Viejas noches llorándome
en lágrimas de cristal absorbente.
Papeles desnudos en frente de la cama.
Cuellos enredados entre miradas atrás y otear el horizonte.
No estamos juntos pero tampoco separados. No estamos solos, pero tampoco acompañados.
La vida siempre se cobra su desgracia.
Como un trozo de comida entre los dientes, nunca puedes digerir del todo lo que comes.
Pasa igual, siempre igual.
Dos en uno, mezcla y desastre, separación destinada a juntarse.
Es la ley, la vida. Nada nunca nada permanece quieto.
Nada nunca nada permanece.
Nada nunca nada.
Nada nunca.
Nada. Nada con toda tus fuerzas.
Aunque nades más profundo que el propio océano.
Ella siempre te encuentra, en el único instante en que bajas la guardia.
Te mira fijamente a los ojos.
Y se convierte en ti, y tú te conviertes en ella.
Y no es más que el principio de un adiós hermoso, tan hermoso como el saludo que le precederá.
Tan hermoso como la certeza eterna, de que al final, lo único que queda es la resignación.
La resignación hermosa del amor.
Al final del cuento, te das cuenta, de que la magia no estaba en la historia, sino en el simple acto de leer.
Es al final, siempre al final. Las cosas hay que terminarlas. Hay que llegar hasta el final.
Para poder entender el cuento.
Para haber leído. Sin final no hay vida.
Sin distancia no hay amor.
Sin amor, no hay distancia.
Sin silencio todas las palabras aprenderían a hablar, y te contarían la cantidad de secretos que guardo. La cantidad de sonidos que ninguna palabra ha conseguido representar lo suficientemente bien.
Sin el silencio que necesito sería como un teléfono que nunca deja de sonar, esperando a que alguien lo descuelgue para escuchar mi silencio, mi profundo silencio que hace que todo vuelva a la normalidad.
Sin las nubes cubriendo mis estrellas sería una luna precipitándose al mar, y todo se rompería. Necesito silencios, escribir palabras que no necesariamente hagan sentir a quien las lea, necesito escribir palabras que no haga falta leer.
Por esto, es precisamente por esto que me alejo, que abrazo la distancia con los ojos abiertos. Porque sin ella no habría silencio.
Y yo con ruido dejo de ser yo, para convertirme en un niño que tirita de miedo y frío.
Si ves que dejo de hablar, si escuchas que dejo de mirarte, quiero que sepas que no es por buscar tu dolor, sino más bien por entender el mío. Por respirar.
Abrazar mi distancia y mi silencio, y la certeza eterna, de que sin distancia no hay amor, y sin amor no hay distancia.
Necesito recuperarme, de las dosis de vida que alimentan mi curiosidad.
La resignación es lo último, y a veces es lo más precioso.
No hay nada más bello que rendirse a la belleza de vivir, y a la honorabilidad de la muerte ofrecer tus últimos respetos.
Así es como nado, más profundo que el reflejo del mar en el oceáno. Hacia ninguna parte, con un rumbo predeterminado.
Puedo encontrarme, pero jamás dejaré de perderme.
Puedo quererte, pero jamás dejaré de quererme.
Puedo amarme, pero jamás querré dejar de acercarme a ti.
Por eso me alejo, por el silencio, por el amor, por acercarme a la pérdida, por perderme para encontrarme, por volverte a ver, por no verte nunca más, por resginarme a nunca jamás volver a resignarme a la resignación.
Para poder entender el cuento, por haber llegado hasta el final.
Sin final no hay vida.
Sin vida, no hay final.
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