Por la noche todo carece de matices superficiales.
Los juicios más importantes, las muertes más dolorosas y las
decisiones menos sencillas se realizan al caer el sol delante de nuestros ojos.
Sin embargo las mayores equivocaciones fluyen desde dentro
del río hacia afuera, en cuanto cerramos los ojos.
Los ojos, son las armas más fáciles de adquirir en todo el
mundo, las más letales y a la vez las menos sospechosas. Es imposible detectar
cuál de todas aquellas miradas se convirtió en el cuchillo que atravesó el
corazón de este amaneciente
convirtiéndole en una colilla arrojada, simplemente arrojada.
Ni con desprecio, ni con pena dedicada a su prematura
combustión. Tan sólo desperdigada en millones de pecados acompañados por un
pellizco de dedos y un leve movimiento de muñeca. Una vez más los ojos son las
armas que disparan el objetivo hacia la acera, juzgan si ha llegado a su
objetivo, si se ha quedado demasiado cerca, o por el contrario si el lanzamiento
ha sido nulo y toca rematarlo con la suela del zapato.
La contradicción de ese maltrato tan jodidamente bien visto,
e incluso poético y puede que hasta lógico, es que, joder, al fin de al cabo largas lejos de ti
lo que te está matando.
Pero no veo a ningún fumador amputarse las manos. Ni coserse
la boca.
Será que somos crueles hasta para destrozarnos los pulmones.
Hasta para matarnos. Pues no es el cigarro quien nos resta vida, sino nuestras
propias manos, nuestros sollozos pálidos convertidos en humo, nuestra maldita
costumbre de creernos superiores a la propia noche.
Ni la propulsión de los dedos, ni el movimiento de muñeca,
ni el seguimiento exhaustivo de tus ojos sobre la víctima te convierte en un
adicto, sino simplemente en un asesino.
Coges aquello que deseas que te mate, lo consumes, y lo
arrojas a la ciudad como si se tratase de un simple accidente, de algo
irremediable, sin consecuencias, sin respuestas.
Si cambiamos el tabaco por las personas, este texto
cambiaría para mucha gente. Pero para mí no.
Veo tantos cigarrillos muertos a lo largo de mi jornada en
el juzgado que me siento cómplice de tal masacre. Veo demasiadas personas que se creen que por
ponerse unas esposas de humo, el humo va a permitir que se muevan con total
libertad. Pero no es así.
El principal efecto del humo es nublarte la vista, hasta el
punto en el que no solo no puedas ver sino que además desees quedarte ciego, o
lo que viene a ser lo mismo, vivir siempre despierto.
En fin, trabajar rodeado de gordos con trajes de negro y
manos sudorosas me va a acabar llevando a la locura. Lo único que puede hacer
un funcionario como yo entre juicio y juicio es fumar, escribir, lamentarse de
lo que ha fumado y de lo que ha escrito.
Pero sí, ahora que he echado mierda sobre todo lo que mi
desquiciada mente procesa os sorprenderá que soy fumador desde los 14 años, que
tiro las colillas al suelo con una apatía inmensa y que sobre todas las cosas
de esta vida, soy incapaz de vivir de noche.
Todas estas palabras malolientes nacen del profundo
desprecio que he sentido hacia el último acusado al cual me ha tocado copiar
cada palabra que decía en esta estúpida máquina de escribir.
Me encantaría describiros cómo era físicamente, pero este
trabajo de mierda no te da respiro ni para levantar la cabeza del teclado. Lo
único que sé de aquel ser son sus cargos, las pocas ideas que ha dejado relucir
y su nombre: Orfeo.
Sinceramente no sé ni si es hombre, mujer o colilla. Ni
siquiera por su voz sabría distinguir su sexo. Cada vez que conjugaba un verbo
o componía una frase, la sensación que llegaba a mis oídos era la de un arpa
digna de escuchar, sentir y copiar. Seguramente penséis que soy estúpido por no
saber discernir su género a través de su nombre, pero mi único trabajo en esta
vida es copiar todo aquello que se me manda copiar, y de vez en cuando fumar,
escribir, quejarme de lo que he fumado y quejarme de lo que he escrito.
