que por muy vulgar que suene, solo yó sé lo que siento, y al escribirlo simplemente miento, pues es mi vida un canto tan ligero, que con el viento, las letras vuelan y ya nunca reposan en el suelo. 

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