Fuimos dos incomprendidos
destinados a la incomprensión
más comprensible posible.
Fuimos dos almas blancas,
fruto de mezclar todas las tonalidades,
dos opuestos oponibles,
que al juntarse, nacían la cercanía.
Fuimos niño y carne, como uña y espíritu
la falta y el exceso,
el sabor de la vida eterna,
la libertad nacida de la muerte.
Fuimos todo lo que se puede llegar a ser,
un parto del vientre de la oscuridad,
una cesárea del sol,
un lunar hereditario de la luna.
Vicios, genes recesivos, herencia vital.
Pasiones retenidas tras los siglos,
amor, odio, miedo,
todo, todo era nuestro. Éramos vulnerables y eso nos hacía invencibles.
Llorábamos, ¿lo recuerdas?
recuerdo que llorábamos, mares enteros sobre la amohada, mientras la vida pasaba bajo los pies descalzos,
sin darnos cuenta de nuestra fortuna.
Recuerdo que fuimos felices, a pesar de la infelicidad,
dormíamos felices,
soñábamos, teníamos pesadillas,
y su miedo nos movía por toda la cama hasta encontrarnos en el otro extremo.
Éramos vulnerables, estábamos vivos, y eso nos hacía infinitos, eternos, vulnerables, invencibles.
Pero ahora te he perdido, y me encuentro mirando mi sombra para ver si me dice alguna pista,
para ver si me dice el camino de vuelta a casa,
para ver si encuentro el camino en el que te dejé solo, y desvalido, en medio de esa pesadilla que nos impedía movernos por la cama,
que nos ató a cada uno a un extremo,
cortó por la mitad, y jamás despertamos del todo.
Ahora miro mi sombra y noto su tristeza,
te echa de menos,
soñé con el día en que te encontrase,
y me di cuenta de que sin ti ya no podía soñar.
Soñé con colores mirando al cielo, y me di cuenta de que me faltaban los tuyos, que ya no los veía igual.
Probé a vivir olvidando tu recuerdo, y pasé de vulnerable a frialdad,
con el tiempo,
eres tú, mi niño,
el único que podrá salvarme de ser de piedra,
de esta falta de dolor que asfixia,
de esta sequía de lágrimas que me quema,
de este mundo frío que sin ti nunca se calienta,
de esta vida que se me acaba entre los dedos de tanto buscarte en los ojos de la gente,
del tiempo que se muere, de mi piel que se pudre, de mis huesos que se parten,
porque sin ti,
solo soy como uña y carne, sin niño y espíritu.
Solo espero que la próxima vez
que nos juntemos,
sea capaz de cuidarte
lo mismo que me gustaría que me estuvieras cuidando,
tú,
a mí,
mientras escribo todas estas palabras,
recordando tu recuerdo,
que es lo último que me queda.
Mi sombra, y el recuerdo de la tuya.
Tú, mi niño, mi amor eterno.
No hay comentarios:
Publicar un comentario