21.12.18

Adicto


Despertarme. Abrir los ojos y verme a través de los tuyos.
Juntar los cimientos de los barcos hundidos en este mar blanco, darte la mano en señal de rendición, abrazarte casi como si fuese inevitable hacerlo. Acercarme combatiendo el sueño y sencillamente sentir labios y ritmos en mi cabeza. Sentirme en donde las palabras dejan de existir, donde las expresiones se vuelven vivencias. En donde, hagas lo que hagas, nunca eres tú del todo quien actúa.
Mezclar prisas con pausas y respiraciones aceleradas con silencios que lo dicen todo. Dejarte invadir por la intriga de los cuerpos, por el lenguaje de los ojos. Cuerpos que cobran vida propia y ojos que arrebatan cada palmo de luz convirtiéndolo en una dulce oscuridad innata.
Oscuridad es todo lo que hace falta para que se llene de luz mi cabeza. Oscuridad, mente y cuerpo. Nuestras oscuridades haciéndose compañía en la distancia y en el tacto, en lo conocido y en lo desconocido, en la lógica y la improvisación, en lo espiritual y lo físico.
Miedo a equivocaciones absurdas, a serle infiel al destino, a acelerarte demasiado y dejar la velocidad del tiempo atrás. Miedo a hacerte daño, a hacerme daño, a hacernos daño, a hacerlo mal.
Miedo a desprenderme de tu retina. Miedo a mis miedos más antiguos. Miedo a sentirme demasiado feliz.
La cama se abre, las sábanas se abren, el mundo se abre. Se crea un universo en un metro cuadrado. Se crea una simple realidad entre dos inmensas realidades. Simple y compleja. Lo más humano e inhumano que puede existir.
Me abro, te abres. Pero me abro porque es imposible no abrirse, es imposible resistirte a la vida durante más de lo que dura un beso. Te abres porque tú eres la vida. Eres viento que sopla al viento para que avance más deprisa. Eres justo el momento en el que cae la lluvia al mar.
La puerta se abre y se cierra, el universo se expande, la habitación nos engulle. Me dejo comer. Me comes. Te como. Y ni siquiera lo pienso. No hace falta pensarlo, son solo palabras estorbando en medio de todo. Solo palabras entorpeciendo algo que no se puede explicar porque no admite palabras. Bebemos. Como animales sedientos rodeados de agua que solo les sacia un vaso. Solo un vaso en específico. Y solo con una gota se crea un mar en nuestras bocas y de repente el vaso cubre todo el planeta Tierra. Y los continentes desaparecen, la tierra desaparece, mis cordilleras se erosionan, ya no hay verde, porque ahora somos mar, tormentas, lluvia y placer.
Sueño, alcohol, conciencia adormecida, pensamientos desordenados, obsesiones, obsesiones de adictos.
Casualidades, plegarias de madrugada, millones de acontecimientos que pasan volando alrededor de mi cabeza, deseos, impulsos, tristezas. Los pasillos son testigos de la poca trayectoria de mis ideas.
Te busco con la mirada, pero siempre te acabo encontrando con las manos, porque con los ojos no se encuentra, se pierde, o, por el contrario, se cuida.
No sé qué lengua hablas, no sé por qué no hablas, no sé para qué hablamos. No sé qué te quiero decir, ni qué me quieres decir, qué será lo que vayamos a entender. Lo único que sé es todo lo que quiero sentir, todo lo que siento, y quizás, todo lo que he sentido. Pero el pasado no pesa nada cuando el presente te invade la sangre.
Llevamos una vida de autodestrucción maquillada con la intriga del futuro. Lo que no sabemos es que el futuro que pensamos que vendrá, es el mismo que estamos viviendo al hacer todo esto. Lleno mis ojos de peso para que mi mirada no vuele demasiado alto, porque soñar es una droga demasiado dura para mí.
Chocamos con paredes, con cristales, continuamente contra el suelo. Damos a luz un caos precioso fruto de otro caos infernal. Cuanto menos sientes, más quieres, y cuanto más sientes, más adictivo resulta.
La verdad es que me quedo sin palabras, me encanta hablar con suspiros. Respiro fuerte porque quiero más. Necesito conocerte.
Mi cuerpo me pide verte. Y al verte el mundo crece. Al tocarte el universo se expande, y ahora tenemos una casa que nos pertenece, llena de marcas por el techo, por el suelo, llena de llantos surrealistas por el mero hecho, de que existe placer en el acto de llorar. Y así con todo.
Así contigo, y con todo. Porque mi vida es fumarme los huesos mientras recuento las heridas.
Abandonar el tiempo cada vez que una mente y un cuerpo merecen ser testigos de un asesinato sin muerte.
Apretar los párpados al explotar en mi cabeza el resultado de juntarme, la cercanía obsesiva, la perfecta dualidad que dura instantes.
Vivir en mi piel de gallina, mis pelos de punta, y mis sueños tirados por las esquinas esperando a que alguien baje la basura porque creo que esta vez a no me toca a mí.
Masticar la soledad, cuando me cuesta tragar la compañía. Por eso nunca tengo hambre.
Escribir intentando atrapar recuerdos, sin que pierdan brillo, sin que dejen de hacerme sentir.
Despertarme. Abrir los ojos y verme a través de los tuyos.
Y así siempre. Así con todo.

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