19.12.18

Tregua

Ya no tengo ganas de luchar. 
Tantas cadenas. Tantas cadenas para que mi jaula no se desmorone. 
Tantas cadenas intentando dar forma a lo roto. 
Y pesan. 
Pesan los metales de mi sangre. Y es su peso el que se cuela por mis ojos y me impide ver. 
Me impide respirar por elegir entre perder mis piezas,
o ser un corazón que late sin moverse. 

Ya no quiero guerras. 
No quiero rivales ni enemigos. Ni sentirme en peligro, ni tener que atacar o defenderme. 
Quiero ondear la bandera blanca por encima de todas mis heridas. 
Que la sangre deje de arder, que el miedo vuelva a dormir, que la agonía se evapore. 
Necesito que el control se vuelva humo en medio de la niebla. 

Tantas cadenas a modo de huesos. 
De huesos de esqueleto de cristal. 
Tantas cadenas que cosía a mi cuerpo pensando que me protegerían del caos, y al final,
van a convertirse en mi tortura eterna, mi parálisis continua,
mi propia cárcel de sustento,
una forma de sobrevivir, de vida,
basada en sacrificar todo mi viento,
por un suspiro que alivie esta asfixia. 

Yo ya no tengo ganas de luchar. 
Porque necesito ver mi cuerpo desnudo. 
Fundir la armadura y hacer anillos y colgantes con ella. 
Dejar mis marcas al descubierto, dejar que el agua me bañe,
que el viento me enfríe,
que el sol caliente mi sangre. 
Yo ya no quiero guerras por la vida,
prefiero arriesgar viviendo en paz,

aunque me juegue la muerte. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario