Ven,
ponte cómoda.
Te he estado esperando, hace mucho frío ahí fuera, dicen que va a nevar.
Ven, ponte cómoda.
Como si estuvieras en tu casa.
¿Quieres tomar algo?
Sírvete tú misma.
Al fin de al cabo, no hay nadie que sirva mejor que tú.
Ven, ponte cómoda. Te he estado esperando.
Te he estado llamando.
Te he estado observando desde el alféizar de mi ventana.
Llueve mucho ahí fuera, dicen que va a nevar.
¿Recuerdas aquellos días?
En los que los propios días pasaban bailando a nuestro lado.
Aquellos anillos de sol y ciclos de luna, en los que tu pelo aún volaba sobre el jardín.
Pasa, ponte cómoda.
Aquellos días en los que las ideas brotaban solas.
Y tu mirada era la única prueba que los médicos nunca necesitaban medir, porque significaba, la continuidad de la vida.
¿Quieres tomar algo? Sírvete tú misma.
Recuerdo el tacto de tus huellas, ¿sigues viviendo en la misma casa?,
me encantaban esas habitaciones
y el olor a madera
que ahora se camufla
con el olor a pino.
Ven, ponte cómoda.
Hace mucho frío ahí fuera, dicen que va a nevar.
Los últimos instantes, las últimas veces.
Las últimas veces marcan la diferencia.
El último te quiero, el último beso, la última vez en la que me fundo entre el sudor de tus pechos, y bebo el agua de tu manantial.
Te estaba esperando.
La falta de sentido me recuerda que ya no estás.
La locura, firma con letra firme, en mi propia tumba, cavada al son de tu lápida.
Y mi corazón, yacerá contigo hasta el límite de la reencarnación.
Y mis últimos latidos despertarán a Dios de su sueño divino para hacerle llorar con el dolor humano.
Mis lágrimas harán sentir piedad a los demonios, que se empeñan en hacerme partícipe de esta terrible matanza,
en la que todos nuestros besos se acribillan a balazos y a bombas de relojería
y se muerden,
y se arañan,
porque ya se olvidaron de sus nombres.
Por favor, ven.
Ponte cómoda, dame un abrazo.
Te he estado esperando, llueve mucho aquí fuera, dicen que va a nevar.
Te he estado observando,
desde el día en el que escuchaste estas frases por última vez
y cerraste los ojos
para fundirte en una repetición constante de violín
sin fin,
ni más principio,
que servirte la última copa, dejando tus labios rojos en el cristal
para recordarme que no debería beber tanto,
y hacerme ver que fuiste real
que esos labios me tocaron
que la vida me hizo abstracto
en un mundo oscuro
cubierto de cenizas
que demuestran
que tú
ya no estás.
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