Me da tanto miedo el silencio como la ausencia de ruido en mi cabeza.
No consigo describir la sensación de ver difuminarse el sonido de las olas entre los acantilados de mi mente, mientras al sentarme y apoyarme en estas letras, comienzan las ganas de llover.
Y acaban terminando todas las frases que me repito para intentar permanecer despierto en mi propio sueño.
No sé cuántos versos me quedarán en la chistera ni cuántos besos podré volver a sentir antes de que la marea me atrape por completo.
Y es que quizás sea peor no ser capáz de sumergirme que tocar fondo y vivir en él.
A veces recuerdo momentos que nunca viví, y en ocasiones vivo recuerdos que nunca han existido.
Siento un disparo en el pecho cada vez que me doy cuenta de que hace tiempo que me perdí en medio de la nada.
Tan solo busco desesperamente una luz que no me queme, una salida que no me haga verme envuelto en otra comedura de cabeza.
Solo quiero sentirme parte de algo que tenga algo de sentido.
Ya van tres noches en las que lloro lágrimas de sangre al verme por dentro, nadie dijo que encontrarse fuese un bonito encuentro.
Y en mi caso, ya no sé si es que me rompo por comprobar que estoy perdido o finalmente acabo roto por rozarme el corazón con la punta de los dedos.
Ya no sé ni a quién le escribo; puede que a los errores en los que me he convertido o a los sueños escondidos en barcos de papel y cartas rotas. Quizás le esté escribiendo a un futuro silencioso que me llama por las noches, justo antes de dormir.
Creo que prefiero la muerte antes que vivir pasando desapercibido.
No sé si me merezco seguir vivo, dudo que esté preparado para encontrar el camino que me saque de este intercambio de intereses divinos.
Solo le pido al cielo que me permita escribir parte de lo que siento para poder leerlo mientras espero a que pase el tiempo.
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