Botella en mano, cigarro ambidiestro, creando ambiente en una habitación fría en la que las letras bailan de cabeza en cabeza. Puertas sin cerraduras que se abren solas dando paso al viento del olvido. Humo y notas huyen por la ventana en busca de esperanzas para volver, al lugar exacto de la canción, en el que el tiempo desafinó.
Y el llanto del olvido fue llamado ópera, en el que valen más los sonidos que la ropa que llevan puesta.
Busca otro compás, en el que las nubes reflejen el cielo, y los charcos del suelo busquen su reflejo en los ojos de los niños que chapoteaban en él. Que cuando llueva salado recuerden los pájaros que un niño se cayó, por una zancadilla del destino, o el desliz de un escalón. Libera su mente de poco en poco, derrite las notas, flotan los brazos, los párpados enrojecen por ver a su amado niño llorar. Rabia y furia se apoderan del llanto, el pequeño niño solo puede temblar en espera de que todo pase.
Apretando fuerte los dientes y encerrando sus pupilas, el niño narra las pesadillas en cada escalofrío, roza el infierno de los pobres, agarra la barandilla del perdón y confía en la fuerza de la gravedad como único aliado.
Tumba su cabeza en la almohada, arropa sus oídos con las manos, se encierra poco a poco en una nube de algodón, mientras el tiempo pasa ajeno a todo problema. Las nubes cubren el cielo, el niño pone la lluvia, porque siempre lloran los que tienen motivos más que penas, cierra los ojos, duerme, y todo parece poder descansar.
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