11.12.17

Corazón de otoño

Hoy el viento ha soplado hacia la misma dirección en la que vuelan mis sueños. Las hojas han caído del suelo para abrazarse a los árboles mientras la lluvia creaba la melodía perfecta sobre mi paraguas.
Tu recuerdo, una vez más, se enhebraba a mi brazo mientras comprobabas el tacto de mi abrigo con las yemas de los dedos. Mis botas vuelan sobre los adoquines grises de la ciudad, riéndose, porque las tuyas juegan al pilla-pilla con las mías, siempre a la par, siempre sincronizadas.
El cuello del abrigo a modo de alas de ángel negro sobre una espalda recta esculpida por las caídas, la bufanda de mi padre que ya hace tiempo olvidó su olor, mi cuello de cisne encogido por el frío. La mirada perdida hacia el suelo, los párpados cerrados entre cada paso, lo justo para no ver que esta vez mi mano sujeta el paraguas en vez de tu mano. Lo justo para no darme cuenta de que ya no volverán las golondrinas a anidar entre nuestros besos, que el tiempo se hizo vida en medio de tanta muerte, que tus pestañas firmaron en mi piel las cosquillas perfectas, que le debo al invierno el haberte conocido, y estaré en deuda eterna conmigo mismo, por haberme creído dueño del destino, por haber pecado de orgullo, y darme cuenta ahora de lo que quema la memoria, del dolor que emana de la lluvia, de que las hojas gritan tu nombre al caer, de que mis lágrimas brotan porque esta vez, soy yo quien te echa de menos.
Escribo palabras que cicatrizan almas ajenas, mientras la mía se desgarra por dentro con cada letra.
Lo más difícil de amar, es perdonarse cuando el amor se acaba.

Recuerdo ser el piano de tus manos, un abrazo sin miedo, una sonrisa de luna, una estrella fugaz reflejada en el sudor de tu espalda, la curva que me enamoró por primera vez, la esquina que había justo antes de llegar a tu casa, el extraño motivo por el cual todavía recuerdo el camino de ida, pero no de vuelta.
El agua de la ducha, a ti te quemaba, para mi estaba fría. Aquella cocina, el frío de tu casa. El frío de mis mentiras.
El frío de las sábanas.
La falta de coherencia en las palabras, el lenguaje de las pupilas, los secretos de la mirada.
Tú, mi traductora, yo, el que escribía poemas sobre la marcha.
Tu arte, tu vida, el mío, era un juego.
Jugué la partida con un tablero de porcelana.
Olvidé mover mi ficha cuando te fuiste.

Permaneció la vela prendida, y la llama flota tímida sobre la cera derretida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario