9.7.19

Ojos

Una meta que alcanzar, un camino a construir, unos pasos que me arrastran o simplemente una inercia parpadeante, como el balanceo de un columpio rasgando la barrera del silencio. 
La misma presión en el pecho, las ansias del perfeccionismo más perfecto, las ganas que no puedo matar, que buscan destruir el cielo para crear uno propio en el que mis alas sean las únicas que vuelen. 
El miedo a la lluvia y el amor hacia el perfume de la tierra respirando, el terror de los truenos retumbando en mi cabeza, el eco incesante que no se calla por mucho que grite, que no cesa de retumbar por muchos muebles que meta en la habitación, que siempre repite las palabras que se me repiten que se quedan atascadas entre el corazón y la garganta esperando a que mastique las que me toca digerir, mezclándose entre sí y convirtiéndose en un enjambre de expresiones falsas y verdaderas que solo buscan reconocerse en la mirada y dejar de sentir frío al salir de entre mis labios. 
El vértigo, el inevitable vértigo que me produce poner en duda cada cruce que se me cruza, cada decisión que se me clava entre las costillas, como una lanza que hace brotar agua divina, como una banderilla que señala a la perfección mi posición en este mar, en el que mi sangre dibuja palabras para que los tiburones se emocionen, palabras que te rodean y con ellas llega la muerte en forma de dientes y mandíbulas, que solo sueltan cuando dejas de moverte. 
Tengo mil millones de soldados esperando a disparar desde hace siglos, acostados en defensa de mis ruinas, protegiendo una ciudad vestigio de toda lucha gloriosa en el nombre de la vida y la pasión; ellos me esperan, y yo nunca llego. 
Yo nunca llego porque la guerra que yo vivo no necesita más ruido de disparos y lamentos, no caben más fuegos ni muertes ni memorias asesinadas por el tiempo, yo les intento convencer de que disparen mis cometas al aire, para que vuelvas, para que notes cual es la dirección del viento, y que la lluvia me devuelva otro recuerdo, que huela al perfume de la tierra respirando, que tenga miedo del amor y del eco y de los truenos. Que tiemble de miedo porque si tiembla hasta llegar a pensar que se puede partir en mil pedazos significa que es algo nuevo, que mis guerras luchan por la paz, que mis soldados dispararon mil millones de cometas, que mis palabras ya no retumban y se reconocen en la mirada y no sienten frío al salir de entre mis labios. 
Y toda la sangre derramada habrá servido para ahuyentar a los dientes y las mandíbulas, obligándoles por el hambre a alimentarse de las ansias y presiones y las ganas inmortales de engullir los cielos, asesinando por miedo al miedo. Ahora serán mis palabras más puras las que alimenten a la muerte, las que guíen el destino de las heridas, dejando el cielo y el mar para los buenos, dejando el mar y el cielo para tus ojos. 

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