La historia siempre comienza en blanco y de forma intrépida,
atrevida frente al océano de sangre que precipita por encima de todas y cada
una de las ilusiones que componen la realidad, solo es el marco de la puerta el
que marca el contorno de lo que existe, y no existe nada dentro ni fuera, ni
dentro ni fuera de un marco que aprieta el edificio contra los cimientos y a
los cimientos contra los marcos de las puertas que marcan las salidas y las
entradas estrechas por donde pasa la vida y la muerte de forma constante, de
forma lúgubre y triste, como mis lágrimas al rozarte y como mis huellas encima
de la niebla y es que es la historia la que siempre empieza en blanco esperando
a un verbo que la acompañe, y cuando el verbo aparece es cuando el marco se convierte
en puerta y los edificios valen para algo más que demolerlos y es entonces
cuando empiezo a leer hacia la cama esa historia triste y lúgubre que pasa de
un lado a otro, y nunca sé cual será la última palabra que pronuncie pero
siempre tengo la certeza de que todas las que leo son las primeras, me
convierto en barandillas oxidadas que forman el marco de la cama que se encuentra
dentro y fuera de la vida y de la muerte del marco que aprieta todo lo que
existe a ambos lados de esa puerta, mientras sigo leyendo la misma historia que
escribo sobre la marcha, la que me aprieta por dentro a cada palabra y me corta
por fuera a cada sílaba esperando que alguien escuche lo que solo yo puedo
escuchar mientras escribo lo que espero que alguien escriba pero solo yo puedo
escribir mientras espero que alguien me lea lo que yo solo sé leer a un lado y
otro de la puerta, a veces viva y otras veces muerta, con pálpitos y augurios
huecos y golpes por todas partes de tanta vida y muerte e indecisión y
ahogamiento y ansiedad de no saber a qué lado del marco que divide todo me
encuentro si cierran la puerta o si la arrancan o si se cae o si la rompo o si
alguien escribe una salida sin saber escribir, si alguien me lee la historia
sin saber leer o si alguien la escucha sin saber escuchar siempre al borde de
la realidad contemplando una escena indescriptible que solo la propia escena puede
recordar, avergonzado y de rodillas ante la esencia de la vida manchada de mierda
y sangre como un trozo de corazón arrancado del pecho y puesto andar sobre
chinchetas y ganas de llorar por las prisas que me provoca tener que respirar
al ritmo de la puerta cuando se abre cuando se cierra y no hay ventanas, se me
ha olvidado decirte que no hay ventanas que necesito aire, que para leer se
necesita aire, que puedo escribir ahogándome pero este sistema sin aire se bloquea
y si no hay ventanas tengo que inventarlas y me hago heridas arañando las
paredes porque eso es trampa porque está prohibido tocar las cosas yo solo
puedo tocarme la piel y las ojeras para buscar tinta, pero es que no hay aire y
entonces sigo leyendo y la cama no se mueve y sigue blanca pero sí que cambia
de temperatura y me miran desde fuera pidiéndome permiso para entrar como si
fuera yo alguien que pudiese negar cualquier cosa, y es el marco de la puerta
el que decide quien entra y quien sale y si hace frío o calor porque la vida y
la muerte no necesitan aire de las ventanas solo soy yo que no me adapto a
ninguna sala pero sigo escribiendo y llorando y sangrando y leyendo la historia
que todos me piden desde la cama gris y blanca y blanca y gris dependiendo del
frío que me suba por los huesos, yo nunca aparto la mirada de la nuca de mis
manos porque todo lo demás no es más que mundo que no entiendo que nunca yo he
entendido y que nunca entenderé, como la puerta y como el marco y las ventanas
y el aire que me falta y la muerte y la vida que pasan sin decir nada y la historia
que le leo yo a la cama que no escucha porque se muere de pena entre los
barrotes oxidados con un cadáver en las sábanas que me sirve a mí de almohada
cuando las manos me duelen de intentar tocar la nada.
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