La una y treinta y nueve de la madrugada.
Eric vuelve a casa después de un oscuro y vacío día de
mendicidad empañada y disfrazada de vida. Sus ojos lamentan terriblemente cada
paso que da, sus piernas amenazan de una forma casi vertiginosa, amenazan con
dejar de dar sentidos imaginarios a los pies que sujetan toda aquella catedral
de pecados. Cada dedo cuenta un chiste diferente a medida que las uñas van
mordisqueando los calcetines, comprados hace dos utopías en el útero de su
madre.
Paisaje natural y esperanzador, el escenario perfecto para una muerte
prematura. Cigarros a destiempo, ambidiestros, una inmensa manada de problemas
inventados recorren su nuca en un abrir y cerrar de ojos. Pierde la cuenta de
los pasos, pero aún así sabe perfectamente cuantos faltan para entrar.
Con
abrigo antiguo y manos aún más desgastadas ensancha las pestañas a la hora de
llorar, mientras de una forma totalmente miedosa acomoda en su cabeza un
sombrero de color no llamativo, apodado negro. Aquel aroma que venía desprendido
por el abrigo de estilo sombra era realmente parecido a una ola en mitad de un
tifón.
Como una enorme capa se mecía sobre los hombros de nuestro protagonista,
y como una fiel esposa, sus botas acompañaban el hermoso baile de las venas
marcadas en sus muñecas.
Tan perdido como dueño de sus propias prisas, Eric llegó
a la imagen que su vista creía como real, tras unos pasos vagos y fríos se
dispuso a encender el botón del semáforo: espere verde.
Y Eric esperó, aquel camino nunca se le hacía familiar, a
pesar de ser todo un experto en contar baldosines. Se veía tremendamente
condicionado por el mar, y era una situación tan simple como mirar al agua y
ver algo diferente cada mañana, tarde y noche. Como es de esperar, el camino de
vuelta acabó por terminar y empezó otro después de aquel cruce. Otro mundo, ya
no había mar.
Dejó atrás las cebras aplastadas en el asfalto y aún más
lejos su huella dactilar impregnada en el botón. Hacía tanto frío que al
pulsarlo tuvo la sensación de haber tapado el aliento de un ser realmente
fetichista de hielos, pero eso es otra historia.
Se acerca el momento, Eric, y apostaría mi inconsciencia
a que eres plenamente consciente de ello. Fueron casi tres años relativos los
que separaban el cruce de la cerradura, sin embargo el tiempo no tiene una
dirección fija de circulación. Del mismo modo en que se hizo eterno el
desplazamiento hasta la puerta, la llave provocó una nueva apertura en una
medida de tiempo tan pequeña como inexistente.
Una vez más, el camino del cruce a la puerta acabó por
desaparecer, y empezó otro después de aquella cerradura. Sin cebras aplastadas,
sin huellas, sin fetichistas.
Eric nació de nuevo dentro del portal, su abrigo ya no
desprendía aquel hermoso olor, sus venas ya no se marcaban en las frágiles
muñecas, sus botas no acompañaban ningún baile, sus hombros ya no sostenían
aquella capa de superhéroe sin máscara ni identidad. En definitiva, Eric despertó
por no seguir despierto.
Abrió los párpados en la habitación en la que de pequeño
guardaba su bicicleta, su mejor amiga, con la que todos los viajes no
necesitaban ninguna medida espacio-temporal. ¿Os podéis creer que el hecho de
ir subido en dos ruedas y un amasijo de hierro hicieran sentir a Eric el niño
más ligero del mundo? Yo tampoco.
En realidad aquella habitación no era más que el cuarto
de luces en el que la gente aprovechaba para guardar las bicicletas y no
tenerlas que subirlas a los pisos. La mayoría desaparecían, pero la de Eric se
conservó intacta durante años, debe ser que la gente veía a aquel niño volando
con los pies en la tierra y en los pedales y se sentían incapaces de romper ese
sueño.
Me atrevería a decir que despertó en esa habitación
porque era una perfecta metáfora de su interior, tan fría y sucia e incluso
peligrosa, pero a la vez el sitio en el que se guardan las cosas capaces de
hacer sentir algo tan puro y bello como la ausencia de gravedad.
A medida que sus ojos analizaban la situación en la que
se encontraba, sus neuronas cada vez se encontraban más y más embobadas y
confusas. Aquello no era razonable. De repente todo careció de detalles, Eric
se situaba en frente del marco de la puerta, ya que la puerta no estaba. Fuera había
luz, dentro había penumbra, pero a la izquierda del cuarto de luces existía una
oscuridad terriblemente opaca. Preciosa metáfora, un cuarto de luces albergando
tanta escasez de luz.
