Siento puñaladas en mis pensamientos,
enormes puntapiés de recuerdos,
bostezos del diablo en la nuca,
el filo del cuchillo del destino
rozándome la garganta.
Siento gravedades que no existen
y fuerzas inventadas,
puedo notar el sufrimiento del frío
en mis extremidades,
la sensación de estar perdido
de no pertenecer a nada, ni a nadie.
Quien afirme una locura benevolente
que se prepare a vivirla en sus propias carnes,
quien se atreva a reprocharme tiempo ahogado,
que tenga el valor de reanimarne.
Ya no me quedan
deseos ni lamentos,
sólo un vacío casi tan lleno
como muerto guardo el tiempo.
Como las horas al reloj torturan
los días a mi cabeza explotan,
martirizan, sucumben
tiritan,
hasta lo más simple del mundo
crea una suave descarga eléctrica.
Un simple impulso que aniquila
todos los brotes verdes,
una tímida mecha,
que acaba por prender
hasta el último pedazo de verdad.
Como en un circo,
soy todos los personajes
desde el león rugiendo de espanto,
hasta la mujer que llora despacio,
pasando por el aro
siendo el elefante
la llama
o el acróbata,
cumpliendo mi función en esta obra
del hombre que nunca supo actuar.
Pero como todas interpretaciones,
acaban por acabar,
y con ellas termina el destino
el frío y largo temporal,
y con ellas empieza otro destino
más puñaladas, y más precipicios.
Sin embargo,
como actor responsable del final,
te corresponde un minuto de silencio
por todos los aplausos arrancados,
y por todos los latidos detenidos
Y sin deuda,
desapareces sin dejar más rastro,
que las propias gotas amarillas
del disfráz desgastado y colorado
apropiado para ser un actor más.
Pero sin quererlo
un disfráz también cumple su función,
y puede que como buen protagonista
cierre la obra al terminar.
Desvelando las verdades ocultas,
las cicatrices y las heridas sin curar,
la identidad de un ser aletargado,
sin sonrisa, y sin maldad.
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