2.11.18

Enorme insignificancia


Solo consigo pensar en el reflejo del espejo de la vida. En el lento paso del tiempo sobre cada una de mis historias inventadas.
En todos los milagros que sucedieron y acabaron por convertir mis mentiras en verdades inquebrantables. Tan reales que ni siquiera yo podía negar tanta dureza junta.
A veces esos cristales rotos se juntan parar volver a ser la sombra de lo que un día fue el sol eterno, todo un conjunto de luces que brillaban en la misma dirección, con la misma intención, con la misma fuerza.
Pero ahora, el caos engulle cada pedazo de alma que duerme al pie de mi cama, y la improvisación se convierte en dueña eterna de mi esperanza, mientras la imaginación se desangra en mis pupilas, viendo como aniquilo cada brote de creatividad consciente, vendiendo mi espíritu al azar, drogándome con más futuro, y convirtiéndome en esclavo eterno del pasado, atrapado en el presente.
Una dosis demasiado fuerte de cinismo te convierte en un ausente radical. Buscar lo diferente es adictivo. Hasta el punto en el que llegas a no aguantarte ni a ti mismo, porque tú eres lo único que te mantiene cuerdo dentro de una realidad entera de locura, te vuelve equilibrista en un mundo sin gravedad.
Tanta presión para tan poca cosa. Cuando llegas al punto en el que nada te apasiona te replanteas si realmente estás enfermo o tan solo es todo una consecuencia gigante de tus decisiones. Quizás hubo un día en el que elegiste marcharte, y ahora no sabes cómo volver.
Las palabras son trucos de magia, y en mi caso, siempre acaban sorprendiendo al propio mago.
No entiendo la necesidad imperiosa de tener que atarlas para que cobren un orden o un sentido lógico, no entiendo qué es lo que me empuja a tenerles tanto miedo, a sentirme dolorido al escribir. A verme hueco dentro del propio vacío. Recuerdo cuando me hacían sentir vivo, agónico. Sufría, y ese sufrimiento era algo liberador.
Me demostraba a mí mismo que todo merecía un mínimo la pena si conseguía que, por arte de magia, naciesen palabras cargadas de algún tipo de enseñanza.
Hacía el truco de magia de turno y me regocijaba pensando en que quizás era yo quien agitaba la varita y esparcía los polvos de hadas. Y en verdad no era más que una carta cualquiera de la baraja.
Una pluma sobre el papel.
El tímido trazo de aquel que escribe con miedo a torcerse. El sonido de la piel acariciando la invisible rugosidad del papel.
Un pegote de tinta en medio de tanta blancura.
Un tachón con nombre propio y toda una historia que contar, y a su vez, todo lo que oculta detrás de lo tachado formando una coraza irrompible.
Un sueño dentro de otro sueño, en el que te despiertas pensando en lo poco emocionante que se vuelve la vida cuando tienes la certeza de vivirla.
Un simple mensajero de todo lo vivido, de todo lo sentido. Un turulo por el que la vida se esnifa todas mis pobres experiencias, mis penas, mis metas.
Un conjunto de materia, un átomo en la historia del universo.
Una enorme insignificancia. Una infinita existencia.
Todo, y a la vez nada.
Y es por eso, que solo consigo pensar en el reflejo del espejo de la vida. En el lento paso del tiempo sobre cada una de mis historias inventadas.
En todos los milagros que se quedaron sin suceder, y acabaron por convertir mis verdades en mentiras inquebrantables.
Tan reales que ni siquiera yo podía negar tanta dureza junta.


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