15.11.18

Ensayo sobre la comunicación y el amor


Jamás pensé en llevar una vida de este modo, lo cierto es que creo que todo se trata de una sorpresa constante, de un chiste sin final y un truco de magia que siempre acaba sorprendiendo al mago. Un cúmulo de expectativas que se retuercen en su existencia para formar una serpiente de siete cabezas y veneno dulce, muy dulce, tan dulce como los besos que no se olvidan.
Quizás, quizás deba olvidarme de ella y aprender de nuevo a volar. Aprender de nuevo a reptar entre mis recuerdos y conseguir salir sin que me manchen de tinta, sin que se me pegue su olor a ceniza. Quizás deba rendirme ante la idea de que la necesidad de felicidad es tan grande que ni la propia realidad de la tristeza puede apagarla.
Quizás deba imaginar en vez de trasladar. Quizás deba crear por encima de mis posibilidades. Quizás deba crear creyendo que todo esto tiene algún sentido, un sentido que existe más allá de mis propios ojos.
Un sentido que nunca podré ver si al menos no me acerco lo suficiente.
Creo que en cierto modo estoy cansado de buscar verdades, de intentar alcanzar alguna razón que se adueñe de todo lo que ocurre. Puede que deba contemplar la posibilidad de que existan cosas que no puedan tener explicación alguna. Puede que pensar se llegue a convertir en una cárcel invisible, y puede que en esa misma invisibilidad reside la agonía que produce. Porque nadie puede ver tu cautiverio, porque tú eres el único ser que es plenamente consciente del sufrimiento que experimentas.
En cierto modo, el sufrimiento siempre es único. Es algo privado e intransferible que reside en una persona y jamás podrá ser trasladado a otra, únicamente puede ser descrito, interpretado, expresado y exteriorizado. Dentro de esa labor tan compleja reside de forma obligada la palabra, la comunicación, el lenguaje.
Pues por qué otros medios podríamos llegar a hacer ver nuestro infierno si no es por palabras que hacen entender al otro lo que no pueden ver de nosotros mismos. Cómo podríamos hacer ver aquello que es invisible, aquello que sólo nosotros conocemos.
Lo cierto es que las palabras lo son todo en esta vida, o puede que no sea cierto, puede que no lo sean todo, porque al fin de al cabo las palabras jamás representarán conceptos idénticos para dos personas.
Las palabras son puentes que unen dos mundos completamente distintos, con toda la complejidad que conlleva esa labor. Sin embargo, no son puentes perfectos, no son construcciones sólidas, ni siquiera son construcciones.
¿Acaso no definimos a los seres como entes vivientes que se desarrollan y se transforman? Puede que los humanos hayamos creado nuestra propia humanidad sin habernos dado cuenta.
Puede que las palabras tengan vida, una vida que desconocemos, un alma que no entendemos, una energía que percibimos y no sabemos cómo. Pero las palabras son, las palabras existen. Las palabras viven, porque nosotros les damos vida.
Las palabras son trozos de vida, y es el humano tan fiel a vivir, que han cobrado vida por sí mismas, como sus creadores.
Cómo sería posible en caso contrario que una simple sucesión de sonidos pudiese unir dos mundos tan complejos y lograr una conexión que hiciese que ambos, por un momento, fuesen uno. Como una colisión entre planetas, como el nacimiento de algo nuevo, como el acto pletórico y silencioso de la expansión del universo en ese mismo momento, del crecimiento del mundo y de la vida a través del propio mundo y de la propia vida.
Es posible que esos puentes no sean lo suficientemente fuertes, y tenga que entrar en juego toda una comunicación física, que, como animales, percibimos como totalmente necesaria.
Sin embargo, es una realidad que, como ya hemos mencionado, toda persona alberga un mundo en su interior. Y ese mundo condiciona de alguna manera la forma en que puede, decide, o siente, la conexión que realiza con otros mundos.
Hay quienes tienen más facilidad para comunicarse de forma física, y hay quienes otorgan a las palabras un valor especial, como si fuesen parte de su alma, porque quizás así lo viven.
La complejidad reside en confiar en que la forma del otro de comunicarse sea verdadera, la intención debería residir en entender, a través de un acto voluntario, cuál es la forma del otro mundo de conectarse contigo.
Todo es más complejo de lo que parece, y más simple de lo que pensamos.
Puede que unos perciban como más real un abrazo que unas palabras, porque quizás hayan sufrido confiando en las palabras. Puede que otros perciban como más reales las palabras porque muchas veces los abrazos que recibieron fueron falsos, o se produjeron acompañados de dolor en forma de palabras, o simplemente no existieron.
Pero, cómo podríamos saber la forma de mostrar los sentimientos de una persona si no es a través de las palabras. Quizás les estemos confiando demasiada vida, demasiado poder, o puede que su importancia sea inherente a nuestra intención.
En gran medida hemos optado por la postura de tomar como real y como válido únicamente cierto tipo de comunicación afectiva, siendo la física la que tiene mayor importancia. Esto se produce como herencia cultural y social, y de alguna forma lógicamente, al ser seres físicos y sensitivos.
No obstante, quizás debamos ampliar nuestra perspectiva y aceptar la posibilidad de que existan personas que quieren de una manera racional, que cuidan a través de las palabras, y eso es sumamente importante, o acaso no nos hemos sentido en ocasiones completamente solos al sentir que nadie comprende nuestro pensamiento, nuestro gran mundo racional.
Las palabras tienen un poder curativo y sanador, al igual que el afecto físico. La diferencia que intuyo es que para que las palabras puedan acceder a una mente es el sujeto el que tiene que permitirlo, y muchas veces, un abrazo rompe barreras mentales al generar sensaciones que provocan un estado mental y emocional diferente en la persona. Lo justo, en mi opinión, sería un equilibrio, y una aceptación de que existan personas que no lo tienen.
Todo ser humano está capacitado para amar, porque todo ser humano es vida y al ser vida, todo ser humano es sumamente infinito a pesar de tener tantos lazos con los demás.
Todo ser humano ama de manera diferente en función a su mundo interior, a las experiencias que haya vivido, a su forma de sentir, a su mundo racional y las circunstancias que acompañan su existencia.

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