6.1.16

La cerradura



La una y treinta y nueve de la madrugada.
Eric vuelve a casa después de un oscuro y vacío día de mendicidad empañada y disfrazada de vida. Sus ojos lamentan terriblemente cada paso que da, sus piernas amenazan de una forma casi vertiginosa, amenazan con dejar de dar sentidos imaginarios a los pies que sujetan toda aquella catedral de pecados. Cada dedo cuenta un chiste diferente a medida que las uñas van mordisqueando los calcetines, comprados hace dos utopías en el útero de su madre. 
Paisaje natural y esperanzador, el escenario perfecto para una muerte prematura. Cigarros a destiempo, ambidiestros, una inmensa manada de problemas inventados recorren su nuca en un abrir y cerrar de ojos. Pierde la cuenta de los pasos, pero aún así sabe perfectamente cuantos faltan para entrar. 
Con abrigo antiguo y manos aún más desgastadas ensancha las pestañas a la hora de llorar, mientras de una forma totalmente miedosa acomoda en su cabeza un sombrero de color no llamativo, apodado negro. Aquel aroma que venía desprendido por el abrigo de estilo sombra era realmente parecido a una ola en mitad de un tifón. 
Como una enorme capa se mecía sobre los hombros de nuestro protagonista, y como una fiel esposa, sus botas acompañaban el hermoso baile de las venas marcadas en sus muñecas.
Tan perdido como dueño de sus propias prisas, Eric llegó a la imagen que su vista creía como real, tras unos pasos vagos y fríos se dispuso a encender el botón del semáforo: espere verde.
Y Eric esperó, aquel camino nunca se le hacía familiar, a pesar de ser todo un experto en contar baldosines. Se veía tremendamente condicionado por el mar, y era una situación tan simple como mirar al agua y ver algo diferente cada mañana, tarde y noche. Como es de esperar, el camino de vuelta acabó por terminar y empezó otro después de aquel cruce. Otro mundo, ya no había mar.
Dejó atrás las cebras aplastadas en el asfalto y aún más lejos su huella dactilar impregnada en el botón. Hacía tanto frío que al pulsarlo tuvo la sensación de haber tapado el aliento de un ser realmente fetichista de hielos, pero eso es otra historia.
Se acerca el momento, Eric, y apostaría mi inconsciencia a que eres plenamente consciente de ello. Fueron casi tres años relativos los que separaban el cruce de la cerradura, sin embargo el tiempo no tiene una dirección fija de circulación. Del mismo modo en que se hizo eterno el desplazamiento hasta la puerta, la llave provocó una nueva apertura en una medida de tiempo tan pequeña como inexistente.
Una vez más, el camino del cruce a la puerta acabó por desaparecer, y empezó otro después de aquella cerradura. Sin cebras aplastadas, sin huellas, sin fetichistas.
Eric nació de nuevo dentro del portal, su abrigo ya no desprendía aquel hermoso olor, sus venas ya no se marcaban en las frágiles muñecas, sus botas no acompañaban ningún baile, sus hombros ya no sostenían aquella capa de superhéroe sin máscara ni identidad. En definitiva, Eric despertó por no seguir despierto.
Abrió los párpados en la habitación en la que de pequeño guardaba su bicicleta, su mejor amiga, con la que todos los viajes no necesitaban ninguna medida espacio-temporal. ¿Os podéis creer que el hecho de ir subido en dos ruedas y un amasijo de hierro hicieran sentir a Eric el niño más ligero del mundo? Yo tampoco.
En realidad aquella habitación no era más que el cuarto de luces en el que la gente aprovechaba para guardar las bicicletas y no tenerlas que subirlas a los pisos. La mayoría desaparecían, pero la de Eric se conservó intacta durante años, debe ser que la gente veía a aquel niño volando con los pies en la tierra y en los pedales y se sentían incapaces de romper ese sueño.
Me atrevería a decir que despertó en esa habitación porque era una perfecta metáfora de su interior, tan fría y sucia e incluso peligrosa, pero a la vez el sitio en el que se guardan las cosas capaces de hacer sentir algo tan puro y bello como la ausencia de gravedad.
A medida que sus ojos analizaban la situación en la que se encontraba, sus neuronas cada vez se encontraban más y más embobadas y confusas. Aquello no era razonable. De repente todo careció de detalles, Eric se situaba en frente del marco de la puerta, ya que la puerta no estaba. Fuera había luz, dentro había penumbra, pero a la izquierda del cuarto de luces existía una oscuridad terriblemente opaca. Preciosa metáfora, un cuarto de luces albergando tanta escasez de luz.
