Necesito desprenderme de todas las pieles de serpientes que
he ido enrollando alrededor de mi cuello. A veces perder la fe es más una
necesidad, que una elección. Lo único más doloroso a perder la esperanza es
aferrarse a ella, mientras todas tus fuerzas fallan, mientras te permites
sangrar, y te rindes ante la inevitable existencia del dolor. Asumes que el
negro es un color más, que realmente no existe un fondo que puedas tocar, y que
en el océano de tu mente todo puede seguir hundiéndose ilimitadamente. Yo me he
construido un palacio de cristal y silencio, en el que he ido enterrando todo
lo que soy; camuflándolo, con palabras inconexas y apariencias de todo tipo, tan
distintas y a la vez parecidas, todas hijas de la mentira. Mentirse a uno mismo
es la peor droga a la que podría haberme vuelto adicto. Por eso me obligo a
escribir las palabras más sinceras que puedan salir de este cuerpo envenenado y
podrido, de tanto consumirse a sí mismo. Porque la mentira es un germen que
plantas en tu corazón, en el corazón que haces latir conscientemente, y se
expande por todas partes.
Te consumes, aunque parezca que es ella la que te consume.
Creo que uno tiene un límite a la hora de sentir. A lo largo de mi vida he
experimentado situaciones en las cuales mi cuerpo ha sentido tantas cosas al
mismo tiempo de una forma tan intensa, que ha pasado a bloquearse y no sentir
nada. No es algo que se pueda elegir, difícilmente se controla, pero creo que
sí se puede aprender a desarrollar. Cuando sientes demasiado corres el riesgo
de no volver a sentir nada. Creo que es por eso que mi cabeza parece un mar de
niebla blanca que nunca se mueve, un bosque sin vida, una lluvia paralizada.
Pero el dolor, el dolor siempre permanece, porque el dolor son las lágrimas que
es imposible limpiar. Noto como todo se aleja de mí, como si las palabras se
hubiesen cansado de jugar conmigo, y me aterra la idea de no poder expresar con
mi llanto lo que verdaderamente siento. Me da miedo el dolor que nadie entiende
porque es como el monstruo de debajo de la cama que nadie ve excepto tú, y
cualquier día puede comerte. Lo contrario al dolor no es la anestesia, lo
contrario al dolor es la pasión. Me siento encerrado en una jaula que me roba
todo lo que siempre quise ser en la vida. Necesito echar a este monstruo,
pero no le ves. Necesito romper estos barrotes, pero no los veo.
Mi única arma es la desolación que me acompaña a cada paso,
como un letargo en medio de la flor de la vida, esperando un destello de
estrellas congeladas, amando un entierro de orgasmos de nieve, bautizando al
diablo, dormitando por encima de todas mis cicatrices por miedo a la piel
caliente y con tacto, conectando y desconectando del mundo, de la vida. Poniendo
a prueba todo el puto tejido del universo intentando olvidarme de lo que era
sufrir por amor. Rezándole a un vacío que me mata, buscando desesperadamente, otra dosis de algo que me haga vibrar más allá de las frecuencias que nadie
puede escuchar. Necesito desprenderme de todas las pieles de serpientes que he
ido enrollando alrededor de mi cuello, que no me dejan hablar, que me ofrecen
manzanas podridas.
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