21.11.17

El piano

Hace tiempo que noto a la nada acercarse a mi rostro
intentando mirarme a los ojos, pero yo siempre entrecierro los párpados,
huyendo del contacto con el reflejo que me hace ser yo.

Hoy miro tu recuerdo, y noto como mis manos acarician la tapa de un piano cubierto de polvo,
un piano que un día creó magia, al abrazarse nuestras manos, a kilómetros del suelo
y fueron los dientes blancos los que actuaron como piezas que encajaban a la perfección,
mientras tus labios retumbaban por todo mi alma, mientras esa música recorría cada partícula de mi ser. Hoy miro tu recuerdo omnipresente con la misma inocencia de entonces, sin llegar a creerme que lo que vivimos sea cierto, hoy saboreo otra noche perdida en medio de las estaciones, y recorro mi cabeza en busca de esas mismas sensaciones, que sentía al tocarte, y acariciar la tapa de tu piano cubierto de polvo, el cual nunca aprendí a tocar.

Me atrevo a pensar que que quizás el día que aprenda aparezcas a mi lado, aunque sea en forma de nostalgia, y me ayudes a crear música, de igual forma en que estas letras cobran vida impregnadas de la tuya. Me atrevo a pensar, como un niño en la víspera de Reyes, en que quizás este año me traigan lo que llevo años pidiendo sin poder evitar: poder lanzar botellas llenas de mensajes dentro de tu mar, y que la vida me demuestre que existe algo más que las corrientes, que puede que la magia sea eterna, al igual que el ciclo del agua, que quizás todo fuese cierto, y tan solo sea cuestión de tiempo.

Puede ser que me levante de este sueño de una vez por todas, y me dé cuenta de que ya no hay regalos debajo del árbol, que llevaba demasiado tiempo soñando con algo que no va a volver, porque puede que si vuelve, el mundo en el que viven estas letras se desvanezca, el mar se evapore, las botellas se rompan, y los mensajes se pierdan para siempre entre la inmensidad que habita en tu interior.

En ese instante en el que consiga encontrar las notas que abriguen mis manos a la perfección, seré consciente de que no soy yo quien presiona esas teclas de nieve, sino todo el peso de mi corazón, cargado de plegarias hacia el tuyo. Sé que me daré cuenta de que vivo en un sí sostenido constante, porque me da miedo bajarme de estas nubes. Sé que escucharé, una y otra vez, las mismas frases en mi cabeza, acompañadas de esas imágenes que mis ojos lograron captar sin siquiera abrirse.

Sé que tocaré una y otra vez la misma canción, con el corazón a modo de colgante, porque a cada pedazo de tiempo que bautice con tu recuerdo la vida me hará partícipe de tu olvido, y serán mis manos las que acaben por desafinarse mientras el piano aprende a tocarme, y será entonces, únicamente cuando forme parte del arte que florece del regadío temporal de esas mismas flores marchitadas que se resisten a ser polvo, cuando pueda sentir tu boca sanando mi mejilla, y tu mano haciéndome saber que escuchó cada rezo echándola de menos, arropándome la pierna, tejiendo pieles de reencuentro, temblando al ritmo del llanto de nuestros corazones, que a pesar de todo, conocen perfectamente la canción que sigue sonando, entre el tiempo y el espacio, y a través del hueco que queda entre mis párpados, que huyen del reflejo que me hace ser yo, lejos de ti.

No hay comentarios:

Publicar un comentario