21.6.17

Siete rosas azules

Se cierran las puertas del metro y con ellas se firma el destino de que ocurras en mi vida. Me tiemblan las manos y muevo los dedos juntando cada yema con su opuesta, de izquierda a derecha.
Es una tarde, entre semana, del año 2014, es un mes caluroso pero no demasiado, Madrid.
Me desnudo, me miro al espejo y observo lo que me gusta y lo que no me gusta, las drogas me han hecho adelgazar, me gusta. Me  ducho mientras pienso en posibles conversaciones, en posibles situaciones, mi mente no cesa de imaginarse infinitas posibilidades, pienso en gustarte. Salgo de la ducha, me froto rápidamente el cuerpo con la toalla, vuelvo a observar lo que me gusta y lo que no me gusta, definitivamente estoy muy delgado. Salgo de la ducha, escojo la ropa perfecta, me visto, me seco el pelo, me echo desodorante, me echo colonia, me pongo mi pulsera, mi collar. Casi lo tengo todo, calzones limpios, ropa, y fachada extravagante. Me dispongo a peinarme, cojo un jersey de lana lo froto fuertemente con movimientos circulares por mi cabeza, la electricidad estática hace que el pelo adopte una forma voluminosa, cojo el bote de laca, lo manipulo hasta que queda a la perfección, lo fijo, que no se mueva nada, todo controlado.
Cojo mi mochila de pana verde y meto una botella de agua, tabaco y porros.
Me pongo las Converses de siempre, llenas de agujeros pero adaptadas a mi pie, de un par de tallas más. Me lio un cigarro, compruebo que llevo todo, salgo y cierro la puerta.
Camino hasta el metro y mientras tanto me coloco los cascos, suenan Los Ronaldos, fumo, y llego.
Nuevos Ministerios, línea 10, el próximo tren llegará en 7 minutos. Genial.
El tren va a efectuar su entrada en la estación.
Pulso el botón, se enciende, se abren las puertas, miro a izquierda y derecha, consigo sentarme.
Se cierran las puertas del metro y con ellas se firma el destino de que ocurras en mi vida. Me tiemblan las manos y muevo los dedos juntando cada yema con su opuesta, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda.
Pasa una parada después de otra y a cada cierre de puertas se cierra todavía más mi pecho.
Plaza de España, me levanto del asiento, pulso el botón de la puerta, se abre, se cierra a mis espaldas, y ya no hay marcha atrás. Salgo del metro, te envío un “ya estoy aquí” y a los pocos segundos te veo aparecer de la nada justo dentro de mi mirada.
Lo primero que siento es miedo al darme cuenta de que realmente me gustas, al darme cuenta de que me iba a costar mucho olvidarte, de alguna forma siento como si perdiese todos los frenos de golpe y me digo, ya que voy a estrellarme que sea lo más fuerte posible.
No te mentiré, me fijo en tu físico, las ansias patriarcales de mi interior analizan tu figura en busca de la aprobación en mi cabeza, en las fotos parecías diferentes, sin embargo, me gustas.
Caminamos, y nos sentamos en una colina con césped, delante de nosotros ciudad y a las espaldas la misma mierda.
Hablamos, de ti y de mí, me pongo nervioso y acostumbro a calmarme como siempre. Me hago un porro y tú otro, nos los intercambiamos. Suspiramos más que hablar, noto como si estuviese en casa, solo tengo ganas de contemplar el paso del tiempo. Intercambiamos pequeños cometarios sobre la vida, nos reímos, nos sentimos bien.
Decido jugar un poco y te pregunto con la boca pequeña si tienes cosquillas, me dices que no. Te miro, me río, y al comprobarlo me doy cuenta de que mientes incluso mejor que yo. Decido vengarme haciéndote reír y tú contraatacas con mi misma medicina. Justo en ese instante, el mundo deja de existir alrededor de nosotros, el tiempo se para, las personas se quedan inmóviles, los pájaros dejan de cantar, los coches ya no hacen ruido. En mi mente, para siempre, el sonido de tu risa, el dibujo en tu carita entre el trazo de tus hoyuelos, y un instante en el que el grano de arena consigue parar todo el torrente de tiempo sobre sí mismo.
