Cuando era pequeño, nunca conseguía acabar ninguna
colección, excepto una, la colección de las lágrimas perdidas. Cuenta la
leyenda que las lágrimas que soltamos al nacer de nuestra madre son las que más
pesan, las que más valor tienen y posiblemente las más significativas.
Quién sabe el motivo por el cual lloramos y gritamos al
llegar al mundo, nadie sabe por qué no nos acordamos de absolutamente nada del
momento de nacer, y aprovechando el desconocimiento del enunciado dejaré que mi
mente le busque un sentido.
No hay nada más sincero y fugaz que un niño recién nacido, y
su madre, no hay nada que tenga más valor que el primer abrazo de un hijo y su
fiel mamá. Con los ojos cerrados y la piel húmeda se envuelve entre sábanas al
bebé, y se deja caer suavemente sobre los brazos de la madre cansada por el
esfuerzo, mientras el padre mira orgulloso su creación pensando un futuro para
él como un gran jugador de fútbol o político, marcando su vida antes incluso de
que pueda abrir los ojos del todo. El niño nace, los padres le crían, pero no
le educan para vivir, le marcan pautas y límites cada día de su vida. La
leyenda de mi cabeza cuenta que el niño nunca quiso nacer del todo, desde el
vientre de su madre vio el panorama del mundo con el rabillo del ojo y lloró, lloró
por vivir y morir, y sus lágrimas se perdieron. Desde entonces está condenado a
buscar esas gotas de vida que salieron de sus ojos, las busca dentro, pero
nunca salen por mucho daño que sufra el corazón. A medida que va creciendo sus
ojos se abren cada vez más, su capacidad de sentir va aumentando y su dolor por
la falsa vida aceptada por el mundo va creciendo. Va creciendo su mente, lo
analiza todo, ve injusticias y falta de sentido común en todas partes, aprende
a vivir del sentimiento, de la música, del soñar, y del escribir.
Posiblemente el mayor problema al que se enfrenta el niño
sea la soledad, el profundo y oscuro sentimiento de soledad que le va rodeando
poco a poco, por no ver su mente reflejada en ninguna mirada conocida, y la
pérdida de personas amadas, unidas a él, que por motivos que no quiero pensar
cruzan la delgada línea entra la muerte y la vida. El niño es un pensamiento
independiente, y sufre, por ver la ceguera del mundo, sufre porque le encanta
ayudar a personas con corazón, y sufre porque no sabe cómo ayudar al mundo que
ven sus ojos, mientras las lágrimas van cayendo en busca de las que se
perdieron. Las lágrimas caen por un simple y complejo motivo a la vez,
descubrir por qué el niño nació, y por qué todo lo que ama se difumina.
El niño cumple años, y a las lágrimas cada vez les cuesta
más caer por sus ojos, se deslizan, se columpian, pero no terminan de caer. El
niño se refugia en el arte y aprende poco a poco a vivir de él, a transformar
sus emociones y sentimientos en palabras o música, y de vez en cuando en algún
que otro dibujo de colores oscuros. El niño ya no tan niño aprendió a crear un
muro alrededor de su mente, en el que cada lágrima, cada persona, cada relato
formen otro ladrillo en él. Es como hacer una casa en el árbol de tu cabeza, tu
refugio, vivir en tu mente, ser libre por lo menos en tus pensamientos. Sin
embargo nada es perfecto, y el dolor sigue haciendo su trabajo, y las lágrimas
perdidas siguen sin aparecer.
La vida por muy larga que sea se puede resumir en unos
cuantos párrafos si se escriben bien, el niño vive dentro de mí, y todavía no
ha encontrado las lágrimas que le arrancaron, pero a veces me susurra que no
pierda la esperanza de lograr la felicidad anclada en mi cabeza, que él está
conmigo, y que aunque ahora sea otra persona totalmente diferente, nunca me va
a abandonar del todo. Espero terminar esta colección algún día.
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