Mientras Eric miraba hacia la luz de una forma casi maternal, una extraña presencia se apoderó de la escena de aquella película muda. Una fuerza sobrehumana, no digamos sobrenatural, empujaba la mirada de Eric y toda su atención hacia la zona oscura de aquella habitación, que por cierto, tampoco tenía ventanas. Se me ocurre pensar que aquella fuerza no era más que la proyección de todos sus miedos, de su forma de vida. Una vida basada en hacerse cada vez más pequeño hasta que nadie pudiese verle, quizás hasta que cupiese sin problemas entre los huequecitos de las suelas de quien intentase pisarle. O puede que la fuerza tenebrosa no fuese más que una revelación de su futuro, o precisamente, puede que fuese algo que no tenga una definición exacta. Y eso es lo que más miedo le daba a Eric, la inexactitud.
A medida que la fuerza empujaba a Eric a la oscuridad, y le iba ganando la batalla, un enorme sentimiento de miedo de apoderó de él, un miedo que le hacía pensar en cuánto le gustaría poder volver a salir del portal, a rehacer el camino de vuelta, a pulsar el botón de aquel cruce. Pero no podía, por mucho que intentaba salir de aquella habitación odiosa, la cual años atrás era su favorita, no podía. Simplemente no podía.
Finalmente se rindió, Eric cedió ante la oscuridad pensando que realmente iba a morir, que no podría haber nada que lo salvase, que todo su viaje acababa ahí.
Pasaron una especie de minutos que nadie sabría cronometrar, pero Eric volvió a abrir los ojos, y lo que vio le produjo más miedo incluso que aquella oscuridad. Una vez más, el camino hacia aquella habitación, y hacia la oscuridad, hacia su infancia, había terminado. Y con ello empezaba un nuevo mundo, sin fuerzas, sin colores, sin habitaciones.
Eric abrió los ojos de golpe, creo que cuando uno muere abre los ojos en el otro mundo a una velocidad por encima del pensamiento. Eric experimentó una especie de vida en un pestañeo.
Cuando terminó de separar todas y cada una de sus pestañas, vio aquello que nunca pensaba poder llegar a ver, pero que en realidad ansiaba cada día en su vida de melancolías apagadas.
Eric vio a Eric, exactamente. Sus pupilas enfocaron en la persona que tenía delante, en el centro de una visión que solo llegaba a olfatear una inmensa realidad carente de algo palpable. Un mundo totalmente apartado de cualquier idea que pudiese procesar el ser humano. Y en el epicentro de aquel terremoto que no producía ningún tipo de vibración física, se encontraba él: Eric.
Sería verdaderamente complejo poder deciros quién es el Eric real y quien el proyectado, así que me limitaré a contaros su experiencia.
Una vez concienciado de que era su mismo rostro el que tenía delante, comenzó a analizar los detalles que le formaban, Piel pálida, ojeras como pozos, ojos llorosos, sangre en los labios, manos desgastadas como lijas viejas, y un pelo casi tan sucio como alocado. Eric llegó a la conclusión de que lo que estaba viendo era, irónicamente, su verdadero yo. Tras una enorme pausa melodramática, también sin ningún tipo de medida, Eric tuvo el pensamiento tan envolvente de analizar la supuesta realidad, y buscarle fallos. Encontró tantos que no quiso saber más, durante ese viaje había estado siempre completamente convencido de que aquello era totalmente real, pero, ¿es posible verse a uno mismo sin un espejo por delante, es real aquello que nos parece más real, o aquello que se ajusta más a nuestro interior?
Eric estaba tan traumatizado que directamente recurrió a su mejor amigo, el silencio. Se quedó mirando los ojos de su verdadera identidad, hasta que esta rompió la fina lámina de la tranquilidad, y habló:
-      -  No sabes cuánto te quiero.
Nada más terminar esa frase tan cruda, el verdadero Eric le propinó un golpe en la cabeza a nuestro viejo Eric. Pero no fue un golpe físico, fue una especie de ola cargada de espuma con intención de hacerle despertar. Después de este tremendo golpe auditivo que significó para Eric, sintió un enorme pinchazo debajo del corazón, y es que hacía una eternidad desde que alguien le dedicaba un te quiero. Y más aún desde que se lo dedicaba a sí mismo. Eric despertó. 
Pero esta vez despertó de verdad, resulto que todo había transcurrido en el tiempo en el que habría la cerradura del portal.Eric pensó que podría haber sido un sueño, pero Eric no creía en los sueños. 
Eric jamás volvió a ser el mismo, y terminó de abrir la puerta. Notó algo diferente, esta vez el tiempo transcurría de una manera en la que casi se podría haber manejado. 
Eric abrió la puerta, impregnando sus huellas dactilares en el cristal que separaba un lado del otro, le recordó al botón del semáforo.
Y es que hacía tanto frío que al pulsarlo tuvo la sensación de haber tapado el aliento de un ser realmente fetichista de hielos, pero eso es otra historia.


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