Como dos bebés, como en lo más tierno de la infancia, pasamos de las cosquillas a pequeños empujones con la cabeza, como los cisnes al quererse, y en este momento joder, te juro que siento la magia en mis venas. Sin saber por qué, siento que mi cuerpo es movido por tu mente y que de alguna forma me siento rozando el cielo, justo al juntarse nuestras frentes, y quedar mirada con mirada, justo al conectar de esta forma, siento  tanto que ni siquiera yo puedo explicarlo, pero estoy seguro de que tú puedes entenderme. Justo en este instante, en el que te miro, y tú me miras, justo en este momento simplemente me convierto en un ser tan ligero como el aire y a la vez tan lleno de amor que no existe metáfora para describirlo. Después de que se parase el mundo por un segundo, pasamos de querernos con la mirada a dejarnos llevar con un beso que nunca voy a poder olvidar. Nunca olvidaré como en tan poco tiempo se puede llegar a ser tan feliz, nunca olvidaré la fuerza extraña que me hace sentir que te conozco de toda la vida, que por fin te he encontrado, que por fin estoy en casa.
Suena de locos, ¿pero acaso la vida no es una locura?, acaso existe alguien que pueda arrebatarme lo que siento, lo que vivo. Las cosas más importantes en esta existencia, carecen de explicación. Por eso te doy las gracias, porque en el momento en el que siento tus labios me doy cuenta de que eres algo interminable, y a la vez, sé con certeza a la altura a la que estoy volando, sin pensar demasiado en los riesgos, ni en la caída.

No recuerdo el momento en el que el beso decidió terminar, pues no fue yo quien te besé sino la propia vida a través de mi cicatrizada existencia. A partir de ahí, todo se vuelve un poco más borroso y difuminado, como si alguien hubiese mojado las letras de tinta que de alguna forma van marcando nuestra historia.
Pasa el tiempo, y yo paso con él,  en mi interior habitan carencias que ni siquiera alcanzo a ver, en mi cabeza se tejen imaginaciones sobre lo que tú eres para mí y lo que yo podría llegar a ser contigo, intercambiamos tiempo, hacemos el trabajo sucio de conocernos después del gran comienzo, de alguna forma siento que vivo marcha atrás.

Me adviertes, de una forma sutil y sincera, de que sientes que eres mala persona, y yo decido ignorarlo pensando en que alguien que me puede hacer sentir tales cosas jamás podría llegar a ser malvado. Pienso que puedo cambiarte, pienso que soy capaz de hacer cualquier cosa con tal de estar contigo, pienso demasiado y a la vez ignoro mis propios pensamientos.
Sin darme cuenta, nos encontramos ante dos puntos del mismo mapa, en el que yo lo doy todo por navegar y tú tienes miedo de izar las velas. Creo que confundo querer con poseer, pues no me paro a pensar en tus necesidades, me absorbe mi obsesión por creer que somos almas gemelas. Tú eres lista, tú ya has pasado por esto. A veces voy dándome cuenta de que me utilizas y de que soy incapaz de hacerme valer, yo lo doy todo, tú coges sólo lo que te interesa. Poco a poco nos metemos en una espiral de control que nos asfixia a cada paso.
Tú estás mal, yo estoy mal, me dices que tienes miedo a querer, te digo que yo nunca te voy a fallar, que siempre estaré contigo, y realmente lo siento así. Intento convencerte, me desgasto, te alejas, vuelves cuando ves que me canso para darme una nueva falsa esperanza, cada vez entiendo menos lo que ocurre, pero cada vez es más y más adictivo. Te quiero, pero no estoy seguro de que si quiero que seas libre o si en realidad me desvivo porque tengo miedo de estar solo, quizás solo busque controlarte, quizás tú solo busques que haya alguien que desee controlarte para sentirte deseada. De alguna forma, encajamos a la perfección, yo busco amar imposibles y tú buscas que te amen hasta que no puedan más, y en eso yo soy un experto.