Así pues, continúo describiendo mi tremendo malestar
producido por este ser.
Estaba acusado de abrir la caja de Pandora y condenar a
todos los seres humanos dignos como yo, a escribir poesía. ¡Poesía!, eso es
casi peor que fumar. ¿Para qué diablos queremos los seres humanos la poesía?
¿No nos basta con juicios, tabaco, y esposas? Habría que
estar loco para tomarse algo de lo que sucede fuera de aquí en serio. Pero por
Dios, ¡si la vida ya la controlamos!
¡SI JUZGAR ES NUESTRA VIDA, Y VIVIR ES JUZGAR!
Se me pusieron todos los pelos de punta al escuchar aquella
palabra, poesía. No la necesitamos, nos basta con seguir mirando las teclas
subir y bajar. Me atrevería a decir que la sentencia del juez será
enaltecimiento del terrorismo contra la realidad y las fuerzas del orden y la
normalidad.
El segundo cargo por el que estaba ahí sentado era la
nocturnidad, el jurado citó el artículo 37 de la Ley de Horarios Libres del
Patriarcado Nacional, el que resonaba lo siguiente: “la Real Academia Española
del Gobierno Estatal determina la prohibición de ejercer algún tipo de
actividad que no sea dormir a partir del ocaso Solar.”
La reacción del acusado o acusada, ninguno de los que
estábamos allí sabíamos cómo dirigirnos a ¿eso?, fue simplemente esbozar una
sonrisa, abrir la boca levemente y hacer un amago de habla mientras contenía
una carcajada. Dos segundos más tarde se decidió a hablar, y aquel fue el
momento preciso en el que entré en cólera dentro de mí y acabé por romper la
tecla de borrado de mi máquina, por suerte no se usa salvo ocasiones
excepcionales, ya saben ustedes que los humanos y toda nuestra vida está
construida de una forma perfecta y no admite equivocaciones.
Bueno, como iba copiando, ese ser habló:
Decirle, señoría, que me resulta demasiado irónico estar
aquí sentado mientras tantos dementes copian las estupideces que estos abogados
escupen, defendiendo únicamente el dinero de sus bolsillos. Que me parece
tremendamente gracioso encontrarme en un juicio siendo el único ser consciente
de la imposibilidad de juzgar. Que me produce arcadas el olor a cigarrillos de
avaricia, que me retuerce el corazón la idea de dejar de ser un alma libre y
abandonar a la luna una vez que mi fiel amigo sol se vaya a descansar. Que yo
no abrí la caja de Pandora, sino que ustedes, sucias colillas, fueron quienes
la inventaron, precisamente para encerrar todo aquello que pudiese liberar a
las personas de la pesada carga de mirar siempre a un teclado. Que yo no soy
quien ha manipulado la existencia en esta vida para crear un molde de
destrucción y egocentrismo azotado por el miedo a experimentar. Siento decirle
querido juez que aunque me encierre en una celda jamás será capaz de ponerme
unas esposas de humo como las que todos ustedes llevan orgullosamente. Yo fumo,
pero fumo de una forma en la que el humo se siente abrigado por mis pulmones.
Esa es la diferencia entre un delito y un acto de verdadera conciencia
antisistema, el delito se reduce a destruir todo aquello que está prohibido por
la ley, mientras que una revolución nace de regar una planta con las lágrimas
producidas por escribir hasta que te sangren los dedos, sin miedo a faltas de ortografía, ni de las
tildes y ni mucho menos de los puntos. Yo, señores, yo soy Orfeo, y como yo hay
millones de almas dentro de cada uno de ustedes. Ustedes no lo saben, pero
somos tan similares que ni siquiera los espejos son capaces de encontrarnos
estereotipos o complejos.
Así que, adelante, condéneme, lo único que hice, y que
volvería a hacer aunque me cortasen las manos o me cosieran la boca, es vivir,
y encontrar poesía en todo aquello que veían mis ojos. Y es por eso que dicen
que los ojos son el arma más letal del mundo humano, porque te permiten no solo
ver a los demás, sino también cambiar la percepción de las cosas que estás
viendo. Y cuando digo ojos digo pinceles, caderas, papeles, lápices,
cicatrices, besos de carmín, aromas a libertad o simplemente, el esbozo de una
sonrisa.