Mientras Eric miraba hacia la luz de una forma casi
maternal, una extraña presencia se apoderó de la escena de aquella película
muda. Una fuerza sobrehumana, no digamos sobrenatural, empujaba la mirada de Eric
y toda su atención hacia la zona oscura de aquella habitación, que por cierto,
tampoco tenía ventanas. Se me ocurre pensar que aquella fuerza no era más que
la proyección de todos sus miedos, de su forma de vida. Una vida basada en
hacerse cada vez más pequeño hasta que nadie pudiese verle, quizás hasta que
cupiese sin problemas entre los huequecitos de las suelas de quien intentase
pisarle. O puede que la fuerza tenebrosa no fuese más que una revelación de su
futuro, o precisamente, puede que fuese algo que no tenga una definición
exacta. Y eso es lo que más miedo le daba a Eric, la inexactitud.
A medida que la fuerza empujaba a Eric a la oscuridad, y
le iba ganando la batalla, un enorme sentimiento de miedo de apoderó de él, un
miedo que le hacía pensar en cuánto le gustaría poder volver a salir del
portal, a rehacer el camino de vuelta, a pulsar el botón de aquel cruce. Pero
no podía, por mucho que intentaba salir de aquella habitación odiosa, la cual
años atrás era su favorita, no podía. Simplemente no podía.
Finalmente se rindió, Eric cedió ante la oscuridad
pensando que realmente iba a morir, que no podría haber nada que lo salvase,
que todo su viaje acababa ahí.
Pasaron una especie de minutos que nadie sabría
cronometrar, pero Eric volvió a abrir los ojos, y lo que vio le produjo más
miedo incluso que aquella oscuridad. Una vez más, el camino hacia aquella
habitación, y hacia la oscuridad, hacia su infancia, había terminado. Y con
ello empezaba un nuevo mundo, sin fuerzas, sin colores, sin habitaciones.
Eric abrió los ojos de golpe, creo que cuando uno muere
abre los ojos en el otro mundo a una velocidad por encima del pensamiento. Eric
experimentó una especie de vida en un pestañeo.
Cuando terminó de separar todas y cada una de sus
pestañas, vio aquello que nunca pensaba poder llegar a ver, pero que en
realidad ansiaba cada día en su vida de melancolías apagadas.
Eric vio a Eric, exactamente. Sus pupilas enfocaron en la
persona que tenía delante, en el centro de una visión que solo llegaba a
olfatear una inmensa realidad carente de algo palpable. Un mundo totalmente
apartado de cualquier idea que pudiese procesar el ser humano. Y en el
epicentro de aquel terremoto que no producía ningún tipo de vibración física,
se encontraba él: Eric.
Sería verdaderamente complejo poder deciros quién es el Eric
real y quien el proyectado, así que me limitaré a contaros su experiencia.
Una vez concienciado de que era su mismo rostro el que
tenía delante, comenzó a analizar los detalles que le formaban, Piel pálida,
ojeras como pozos, ojos llorosos, sangre en los labios, manos desgastadas como
lijas viejas, y un pelo casi tan sucio como alocado. Eric llegó a la conclusión
de que lo que estaba viendo era, irónicamente, su verdadero yo. Tras una enorme
pausa melodramática, también sin ningún tipo de medida, Eric tuvo el
pensamiento tan envolvente de analizar la supuesta realidad, y buscarle fallos.
Encontró tantos que no quiso saber más, durante ese viaje había estado siempre
completamente convencido de que aquello era totalmente real, pero, ¿es posible
verse a uno mismo sin un espejo por delante, es real aquello que nos parece más
real, o aquello que se ajusta más a nuestro interior?
Eric estaba tan traumatizado que directamente recurrió a
su mejor amigo, el silencio. Se quedó mirando los ojos de su verdadera
identidad, hasta que esta rompió la fina lámina de la tranquilidad, y habló:
- - No
sabes cuánto te quiero.
Nada más terminar esa frase
tan cruda, el verdadero Eric le propinó un golpe en la cabeza a nuestro viejo
Eric. Pero no fue un golpe físico, fue una especie de ola cargada de espuma con
intención de hacerle despertar. Después de este tremendo golpe auditivo que
significó para Eric, sintió un enorme pinchazo debajo del corazón, y es que
hacía una eternidad desde que alguien le dedicaba un te quiero. Y más aún desde
que se lo dedicaba a sí mismo. Eric despertó. Pero esta vez despertó de verdad, resulto que todo había transcurrido en el tiempo en el que habría la cerradura del portal.Eric pensó que podría haber sido un sueño, pero Eric no creía en los sueños.
Eric jamás volvió a ser el mismo, y terminó de abrir la puerta. Notó algo diferente, esta vez el tiempo transcurría de una manera en la que casi se podría haber manejado.
Eric abrió la puerta, impregnando sus huellas dactilares en el cristal que separaba un lado del otro, le recordó al botón del semáforo.
Y es que hacía tanto frío que al pulsarlo tuvo la
sensación de haber tapado el aliento de un ser realmente fetichista de hielos,
pero eso es otra historia.
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