Me he hecho inmune a las palabras, ya no sangro, ya no te
tengo sed.
Ahora soy yo quien maneja el viento, quien decide la
permisividad de cada cometa, sostenida en mi aliento, quien adorna vómitos con
melodías de caja musical, y convierte cada amanecer en una puesta de sol.
Me he convertido en lo que siempre odié, yo mismo.
Me miro, y solo veo mentiras, superpuestas unas encima de
otras, creando un castillo de naipes que hasta el bostezo de una hormiga podría
derribar para siempre. Me miro, y solo veo un vacío lleno de oscuridad, de
donde nacen movimientos automatizados, programados a cada situación. Me abro el
pecho, y cada día engraso mis engranajes, para que todo funcione correctamente,
para que mi ser nacido de la perfecta sincronización no se quede sin cuerda.
¿Soy un autómata?
¿Soy dueño de mis actos?
He aprendido a sobrevivir a base de vivir fuera de mí, en un
lugar en el que nadie pueda encontrarme, un lugar del que nunca sé salir.
Soy un reloj de arena que fabrica la gravedad a base de
caídas constantes. Fue por curiosidad, que el tiempo decidió imitarme cayendo
entre el cuello del cristal, y sin querer le arañó la garganta.
Desde entonces sigue afónico, y me cuenta los minutos con
una voz desesperada, y me canta las horas sangrando en forma sonidos de plata.
Y me pide que acabe con él, entre lágrimas que escuecen, me
dice que prefiere ser inerte antes que seguir sufriendo tanta vida.
Le concedí el deseo, y ahora son sus cenizas las que forman
el tiempo del reloj, y no ha cambiado nada. Arena, cristal, y un cuello, todo
sigue en su sitio. Sin embargo, el reloj ya no es el mismo, porque el tiempo ha
dejado de otorgarle vida. Porque aquella voz afónica era su corazón, y ahora
solo le queda la arena.
Y ahora, solo me queda la arena. Porque el tiempo me suplicó
la rendición, porque no podía respirar, le di descanso y se marchó sin rechistar.
La voz afónica de mi pecho ya no suena, la arena que pasaba
de un lado a otro de este cristal grisáceo, acabó por solidificarse.
La libertad se convirtió en cenizas, y se hizo piedra, en
forma de piezas y engranajes, que me mantienen en movimiento, aunque nada muevan.
Y es que me he hecho inmune a las palabras, ya no sangro, ya
no te tengo sed. Me he vuelto esclavo del tiempo y a la vez su único dueño. Me
he vuelto mecánico, una sucesión de estímulos y respuestas, un ser relleno de
engranajes, un engranaje más de esta enorme máquina de matar.
Soy una pieza hecha de piezas, que un día albergó historias
y voces, que sangraba palabras y tenía sed de sangre.
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