Cruje la madera al son del miedo,
lloran sus hojas prendidas de
recuerdos, y recuerda
las llamas que forjaron las mismas
huellas que rehúsa pisar
por miedo a que cruja el suelo de
madera.
Despiertan los fantasmas de la
hoguera
los duendes narran historietas
las hadas me susurran hazañas bellas
la noche nos observa atenta,
mientras el mar canta su canción interminable
y se junta el viento a la velada
y son las sombras invitadas
y las lechuzas testigos del
silencio, que recorre toda mi piel
todas mis huellas de arena
mi eterna necesidad de volver
de saber que siguen ahí las huellas
y temer, siempre temer
pisarlas con los mismos pies.
Cruje la madera al son del miedo,
lloran sus hojas prendidas de
recuerdos, y recuerda
las llamas que forjaron las mismas
huellas que rehúsa pisar
por miedo a que cruja el suelo de
madera.
Llórate en las mangas
respira por la boca
aprende a nadar de nuevo
en el agua de tu pecho
recorre los jardines de tu alma
en busca de lamentos
en los que poder llorar de nuevo
y respirar por la boca
y dormir despierto
y despertar en sueños
y dar un nuevo primer beso
y pisar en donde nadie jamás haya
pisado
y escribir palabras que nadie más
haya rimado
y meterme en las mentes de los que
olvidaron
de los que olvidaron lo inolvidable
de los que viven en un constante
vuelo en picado hacia ninguna parte.
Arráncame las cicatrices, me he
cansado de repetir versos
me he destrozado los dedos llamando
a la tierra
suplicando un suspiro entre las
llamas de la inercia
en el fondo del pozo
de donde llevo toda mi vida sacando
agua fresca
y ahora solo encuentro polvo
en forma de reloj de arena.
Y en eso me convierto
en tiempo suave y frío
segundos puros de existencia
latidos de un ser calcinado por su
propia esencia
encerrado en su armazón de hierro y
plata
elegante, esculpido bajo la luna
agotando el pecho en cada instante
y en cada final
media vuelta, y el vacío se me llena
con más vacío y venas polvorientas
cenizas de memoria
recuerdos del exterior
y sonidos grabados en el cristal que
me abriga
como consignas
como botellas en el mar
como cicatrices de piel de plata
que me hacen prisionero de estas
paredes sin esquinas,
en donde todo puedo ver
y todos pueden verme,
en donde no puedo ocultarme
y a la vez no soy más que aire,
que las personas rotas cortan, me
decían,
decidí vivir dentro de mi herida,
para asegurarme de que nadie me rompa
y de que nadie se rompa, nunca
por culpa mía.
Y en mi cielo de cristal, reino del
polvo
y la ceniza
me entretengo con el paso del tiempo
mientras mi cabeza se queda dormida,
mis pies lloran,
y mis piernas tiemblan,
cuando cruje la madera al son del miedo,
mis pies lloran,
y mis piernas tiemblan,
cuando cruje la madera al son del miedo,
lloran sus hojas prendidas de
recuerdos, y recuerda
las llamas que forjaron las mismas
huellas que rehúso pisar
por miedo a que cruja el suelo de
madera.
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