20.2.19

El jardín de las rosas cortadas


Allí donde la memoria siempre vuelve en tiempos de recordar, allí, es donde comienza mi historia, presa del lugar, y dueña del tiempo. La existencia no ha querido brindar con su divina comedia un territorio tan lúgubre, tan paupérrimo y escaso de vida, y a la vez completamente lleno de la esencia de lo que algunos humanos consideramos vivir, a pesar de vivir a medias por haber llegado a considerarlo.
Pequeñas sonrisas que guían el camino son las mismas que afilan los dientes en cuanto rozas tu espalda contra sus labios cortados, y te cortan, por descontado, para que nunca olvides que las cicatrices son el único motivo que convierte a la muerte en vulnerable y espectadora, frente al sufrimiento hecho carne. Es la humedad la misma que convierte la carne en óxido blando, mientras endurece los huesos y arquea las espaldas. Todos los que llegan aquí lo hacen encogidos de hombros, con la cabeza baja, y el alma a cuestas.
Yo les miro desde lo alto del cielo, por encima de la propia noche, y siento lástima de sus miserables vidas. No comprendo como a pesar de todo siempre vuelven, a pesar de tanta pérdida, a querer perderlo todo con tal rozar con la mirada lo que sueñan. Yo les miro, pero nunca les hablo, porque dentro de mi guardo minutos de silencio en memoria de lo que perdieron, porque aquello nunca volverá, ese trozo de sus personas permanece aquí, en mi memoria, junto a mis recuerdos.
Les miro porque adoro observarles, es como verme a mí mismo siendo un niño, me hacen gracia, les insulto en mi cabeza, siento lástima de su existencia, a menudo les odio porque hacen que recuerde lo que vine a olvidar, pagando ya todo el precio que pagué e incluso más, pagando todo lo que debía, y quedándome sin deudas, en paz, frío y perfecto.
Siento desprecio hacia sus personas, porque la imperfección que desprenden es contagiosa, llegan a este reino de silencio con sus lágrimas cargadas de gritos, sus palabras inconexas, sus preguntas sin respuesta, sus víctimas y sus culpables, su asquerosa sangre sucia y llena de calor pretendiendo mantenerse en pie en el pilar de la vida, cuando lo único que bombea al corazón es mi certeza, el mismo suelo que pisan, la muerte.
Les miro, solo puedo mirarles, rozarles me daría asco, sus ojos me provocan arcadas. Observo como deambulan por mi jardín, huyendo de las sonrisas que cortan, regocijándose en la memoria, agachándose, haciéndose pequeños, volviéndose fríos, quemados, sin agua.
La misma agua que roba el aire seco para mantenerse lejos de la muerte.
Yo fui el primero en pisar estos caminos, en crear un sitio en el que se pudiera llorar, regué con mis lágrimas la espesa hierba que camufla los huesos enterrados, arañé con mis propias uñas las piedras dándoles formas grotescas, supliqué al cielo que extinguiese el sol porque no soportaba ser consciente de algo que no fuese la oscuridad, y me concedió la sombra eterna.
Teñí mis alas de negro y mis dientes se volvieron de cemento, jamás volví a probar el agua, ningún alimento, mi piel es una fina lámina de nieve y lava y mis ojos, oscuros, son la esencia de la existencia del silencio. Cambié todo mi dolor por un eterno vacío, mío al fin de al cabo, que me permite vivir eterno en la inevitable naturaleza destructora de la muerte.
Yo construí este jardín a modo de universo, hice un pacto con el amor prometiéndole un lugar donde siempre sería recordado, creé y construí un jardín ideado para el llanto, donde todos los humanos pudieran rendir su patético culto, hacia las cenizas del dolor.
Fui yo quien miró a los ojos de las estrellas retándolas a no cumplir su deuda. Les prometí mi corazón en forma de cementerio, a cambio de olvidarme del dolor que producía tu recuerdo.
Y ahora en forma de gárgola, de ángel caído en el propio fondo de mi pecho, desconozco a qué saben los latidos o cómo se siente una caricia, ahora que el frío es la sangre de mis venas, ocupo mi lugar por encima de las nubes, salvaguardando las entradas de mi jardín de almas en pena, de esas malditas almas que pretenden recordar tantos nombres mientras gimen de dolor, creyendo que yo aún conservo esa memoria, pensando en que si tuviese yo la compasión de recordar a esas personas les dolería menos.
Yo llegué a este lugar por mis propios pasos, a pesar de compartir los motivos de los humanos. Llegué aquí porque era el único que podía llegar, rompí los cristales de las ventanas para que entrara el aire, dejé que las tormentas lloviesen dentro, provoqué la caída de mis cimientos, y todo a cambio de la calma que ahora tanto adoro, como el vino corriendo por mi garganta, como la sangre abandonando mi cuerpo.
Me he convertido en el príncipe de la eterna sombra, un príncipe bondadoso que permite a sus súbditos plantar rosas en esta tierra infesta, como único alimento poético. Poseo un jardín perfecto, lleno de lápidas y rosas que acaban muriendo, y tengo la mía propia, cubierta por rosas cortadas, que huyen del veneno de los cuerpos descompuestos de la tierra, abrazándose desesperadas al agua que roba el aire, de las lágrimas de los pobres. Es así como vive a pesar de todo, el único recuerdo que conservo del amor, en lo profundo de mi volcán extinto aún resuena la idea, de que amar duele tanto como cortarte el tallo por la mitad, y estar el resto de tu vida bebiendo del aire, por miedo a una nueva tierra envenenada.
Yo creé esto para sobrevivir a mi propia existencia, por hacer de la muerte una obra de arte más imperfecta si cabe, que la propia vida. Yo renuncié a tu nombre, vendiendo mis recuerdos, mi alma, mi corazón, a cambio de un silencio que nunca cese, de una calma que nada rompa, de un invierno que nunca se caliente.
Yo renuncié a escuchar tu nombre en mi cabeza, por un jardín de rosas cortadas. Por infinitos gemidos de dolor, por océanos de lágrimas que absorbe el aire, por tierra envenenada donde solo crece mi llanto, por un refugio para almas en pena, donde acaban viniendo a morir, sin apenas saberlo, sin creer merecerlo, pero sin alguna otra alternativa.

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