Un día, al principio, recuerdo que me dijiste que te encantaba discutir, que te encantaba forzar discusiones para forzar un reencuentro especial, una parte de mí sintió que era peligroso, pero decidí seguir adelante, creo que se podría considerar un suicidio emocional. Y así fue ocurriendo, me manipulas, y yo me trago el anzuelo hasta el fondo. Me haces sentir tanta rabia que hay veces que exploto por dentro y me rompo en mil pedazos, pero después haces tu magia y con dos palabras me devuelves a la vida, con un beso me haces el niño más feliz del mundo, y al cogerme de la mano vuelvo a colgarme de ti. Dependo de ti.
Lo que un día empezó siendo perfecto poco a poco se convierte en una ruleta rusa de celos, control, envidia e inseguridades, pero aunque me dispares sigo en pie. Pasan los meses, y la situación cada vez es más inestable, y a la vez más intensa. Yo me refugio en las drogas, en las canciones que me enseñaste y en una adicción a intentar salvar algo que ni siquiera se puede cuidar. Me he vuelto adicto al dolor que me provocas, y cada que vez que me emborracho hasta vomitar o fumo hasta perder el sentido me acuerdo de ti, al tomar la siguiente dosis, porque me provoca el mismo efecto que tu forma de querer. Voy siendo consciente de que nuestra magia no es más que crear dolor para después curarlo, porque en el fondo estamos ansiosos de emociones que ni tú ni yo podemos controlar.
Llego a tal punto de desesperación en el que la única forma que se me ocurre para conseguir más dosis de tu droga es mentir, atacar tu lado emocional de la mejor forma que sé, autodestruyéndome. Intento anularte con tus propias armas y recurro al chantaje emocional, me invento mi suicidio, me adentro un mundo oscuro y deprimente del que sé que me voy a arrepentir, actúo de forma desesperada y no pienso ni en el bien, ni en el mal, ni en las consecuencias, de mi inseguridad brota el odio y el rencor y solo quiero hacer que te sientas como yo me siento. Aun así, no consigo lo que quiero, sigues sin darme una oportunidad, una oportunidad que no me merezco, sigo sin conseguir tu atención, pero en el fondo no me doy cuenta de que lo que busco es que me quieras como yo te quiero a ti, no me doy cuenta de que eso no es amor sino control, un control tóxico cuya necesidad me está matando poco a poco.  Recurro al lsd al relacionarme de nuevo con personas por puro miedo a estar solo, mi cabeza se rompe, ya no soportaba más presión, pero me quedan fuerzas para darte pena, realmente pienso que he perdido la cabeza y me invento que me han diagnosticado esquizofrenia para lograr que algo dentro de ti se conmueva y me cuides. No surge efecto y lo único que consigo es una nueva dosis de nuestro veneno particular.
Después de un tiempo decido alejarme y refugiarme en otras personas, las utilizo para olvidarte, aunque en el fondo sigo obsesionado contigo. Para mi sorpresa, después de publicar tu número en las redes sociales denigrándote y después de que tus amigos me amenazen con pegarme me cuentan que cuando dejé de prestarte atención fue cuando realmente lo pasaste mal. Invertí tantos esfuerzos en llamar tu atención de las formas más rastreras y vergonzosas que no me di cuenta de que en realidad ambos buscábamos lo mismo: sentirnos queridos.
Me doy cuenta de que lo peor que puedo hacer es darte lo que quieres porque no te lo mereces, me doy cuenta de que yo no tengo por qué pasar por algo así, de que todo carece de sentido lógico y sin embargo está perfectamente conectado.
Al volver de vacaciones, después de estar un tiempo sin hablar, quedamos para volvernos a ver, y esta vez todo es diferente, me dices que lo sientes, yo tengo tantas cosas que decir que ni siquiera abro la boca. Me dices que la vida te lo ha devuelto pasándolo mal con otra persona, en el fondo me alegro, aunque sigo teniendo la esperanza de que sientas algo por mí. Nos despedimos con un abrazo, pero en mi pecho tú sigues viva y soy incapaz de olvidarte.

Cuatro años después sigo recordándote, de una manera muy diferente y muy similar a la vez, al acordarme de todo aquello puedo sentirlo de nuevo y eso me provoca remordimiento.       Me gustaría poder decir que he superado nuestra historia, pero no es cierto. Soy consciente de que nuestra relación fue tremendamente tóxica, sin embargo no puedo encontrar un culpable. Cometimos muchos errores. Mi actitud fue tremendamente posesiva macada por el machismo y la necesidad de control que habitaba dentro de mí y que durante estos años he ido gestionando poco a poco. Me avergüenzo de mis mentiras, de fingir mi muerte, de fingir enfermedades con el fin de hacerte sentir culpable, pero puedo decir que siento compasión conmigo mismo y que entiendo por qué lo hice, mi intención era desesperada. Hice cosas que no estaban bien, pero no volvería atrás porque realmente he aprendido mucho sobre mí mismo y sobre cómo relacionarme de forma sana con las personas después de toda aquella experiencia. No te guardo rencor, pues sé que muchas de tus actitudes surgían del dolor que te provocaron en su día, sé que tu intención no era malvada sino que aquella era la manera en la que habías aprendido a defenderte de manera inconsciente. Sé que nos hicimos daño porque en el fondo cargábamos con tanto dolor que ni siquiera sabíamos que hacer con él y los dos teníamos miedo. Quiero pedirte perdón por haber intentado controlarte de forma inconsciente, por hacerte daño y por no haberme ido cuando tuve que hacerlo, me parece increíble como un sentimiento tan profundo hacia alguien puede llegar convertirse en unos actos tan tóxicos, pero ninguno de los dos sabíamos querer.
Creo que lo más importante que puedo sacar de todo esto es que te puedo perdonar, y te perdono, y me perdono. Considero que lo esencial es aprender y yo quiero aprender a amar a la gente para que cada persona con la que me cruce se sienta libre de vivir. Eso, lo aprendí de ti. En el fondo creo que tenías un miedo atroz a no ser libre y por desgracia yo por entonces creía que el amor era atar a una persona en vez de acompañarla por el camino.
A día de hoy sigo sintiendo celos, sigo siendo inseguro, sigo tendiendo a controlar lo externo, pero algo muy grande ha cambiado dentro de mí, y es que soy consciente de que todas esas emociones se pueden llegar a gestionar a través de la confianza, la comunicación y el diálogo interno.
Puede que al comenzar a leer esto os pensarais que sería una bonita historia de amor con un final doloroso pero bohemio, y lo cierto es que así lo viví yo, pero la realidad es que ninguna relación, del tipo que sea, podrá ser perfecta, pues no existe la manera perfecta de relacionarse, pues cada persona tiene carencias y eso no es malo, lo malo es reprimirlas, lo cierto es que nos educan a través del amor romántico dándonos una idea utópica de las relaciones, normalizando los celos y romantizando actitudes dañinas para ambas personas, a la vez que se extiende como objetivo primordial de una relación el llenar el vació de las personas, cosa que es sencillamente imposible.
Os puedo asegurar que sentí cosas increíblemente maravillosas, pero también os puedo asegurar que no era necesario tanto sufrimiento.
Querer a una persona es indescriptible, no existe un manual de instrucciones, pero siento que todo se basa en la intención que tengamos y en cómo la materialicemos. Todos aprendemos tarde o temprano a amar a la gente de forma constructiva, aunque a veces duela y aunque a veces hagamos daño. Es casi tan difícil saber cuándo uno tiene que quedarse como saber cuándo es necesario marcharse. He querido compartir esta historia, resumiéndola bastante, porque pienso que no debemos avergonzarnos de nuestro pasado, sino mirar hacia atrás y aprender de los errores desde el cariño hacia nosotros mismos. He querido compartir esta historia porque pienso que realmente es necesario que nos cuestionemos de vez en cuando nuestra forma de tratar a los demás y de tratarnos a nosotros mismos.

He querido compartir esta historia apartando el miedo que me da hacerlo y la vergüenza que me produce recordar ciertas cosas, pero quien sabe, puede que le pueda llegar a servir a alguien. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario