18.3.16

La obra

Siento puñaladas en mis pensamientos,

enormes puntapiés de recuerdos,

bostezos del diablo en la nuca,

el filo del cuchillo del destino

rozándome la garganta. 

Siento gravedades que no existen

y fuerzas inventadas,

puedo notar el sufrimiento del frío 

en mis extremidades,

la sensación de estar perdido

de no pertenecer a nada, ni a nadie.

Quien afirme una locura benevolente

que se prepare a vivirla en sus propias carnes,

quien se atreva a reprocharme tiempo ahogado,

que tenga el valor de reanimarne.

Ya no me quedan

deseos ni lamentos,

sólo un vacío casi tan lleno

como muerto guardo el tiempo.

Como las horas al reloj torturan

los días a mi cabeza explotan,

martirizan, sucumben

tiritan,

hasta lo más simple del mundo

crea una suave descarga eléctrica.

Un simple impulso que aniquila

todos los brotes verdes,

una tímida mecha,

que acaba por prender

hasta el último pedazo de verdad.

Como en un circo,

soy todos los personajes

desde el león rugiendo de espanto,

hasta la mujer que llora despacio,

pasando por el aro

siendo el elefante

la llama

o el acróbata,

cumpliendo mi función en esta obra

del hombre que nunca supo actuar.

Pero como todas interpretaciones,

acaban por acabar,

y con ellas termina el destino

el frío y largo temporal,

y con ellas empieza otro destino

más puñaladas, y más precipicios.

Sin embargo,

como actor responsable del final,

te corresponde un minuto de silencio

por todos los aplausos arrancados,

y por todos los latidos detenidos

Y sin deuda,

desapareces sin dejar más rastro,

que las propias gotas amarillas

del disfráz desgastado y colorado

apropiado para ser un actor más.

Pero sin quererlo

un disfráz también cumple su función,

y puede que como buen protagonista

cierre la obra al terminar.

Desvelando las verdades ocultas,

las cicatrices y las heridas sin curar,

la identidad de un ser aletargado,

sin sonrisa, y sin maldad.


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