Quiero que el silencio te acaricie las mejillas
con la delicadeza de la primera lluvia de abril,
quiero recordar escribir sobre las hojas de tu espalda
palabras de aire caliente y besos de despedida.
Quiero que lo sepas, que lo siento
el olor de la arrogancia y el abandono del tabaco que llenaba de humo nuestras sábanas,
tus sábanas
que acabaron por ser de nadie.
Y mis quejidos del frío mañanero
suavizados por tu cara de sueño de buenas noches mezcladas con la alegría de rozar tu piel de nuevo,
y el silencio tras mis latidos
marcando un punto exacto en el mapa de mi vida
al que por mucho que no quiera,
siempre acabaré volviendo
aunque sea con la mirada.
Pues el amor nunca se muere
y si así fuere
su dolor le mantendría en la nostalgia.
Cada día olvido tus palabras y la lluvia me recuerda tu existencia.
Es curioso el tiempo, que una vez nos encontró
y ahora nos aleja hasta los límites del olvido.
Y es eterno el remordimiento por haber dañado mi semana perfecta,
mis siete pecas de mejillas de clavel.
Tus eternos ojos de agua cristalina,
anunciando las tormentas sobre mis desiertos.
Las letras que me susurrabas y mis oídos necios que se negaban a escuchar.
El daño y la vergüenza que una vez marcaron tu alma,
y que ahora me pertenecen,
y que ahora me pertenecen,
yo los llevo con la honra
de saber que son la prueba
que me quema, y me ahoga,
de aquella vez en la que no te supe querer bien,
pero al menos tuve la suerte de quererte,
al menos una primera, última
y única vez.
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