3.11.17

Desnudo

Intento avanzar, acercarme a las nubes, recorrer mundos que nadie más recorre sin dejar de tropezarme, mendigo una limosna en forma de recuerdo. Me quedo sin ideas, las emociones se me escapan como el agua con el que jugaba de pequeño, siempre me sorprendía la forma en la que por mucho que apretase las manos, nunca lograba mantener esa pequeña porción de mundo, de vida, sosteniéndose en mis palmas, en mis pequeñas palmas de niño inocente y culpable de cada huella dactilar.
El agua siempre desaparece, se cuela entre los pliegues malhumorados de la piel, o son esos mismos pliegues pertenecientes a las impasibles manos los que terminan por sucumbir al tiempo, y al cansancio, y caen abatidos, sin más esperanza que la de volver a llenarse, de que alguien los llene, que alguien les vuelva a leer un cuento de buenas noches.
Y por si no fuera suficiente, por si hubieras conseguido mantenerte firme, aguantar el agua, y que el agua repose, en cuanto se calme y tú respires hondo, en cuanto te descuides, en cuanto te relajes, llegará un día en el que mires hacia abajo y veas tus manos tan secas como el mismo suelo que pisas. Verás tus manos agrietadas, pegadas la una a la otra tras de soportar la presión para no moverse ni un solo milímetro, verás tus dedos blanquecinos, tus uñas desgastadas, y ni rastro de aquel agua que te hizo descansar.
Aquel agua que sació tu sed durante el tiempo que tarda en caer una lágrima a cámara lenta.

Será entonces cuando despiertes por completo y cobres consciencia de que ese agua tomó su propio camino evaporándose entre tus pequeñas manos. Cuando por fin veas que después de tanto esfuerzo por lograr que no escapase entre tus dedos, cuando veas que después de tanto, es demasiado tarde para rectificar, para volver a disfrutar de su paso fresco acariciando tu piel, tarde para bailar con ella y perderle el miedo a la gravedad. Cuando te des cuenta de que el agua no tiene dueño será demasiado tarde para despegar tus manos, porque ahora lo único que deseas es que no sean de piedra, para poder acariciar con ellas sin herir a nadie. Y que corra la sangre por dentro, y notar algo de calor, algo de frío, los temblores, notar otras manos junto a las tuyas.
Lo intentas, mientras la lluvia se acumula y te va ahogando, porque llega un punto en el que el control cóncavo se convierte en una prisión y tienes que esperar a que todo se evapore para poder respirar. Porque tú ya no eliges lo que acumulas, lo que sientes, simplemente eres un recipiente nacido del propio miedo, destinado a soportar las formas de todo lo que te echen dentro. Y tan solo buscas volver a poder moverte, y cuanto más lo intentas la roca se vuelve más dura, gritas, lloras, y vuelves a gritar esperando que llueva del cielo una simple respuesta, algo que disuelva la piedra en tierra, y poder volver a crecer.
Te rompes, porque la piedra no se dobla, y al intentar separar tus manos se agrietan tus dedos por primera vez, y te arde, porque en vez de sangre lo único que brota de ellos es frío y aire sin ningún tipo de olor.
Te rompes un dedo, y otro, y pierdes anillos, los que más te gustan. Y un día, todo se queda en silencio, a excepción del sonido del aire que abandona de vez en cuando tu pecho.
Tu cabeza se dobla hacia delante, tu joven cuerpo convertido en piedra hasta el ombligo tiembla vergonzosamente. Tu pobre y pequeño corazón de gorrión late tímidamente.
Y justo cuando esté terminando de convertirse en piedra, el último latido que transporta algo de sangre, hace llegar hasta un párpado cansado  y seco, la última lágrima de todas, mientras la expresión de tremenda pena cambia a la de simple contemplación. La lágrima, se columpia y desciende por el aire hasta caer en las mismas palmas agrietadas, y en vez de huir, y de evaporarse, decide adentrarse en la grieta más profunda y desde allí, comenzar a regar la semilla de sangre más dolorida que encuentre. Y tus manos, vuelven a sentir, y sienten todas y cada una de las heridas de piedra transformadas en verdad. Y sangras, te quema, notas cada dedo roto, y cómo los huesos astillados han ido cortando la carne a su paso, sientes cada centímetro de ese dolor punzante e insoportable, ves tu carne desgarrada y te sorprendes de la cantidad de sangre que se puede llegar a perder en tan poco tiempo, las ganas de frenar la hemorragia te recuerdan a cuando morías por atrapar cada gota de agua, y el simple recuerdo, te hace sangrar cada vez más, y gritas, gritas como nunca antes habías gritado, desde un sitio en tu interior que nunca antes habías sentido, y es entonces cuando tu corazón despierta y con él conoces las heridas que más duelen, las del alma.
Y a medida que te desangras por dentro en forma de sentimientos mezclados con dolor y emociones infectadas, tus pulmones se encharcan de recuerdos, voces y promesas, hasta que te cuesta respirar.
Caes al suelo, y ahora son tus palmas las que sienten el asfalto y es el propio dolor de sentir tanta agonía el que te salva de no sentir nada, y te paras a pensar en si merece la pena sentir tantas heridas con tal de no ser de piedra, y mientras lo piensas, tus ojos lloran, y tu alma llora, y son las mismas lágrimas que te hacen sentir tanta misera las que se cuelan entre la piel y te devuelven a la vida.
Te das cuenta, de que el único agua que jamás te abandonará es el que proviene de ti, pero que ella no te salvará, tan sólo te devolverá a la vida, si realmente te rindes, y serás tú, quien tendrá que coser cada corte, colocar cada hueso en su sitio, y cuidar cada cicatríz en lo que dure tu estancia de carne y hueso.
Continúas el camino como puedes, te esfuerzas en ocultar tus verdaderas cicatrices, haces como si no hubiera pasado nada, aunque en el fondo tu corazón nunca será el mismo, porque esas cicatrices, es imposible esconderlas de uno mismo.

Caminas, avanzas, aprendes, amas, quieres, te equivocas.
Lloras, porque necesitas volver a empezar. Y sin darte cuenta acabas siendo el esclavo de tus propias lágrimas.
Cada vez cuesta más que salgan, poco a poco, te van abandonando, porque con el tiempo tardas más en estar al borde de la muerte, porque ante la rendición no existen ni excusas ni lamentaciones, solamente frío y aire sin ningún tipo de olor. Porque es imposible mentirle al corazón, y aunque le grites desesperado que te devuelva un último latido que te recuerde que sigues con vida, él, pequeño corazón de gorrión, se para, sin inmutarse ante el miedo que desprendes.
Y en el fondo sabes que el pozo no tiene fin, que tus ganas de soñar siempre acaban flotando entre tantas tormentas, aunque tu corazón ya no se mueva, y no te quede un hueso sin romper.

Llega un día, en el que llorar se vuelve algo extraño, como si se tratase de una enfermedad extraña, algo lejano, de lo que solo recuerdas lo que deberías de estar sintiendo, al darte cuenta de que todo tu interior te odia por hacerle sentir tanto daño, y forzarle a vivir siendo de piedra.

Y llega una noche, en la que sencillamente te rompes, pierdes el tapón del pecho y te empiezas a deshacer por las esquinas, te derrites a cada paso, te tropiezas con tus propios tropiezos, te pierdes dentro de ti mientras el mundo te obliga a encontrar respuestas a preguntas imposibles. Quién eres.

Quién quieres ser.
Quién llegarás a ser.

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