Yo, soy Orfeo, me declaro fumador y fumadora. Me declaro
libre y no por eso menos culpable que cualquier otro. Me declaro inocente de
todo aquello que tenga que ver con las malas intenciones o la maldad. Me
declaro poesía, verso y estrofa, me declaro sinalefa, metáfora.
Me declaro persona señoría, algo que hoy en día está penado
con la muerte.
El juez tardó algunos minutos en reconstruir sus
pensamientos, sin duda alguna se trataba de una amenaza latente para esta
nuestra nación. La soberanía nacional no se podía ver afectada por tales ideas
radicales, dignas de cualquier terrorismo enfocado a destruir nuestro preciado
estado de bienestar.
Sin embargo, algo en sus labios me hizo tener miedo. Creo
que por un segundo dejé de mirar hacia el teclado y me equivoqué al escribir
una palabre, fue algo que me traumatizó, ¿Cómo es posible que con unas simples
palabras, ese ser haya sido capaz de crear un error en todo este mundo
perfecto? Era algo completamente incomprensible, era imposible. Sin ni siquiera
quererlo, había conseguido romperme en mil pedazos y a la vez eliminarme la
posibilidad de eliminar mis fallos como si nada. Por primera vez en muchos
años, noté el peso de la responsabilidad, noté lo mucho que quema sentirte
encerrado, sentir lo que significa creer que estás haciendo todo aquello que
crees que está bien, equivocarte, y no poder rectificar.
En algún punto de mí, algo empezó a sangrar. Pero eso no
hizo más que agravar mi enfado, mi cólera.
Esa cosa podía fumar y no tenía esposas, no tenía miedos, no
estaba atada a una silla con ruedas ni tenía que copiar durante 12 horas al
día. Y aunque fuese culpable, aunque fuese encerrada aseguraba con tal
parsimonia que seguiría siendo libre que sinceramente, por poco me cago encima.
El juicio acabó, pero el juez pospuso el veredicto para dos
meses después, objetando que necesitaba tiempo para meditar, y no me extraña, y
tampoco me extrañaría que utilizase esa palabra como sinónimo de negociar.
Orfeo, abandonaba la sala de una manera relajada e
impasible, parecía que no estaba aquí, que tan sólo se trataba de un cuerpo y
unos grilletes, realmente me pareció libre. Sin darme cuenta me encendí un
cigarro, lo besé y apagué sus ascuas en el único cenicero que había en toda la
sala, ya que la costumbre y tradición era despreciar aquello que nos hacía
doler de forma completamente voluntaria, el suelo tenía tacto de moqueta, pero
tan sólo eran cadáveres.
Orfeo pasaría los dos meses siguientes en una celda de
aislamiento.
Yo salí de trabajar una hora antes del ocaso, me dirigí a mi
casa, pero cuando quise entrar no pude. Sencillamente no pude. Me quedé allí
sentado, viendo al Sol morir una noche más, duele decir que era la primera vez
que veía anochecer. Mi cabeza dejó de pensar en las copias, en lo que había
fumado o en lo que había escrito, y mi cuerpo pasó a ser un templo sagrado.
Creo que Orfeo lo había conseguido, de alguna manera que no alcanzo a
vislumbrar me había liberado, simplemente con su intención. Con su pasión.
Tenía razón, realmente la caja de Pandora siempre estuvo abierta, pero lo que
realmente daba miedo era meter la cabeza dentro y descubrir la esencia de la
poesía.
Fue la primera noche en la que no dormí, y hoy, a la mañana
siguiente, he acabado de comprender que la mejor forma de amanecer es después
de haber soñado despierto.
Como dijo mi enfado, por la noche todo carece de matices
superficiales. Los juicios más importantes, las muertes más dolorosas y las
decisiones menos sencillas se realizan al caer el sol delante de nuestros ojos.
Sin embargo las mayores equivocaciones y aciertos fluyen desde dentro del río
hacia afuera, en cuanto cerramos los ojos.
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