29.11.19

Puerta


La historia siempre comienza en blanco y de forma intrépida, atrevida frente al océano de sangre que precipita por encima de todas y cada una de las ilusiones que componen la realidad, solo es el marco de la puerta el que marca el contorno de lo que existe, y no existe nada dentro ni fuera, ni dentro ni fuera de un marco que aprieta el edificio contra los cimientos y a los cimientos contra los marcos de las puertas que marcan las salidas y las entradas estrechas por donde pasa la vida y la muerte de forma constante, de forma lúgubre y triste, como mis lágrimas al rozarte y como mis huellas encima de la niebla y es que es la historia la que siempre empieza en blanco esperando a un verbo que la acompañe, y cuando el verbo aparece es cuando el marco se convierte en puerta y los edificios valen para algo más que demolerlos y es entonces cuando empiezo a leer hacia la cama esa historia triste y lúgubre que pasa de un lado a otro, y nunca sé cual será la última palabra que pronuncie pero siempre tengo la certeza de que todas las que leo son las primeras, me convierto en barandillas oxidadas que forman el marco de la cama que se encuentra dentro y fuera de la vida y de la muerte del marco que aprieta todo lo que existe a ambos lados de esa puerta, mientras sigo leyendo la misma historia que escribo sobre la marcha, la que me aprieta por dentro a cada palabra y me corta por fuera a cada sílaba esperando que alguien escuche lo que solo yo puedo escuchar mientras escribo lo que espero que alguien escriba pero solo yo puedo escribir mientras espero que alguien me lea lo que yo solo sé leer a un lado y otro de la puerta, a veces viva y otras veces muerta, con pálpitos y augurios huecos y golpes por todas partes de tanta vida y muerte e indecisión y ahogamiento y ansiedad de no saber a qué lado del marco que divide todo me encuentro si cierran la puerta o si la arrancan o si se cae o si la rompo o si alguien escribe una salida sin saber escribir, si alguien me lee la historia sin saber leer o si alguien la escucha sin saber escuchar siempre al borde de la realidad contemplando una escena indescriptible que solo la propia escena puede recordar, avergonzado y de rodillas ante la esencia de la vida manchada de mierda y sangre como un trozo de corazón arrancado del pecho y puesto andar sobre chinchetas y ganas de llorar por las prisas que me provoca tener que respirar al ritmo de la puerta cuando se abre cuando se cierra y no hay ventanas, se me ha olvidado decirte que no hay ventanas que necesito aire, que para leer se necesita aire, que puedo escribir ahogándome pero este sistema sin aire se bloquea y si no hay ventanas tengo que inventarlas y me hago heridas arañando las paredes porque eso es trampa porque está prohibido tocar las cosas yo solo puedo tocarme la piel y las ojeras para buscar tinta, pero es que no hay aire y entonces sigo leyendo y la cama no se mueve y sigue blanca pero sí que cambia de temperatura y me miran desde fuera pidiéndome permiso para entrar como si fuera yo alguien que pudiese negar cualquier cosa, y es el marco de la puerta el que decide quien entra y quien sale y si hace frío o calor porque la vida y la muerte no necesitan aire de las ventanas solo soy yo que no me adapto a ninguna sala pero sigo escribiendo y llorando y sangrando y leyendo la historia que todos me piden desde la cama gris y blanca y blanca y gris dependiendo del frío que me suba por los huesos, yo nunca aparto la mirada de la nuca de mis manos porque todo lo demás no es más que mundo que no entiendo que nunca yo he entendido y que nunca entenderé, como la puerta y como el marco y las ventanas y el aire que me falta y la muerte y la vida que pasan sin decir nada y la historia que le leo yo a la cama que no escucha porque se muere de pena entre los barrotes oxidados con un cadáver en las sábanas que me sirve a mí de almohada cuando las manos me duelen de intentar tocar la nada.

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