6.3.14

Cuando era pequeño

Cuando era pequeño, nunca conseguía acabar ninguna colección, excepto una, la colección de las lágrimas perdidas. Cuenta la leyenda que las lágrimas que soltamos al nacer de nuestra madre son las que más pesan, las que más valor tienen y posiblemente las más significativas.
Quién sabe el motivo por el cual lloramos y gritamos al llegar al mundo, nadie sabe por qué no nos acordamos de absolutamente nada del momento de nacer, y aprovechando el desconocimiento del enunciado dejaré que mi mente le busque un sentido.
No hay nada más sincero y fugaz que un niño recién nacido, y su madre, no hay nada que tenga más valor que el primer abrazo de un hijo y su fiel mamá. Con los ojos cerrados y la piel húmeda se envuelve entre sábanas al bebé, y se deja caer suavemente sobre los brazos de la madre cansada por el esfuerzo, mientras el padre mira orgulloso su creación pensando un futuro para él como un gran jugador de fútbol o político, marcando su vida antes incluso de que pueda abrir los ojos del todo. El niño nace, los padres le crían, pero no le educan para vivir, le marcan pautas y límites cada día de su vida. La leyenda de mi cabeza cuenta que el niño nunca quiso nacer del todo, desde el vientre de su madre vio el panorama del mundo con el rabillo del ojo y lloró, lloró por vivir y morir, y sus lágrimas se perdieron. Desde entonces está condenado a buscar esas gotas de vida que salieron de sus ojos, las busca dentro, pero nunca salen por mucho daño que sufra el corazón. A medida que va creciendo sus ojos se abren cada vez más, su capacidad de sentir va aumentando y su dolor por la falsa vida aceptada por el mundo va creciendo. Va creciendo su mente, lo analiza todo, ve injusticias y falta de sentido común en todas partes, aprende a vivir del sentimiento, de la música, del soñar, y del escribir.
Posiblemente el mayor problema al que se enfrenta el niño sea la soledad, el profundo y oscuro sentimiento de soledad que le va rodeando poco a poco, por no ver su mente reflejada en ninguna mirada conocida, y la pérdida de personas amadas, unidas a él, que por motivos que no quiero pensar cruzan la delgada línea entra la muerte y la vida. El niño es un pensamiento independiente, y sufre, por ver la ceguera del mundo, sufre porque le encanta ayudar a personas con corazón, y sufre porque no sabe cómo ayudar al mundo que ven sus ojos, mientras las lágrimas van cayendo en busca de las que se perdieron. Las lágrimas caen por un simple y complejo motivo a la vez, descubrir por qué el niño nació, y por qué todo lo que ama se difumina.
El niño cumple años, y a las lágrimas cada vez les cuesta más caer por sus ojos, se deslizan, se columpian, pero no terminan de caer. El niño se refugia en el arte y aprende poco a poco a vivir de él, a transformar sus emociones y sentimientos en palabras o música, y de vez en cuando en algún que otro dibujo de colores oscuros. El niño ya no tan niño aprendió a crear un muro alrededor de su mente, en el que cada lágrima, cada persona, cada relato formen otro ladrillo en él. Es como hacer una casa en el árbol de tu cabeza, tu refugio, vivir en tu mente, ser libre por lo menos en tus pensamientos. Sin embargo nada es perfecto, y el dolor sigue haciendo su trabajo, y las lágrimas perdidas siguen sin aparecer.

La vida por muy larga que sea se puede resumir en unos cuantos párrafos si se escriben bien, el niño vive dentro de mí, y todavía no ha encontrado las lágrimas que le arrancaron, pero a veces me susurra que no pierda la esperanza de lograr la felicidad anclada en mi cabeza, que él está conmigo, y que aunque ahora sea otra persona totalmente diferente, nunca me va a abandonar del todo. Espero terminar esta colección algún día. 

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