Que si me gusta. Si me apasiona. Si me mueve.
Hace mucho tiempo que tengo la sensación de no tener
respuesta para ninguna pregunta, como si todas las preguntas fuesen respuestas
a otras preguntas, sin haber un final concreto.
Me duele la piel de tanto rozar con el viento. Todo lo que
pienso se pudre al segundo de haberlo pensado, como si el pasado lo devorase
todo a base de miedo, y cada vez tengo menos fuerzas. No consigo adueñarme de nada
de lo que soy, no me veo, no me toco, ni siquiera me intuyo. Cuanto más busco,
menos encuentro.
La realidad es cruda, amarga; la realidad es puro silencio
inyectado en la cabeza.
El pasado me llama a cada instante, y a la vez, lo mata
todo. Es mi salvación y mi condena. Realmente, soy silencio, escribo un
silencio tan pesado que arrastra palabras. Ojalá pudiese volver a empezar.
Ojalá quedase una décima parte de lo que un día fue lluvia
azul sobre campo verde.
A veces lloro, y no me doy cuenta. A veces me acuerdo de
todo lo que olvido. A veces me duele la nieve.
A veces me dan ganas de romper todo este mundo, de quemarlo
y hacer que las cenizas huyan, a veces le ruego a la vida que me perdone por
ser tan cobarde, a veces tiemblo de miedo porque lo único que soy se difumina,
porque no me encuentro en ninguna parte, porque todo lo que veo se esconde,
porque ya no me acuerdo de quien soy.
Me estoy llenando de un dolor agudo, un dolor que nunca
antes había experimentado, una muerte lenta en el corazón. Creo que me estoy
muriendo, o al menos así es lo que yo identifico. Noto que me come el silencio,
que todo se apaga, que no me late el corazón.
Que me estoy quedando sin palabras, yo, que todo lo que he
tenido siempre, han sido palabras. Lo único que he tenido siempre, han sido las
palabras, y ahora este silencio me hace odiarlas, porque devora todo lo que
siento, aleja todo lo que siento, me entierra bajo toneladas de nada, me hunde
en un mar que nadie ve, me limita tanto que ni siquiera soy consciente, y me
hace sentir, cómo mi pecho se vuelve gris, y cómo mis pasos se esfuman en la
arena, como si ya mi vida fuese tiempo sin sentido, como si ya mi existencia
formase parte de la muerte, que otea en un paseo fúnebre, toda la vida que
silencia, en su lecho de flores amarillentas, con temblores de manos, dientes
desgastados, y plegarias que brotan de mi alma quemada, en forma de humo;
intentando alcanzar el cielo.
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