Con cada minuto, se me escapa una vida entera,
había olvidado pensar, que sentir es dejar escapar el
tiempo
que el pecho tiembla
con tus pasos
mis botas se vuelven
sucias al intentar, seguir el rastro de tus cenizas
la delgada línea
entre ser y desear ser
se apodera lentamente
de mi inocencia,
pero qué hostias
quieres que te cuente
un verso con patas,
un delincuente de la inercia,
un ser en busca y
captura por tus pestañas abrazándose a cámara lenta
un recuerdo sostenido
por la música, incertidumbre abandonada de la vida.
Qué pretendéis al leerme, qué buscáis al besarme, qué
esperáis de alguien al que le encanta esperar,
si quisiera, os
odiaría.
De igual forma en la
que odio mis letras, y odio no saber odiar
porque el hielo se
derrite mientras yo contemplo el agua entre mis pelos,
y no existe más que
la tierra mojada sobre infinitos pañuelos
cargados de semen,
mocos y sueños.
Mientras muero, planto
semillas en forma de cerezo, en el pecho del tiempo, bajo la sombra de la huida,
entre los recuerdos,
y la vida
y mientras muero, y
me descompongo
guardo mis cenizas y
escribo un te quiero al regar el cielo,
suplicándote que te
vayas
y una vez ida
te conviertas en
memoria
para tenerte siempre
conmigo
y con mis manos poder convertirte
en pestañas mojadas
en pañuelos empapados
en libros a medias
en botas sucias e
irremplazables,
en una espera interminable,
en un odio que
encante,
en una fina barrera
entre quererte y desearte,
en una dulce
melancolía, fruto de los minutos
en los que se me
escapa toda una vida
volando entre cenizas.
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