9.1.19

Seré

Cuando respiras suenas como la madera de un viejo velero muerto,
intentando resucitar de entre las brisas,
llena de calma y alma de pausa,
con corazón de agua salada y la fuerza entera del océano,
capaz de bombear tsunamis de sangre y enloquecer al triángulo de entre tus bermudas,
dejar espuma entre mis labios y un inmenso profundo de oscuridad desconocida,
que nos separa y nos humilla,
como náufragos huérfanos de nuestras islas desiertas,
de nuestras orillas,
y los mensajes oxidados que guardan mis ojos de cristal. 
Cuando respiras suenas como cuando lloras,
por no sentirte en medio de tanto sentimiento,
justo en el epicentro de tu cielo,
en el corazón del terremoto de cada latido,
en toda la vergüenza que producen las palabras,
traducida a silencios crónicos,
sonidos adictivos,
y adictos que susurran mentiras,
con forma de verdades. 

Cuando respiro noto el paso de las olas a través de las horas,
el desgaste del tiempo cubierto de arena blanca y espejos de marfil,
cubierto de una fina capa de melancolía irrompible,
como una lámina de sal que solo se funde si hace frío,
si se mojan todas estas horas,
si los minutos se ahogan o los segundos buscan auxilio sin pronunciarse. 

Y cuando expulso el aire en forma de palabra dejo de sentir,
y empiezo a tragar agua,
me arrepiento al instante pero es imposible frenar el ansia de tomar aire,
de intentar, de procurar
formar vida con la propia vida,
renunciar a las sombras y perderme
por no saber nunca desde donde brilla el sol. 

Desde dónde brilla la luna, si soy yo el sol que aprendió a brillar mirando su reflejo. 
Si el mar es testigo de que lo intento a pesar de no ser nunca capaz de olvidarme de sus mareas. 
Si camino por la superficie del agua con zapatos de piel fría, del color de la noche muerta en el instante en que la noche resucita. 

Beberé del blanco cielo hasta empacharme de estrellas. 
Lucharé contra el viento hasta que corte mis alas. 
Renunciaré a todo lo que tengo por un minuto de calma. 
Abrazaré cada tormenta con la misma parsimonia del silencio que las prosigue. 
Recordaré todos los barcos hundidos como si el fondo del océano fuese un sentimiento. 
Crearé un cementerio invisible en donde los olvidos nunca se sientan solos. 
Me sumergiré, hasta que la profundidad pierda el sentido del tacto, y su trago amargo se convierta en simple aroma a bostezo de niño pequeño sobre pequeña vida de niño. 
Celebraré, cada derrota
con los cánticos de los suspiros,
con las lágrimas del mar,
los veleros muertos y sus muertas velas,
soplaré por encima del viento,
y cogeré aire cuando nadie me mire. 
Temblaré cuando mis mundos tiemblen,
cuando los cimientos cedan,
cuando me resigne a ser cimiento,
en vez de Dios avergonzado,
y anticristo orgulloso de la vida. 

Dejaré que los ángeles nunca caigan,
porque el infierno será parte de este cielo,
y arriba y abajo serán palabras prohibidas,
y las alas negras, y las blancas,
formen pájaros grises que bañen la realidad con su vuelo. 

Con ellos volaré lejos,
hasta los confines del horizonte,
donde nadie sabe qué sucede,
justo en el milímetro en el que todo cambia,
y nada vuelve a ser lo mismo. 

Con su vuelo viviré eternamente,
en incendios de cenizas,
delicias de relojes enamoradizos,
preguntas que no buscan respuesta,
y respuestas,

que nunca han necesitado una pregunta. 

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