13.11.17

Sabes que somos agua

Sabes que somos agua, que llovemos a cada paso y recorremos nuestra vida goteando soledad. Sabes que sabemos volar. Que las nubes nos amparan, nos protegen, hasta el propio vuelo nos rodea el cuello y nos hace caer.
Sabes que somos agua, que llovemos a cada paso.
Que vivimos constantemente entre cielo y tierra, intentando sin remedio permanecer en el aire.
Sabes que somos agua.
Que nos encanta llover pero odiamos el suelo.
Que nos creemos dueños de la gravedad, pero solo somos agua suspendida en el aire esperando a que llegue nuestro momento.
Somos gotas de agua, perdidas en el ciclo sin fin de siempre, atrapadas en la incertidumbre de cuál es nuestro destino, si regar el suelo, crear las nubes, bautizar el mar o crear  paisajes que acunen a la propia poesía.
Soñamos, con formar parte de un mundo submarino en el que no nos separen nunca de la humedad, en el que el ciclo se rompa, y dejen de levantarnos por los aires mientras ansiamos posar los pies en la tierra, y dejen de hacernos caer cuando nos acostumbramos a volar.

Sabes que somos agua y que cuando te llamo, cielo, lo hago pensado en la ausencia de gravedad, en cuando la vida me levanta y me sostiene a la altura de tus ojos, en esos instantes en los que me bailan las piernas sin llegar al suelo, y no me importa, porque sé que soy agua, que el aire me acaricia entre las nubes, que me junto con tu niebla y saboreo tu humedad, mientras los niños nos observan desde el suelo y buscan formas a lo que sentimos, mientras que el mundo blanco que nos ampara se torna gris por una ciencia infusa y cruel, bañana por el tiempo.

Sabes que somos agua.
Que en el fondo no sabemos nada, que buscamos no depender de nada ni de nadie, creyéndonos merecedores de la independencia en forma de esencia. Que queremos que nos quieran para que nos digan quiénes somos, o cómo debemos querer, ya que el agua es transparente, pero nos empeñamos en ser opacos.
Sabes que no podemos evitar querer, que al igual que las lágrimas, a más cantidad más peso, que formamos parte de una existencia irremediable en la que nos condenan a llover, y no existe otra forma de llover que no sea en compañía, pues una gota sola cayendo hacia la eternidad, no es más que una sola gota cayendo hacia la eternidad.
A medida que volamos y recorremos el mundo movidos por la inercia, nos cruzamos con pedazos de almas líquidas que nos despiertan el echar de menos algo que no es nuestro, pero que sin embargo, no podemos evitar dejar de serlo.
Amamos, y queremos, a gotas que nos hacen vernos a través y reflejados en su pureza.

Sabes que somos agua, y que amamos agua, que lo primero que se hace al nacer es llorar y si no lloras es porque estas muerto, que pasamos media vida huyendo de las lágrmas y la otra media preguntándonos a dónde han ido.
Somos simples gotas en un cielo infinito, que cuando encuentran a otra gota amada, a alguien que les hace sentir un nacimiento de primaveras o el primer invierno del universo, alguien con quien esconderse en las cornisas a ver llover, saltar de paraguas en paraguas, jugar en los charcos y cerrar persianas para crear una noche en la habitación, con luna nueva bajo las sábanas.
Somos dos lágrimas sin dueño, lloradas por un niño que ya se ha hecho mayor, que tras conocerse se olvidan de que son líquidas, se vuelven imperceptibles a la vista, se juntan y se vuelven una misma, y a pesar de que el corazón empuja hacia arriba, es inevitable, que el peso, cumpla su promesa.
Y caemos, caemos hacia el mundo seco, hacia esos mismos paraguas, cornisas y persianas cerradas.
Caemos intentando que nuestra frágil existencia no se separe.
Caemos mientras miramos a nuestro alrededor y nos damos cuenta de que todo nuestro mundo se desmorona...
Sabes que somos agua, que esa magia infusa que convirtió nuestras nubes en humo, ahora es la que nos hace caer, sin saber qué hacer, ni a dónde ir, ni siquiera de dónde venimos.
Miramos hacia arriba y todo se vuelve más pequeño, mientras el suelo se agranda a cada latido.
Guardamos silencio, otorgándole memoria al instante en el que somos conscientes de lo que se nos viene encima, que ya nada tiene remedio. Que la única forma de no caer es soltarnos las manos y reducir el peso de las emociones, para que el viento nos suba, a tí, y a mí, en trayectorias inimaginables, hacia destinos incomprensibles.
Que lo que más duele de la caída no es el frío cortante ni la certeza del destino, sino la necesidad de tomar una decisión. Si te suelto, vuelvo a volar, pero de que coño sirve volar si tengo que soltarte la mano, si tengo que dejar que el azar forme parte una vez más de la tormenta, que lo mismo que nos unió cobre el poder, de nuevo, de decidir sobre las propias decisiones.
Si te suelto de qué sirve volar, si me he vuelto translúcido y tu agua y la mía están mezcladas para siempre, si me suelto de qué sirve  soltarme, si no es por el miedo a descubrir el resultado de la caída, si dolerá, o será maravillosa. De qué sirve volar siempre en el mismo cielo y permanecer arropado por las nubes, siempre con la misma responsabilidad, la de dejarse llevar. Puede que la única manera de cobrar inercia ante las fuerzas del mundo sea amar, puede que nuestra única oportunidad verdadera para ser libres, sea querer, pesar, caer, y confiar en nuestra caída.

Puede que la única forma de aprender a querer sea perderle el miedo a formar parte del otro, puede que el temor de los cambios no sea más que el miedo a dejarse caer. Puede que debamos perseguir la transformación, en vez de negarnos a llover.
Y quien sabe, si los dos sabemos que somos agua, si la vida ha querido que pesemos, puede que también quiera que caigamos.
Y si la vida quiere que caigamos, puede que sea lo correcto, puede que eso sea amar de verdad, o por el contrario una locura sin más.
Si en el fondo, las diferencias acaban creando similitudes, como la paradoja entre ver el mar desde el cielo o ver el cielo desde el mar, y la vivencia orgásmica de acabar lloviendo en el océano. Si eso es cierto, si al final el secreto es dejar que el dolor crezca hasta que cure todas las heridas, si la sangre purifica, y las cicatrices son palabras imborrables...si una marea es un poema indescifrable, si navegar es vivir sobre los sueños, si al final, sé que somos agua, que más dará dejarte ir, o acabar cayendo al suelo contigo, si con ambas diferencias la igualdad hace honor a su nombre. Si aunque quiera, no manda el capitán, sino el mar, y no soy más que una gota de agua bautizada por mis propios párpados, prefiero apretar tus manos lo más fuerte que pueda durante el tiempo que dure en caer una lágrima a cámara lenta, cerrar los ojos dentro de tí, fundir mis latidos al ritmo de los tuyos, guardar silencio, y otorgarle memoria al instante en el que caigamos al suelo, y el azar, o el propio mar, decida separarnos o dejarnos volar una vez más, entre nuestras nubes blancas, los paraguas, las cornisas, y la luna nueva bajo las sábanas.

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