La sensación es parecida a la de leer siempre el mismo cuento, pero a medida que avanzas las letras cambian de orden repentidamente, las palabras cobran un nuevo significado, la introducción a la historia se vuelve un salto en paracaídas roto, el nudo del relato se siente identificado con el de tu pecho y el desenlace se torna en caminar sobre un campo de minas neuronales.
Puede que al principio sea la curiosidad de lo propiamente nuevo lo que nos haga bajar la atención. Cuando era pequeño, sentía algo de miedo la primera vez que salté de cabeza a la piscina, pero era un miedo racional, ya que al caer siempre me hacía daño en la tripa. Sin embargo, era un dolor que me producía cierto placer, tener el pensamiento de estar saltando mientras los demás miraban, mientras mi padre discernía entre aprobación o reproche, me colocaba en una situación de importancia, por encima de los demás. Según fui aprendiendo, mi tripa dejó de doler, y se supone que eso debería de ser algo con connotaciones positivas, pero sin embargo, mi satisfacción a la hora de saltar también se redujo, en la misma proporción que el dolor. Además, la atención que recibía se desvaneció, de repente me di cuenta de que nadie me miraba al saltar, posiblemente porque ya no producía risa en las mentes ajenas, dejé de salpicar, y mi padre finalmente me dio su aprobación, me marcó con un "ya no me necesitas", con un tremendo signo de interés reducido. Me atrevería a pensar que lo único que buscaba era sentirse un hombre fuerte y útil enseñando a su hijo a estar al nivel de los demás. Bien, como iba diciendo, el interés por saltar de cabeza a la piscina practicamente desapareció, en ese momento empecé a buscar mi propia satisfacción, empecé a saltar cada vez mas alto, cada vez más lejos, y cada vez tardaba mas en salir a recuperar oxígeno. Llegó un punto en el que aprendí a saltar y permanecer bajo el agua, con el pecho pegado al fondo de la piscina, únicamente sientiendo el agua y su presión a mi alrededor, únicamente pensando en el momento de salir, para volver a entrar. Al cabo de un tiempo, empecé a sentir unas miradas extrañas a la hora de saltar, volví a sentir esa atención desproporcionada clavada en mis movimientos, pero no me produjo placer, simplemente lo dejé pasar. Pasó un año o dos, y a la hora de realizar mi impecable salto de profundidad comencé a escuchar risas dirigidas directamente hacia mí. Y en ese momento, algo cambió en mi interior, en mi cabeza y en mi pecho, ya no buscaba atención, únicamente silencio. Salté, y al llegar al fondo dejé de sentir el agua, dejé de sentir la presión y ya no pensaba en salir del agua para volver a entrar, pensaba en las risas que acababa de escuchar, y no podía evitar preguntarme el por qué de tanta gracia, de tanta arrogancia.
Continué saltando cada día, intentando ignorar las burlas, las patadas y los puñetazos directos a mi autoestima, lo único que podía hacer era continuar saltando, ya que no me habían enseñado nada más, y tampoco sabía que se podía aprender algo fuera del agua.
Yo sólo tenía en la cabeza continuar saltando al agua para que los demás vieran que era capáz de hacerlo, pero había algo que estaba fallando.
Llegó un día en el que en el momento de saltar simplemente, sentí miedo de resvalarme. Y al sentir miedo de resvalarme, tropecé, porque mi seguridad despareció, y al caer con la barbilla sobre el bordillo de mi lanzadera, toda la aceptación social y la aprobación de mi padre desapareció, y me sentí completamente semidesnudo, ya que la única prenda que llevaba puesta en ese momento, era un bañador con los colores del miedo y el dolor mezclados, y el cordón de risas y mofas amarillentas que lo ataba a mi cintura.
A partir de ahí, todos mis saltos se convirtieron en pruebas a superar, en esquivar las minas del suelo de la piscina y en rezar para que se abra el paracaídas. ¿Dónde estaba entonces mi padre, para corregirme, para decirme cómo se salta bien y cómo se salta mal? ¿Dónde estaba para señalarme cómo evitar tropecar en el bordillo, cómo esquivar las minas, y cómo conseguir abrir el paracaídas?
Sin más, mi padre ya no estaba. Porque toda su función había terminado, porque él ya me había enseñado a tirarme al agua como los demás, pero nunca se le ocurrió enseñarme a saltar como a mí más me gustaba, o a descubrir mi propio salto. En esos saltos, al llegar al fondo mi tripa ya no rozaba los azulejos, porque tenía miedo a arañarme, y ya no pensaba en salir para volver a tirarme, ni en el por qué de las risas ajenas, lo único que quería era quedarme ahí, bajo la presión del agua, hasta volver a sentir mi tripa en el fondo, el agua a mi alrededor, las ganas de volver a saltar, hasta que el agua de toda la piscina se evaporase.
A día de hoy, hace tres años que que no piso esos azulejos, que no me atrevo a saltar de cabeza, que me tropiezo por miedo a resvalar y que no paro de escuchar risas clavadas en mi piel. Y a día de hoy, lo único que busco es descubrirle a la gente que no sólo existe un modo de saltar basado en las aceptaciones sociales y paternales, sino que la realidad es que vivimos con una cantidad de opciones infinitas, que cada uno puede saltar como quiera salpicando lo que quiera y sumergiéndose lo que quiera, incluso puede elegir no saltar y escalarse un propio monte, y que en el momento en que alguna de nosotras cae, no debemos temer por las minas del suelo, debemos ayudar a quien se deja la barbilla en el bordillo o quien no quiere salir nunca del fondo.
Yo cambié la piscina por el mar, y sigo rozando mi barriga contra la arena, sin miedo a arañarme. Que ningún padre o persona que piense que la vida es un esquema dividido en sí y no, te haga sentir algo que no quieres sentir, eres libre, descúbrete.
28.2.16
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