23.2.14

Metro y medio de tierra

Pestaña amarga que cuelgas de mis pupilas, abstracta y oscura como mi mente al atardecer, obedece al miedo de caer sobre las brasas de la melancolía de aquellas letras perdidas, papeles mojados y quemaduras bajo la luz de tus ojos. Insípidas, sin forma, las lágrimas salen volando en sentido contrario a mi destino, insípido, sin forma.
Nostalgia de como tus dedos acariciaban mis mejillas, deslizaban por mis labios pedazos de tu corazón, tus ojos describían a la perfección mi reflejo. Nostalgia de como mi pelo abrazaba tus manos, soñando despierto entre tus brazos un mundo sin hora de amanecer, porque la noche siempre te comprende. Palpitaban tus ojos al besar mis labios, palpitaban nuestras almas como la primera flor de la primavera más fría de nuestras vidas.
Amanecía el tiempo desnudo y sin piel a los pies de nuestra cama, jugando en nuestras piernas morían las agujas del reloj. Llorando desnudo el tiempo se rendía, aquello no compartía realidad con dolor, el tiempo desistió y mi mente y la tuya jugaron con las cenizas de las agujas del reloj, a los pies de nuestra cama, la nieve palpitaba.
La vida rompe sueños casi tanto como flores los pies de un niño. Confiado, la vida me ganó la espalda, revivió el tiempo, y las cenizas al pié de la cama cambiaron su número al singular. 
Confiado, descuidado, dormí demasiado, cerré los ojos por un instante y maté a mi propia muerte.
Lloraron mis ojos viendo la tormenta aproximarse, aquel día llovieron todas tus sonrisas, a pedazos, cuajaron los besos sobre un suelo mojado, murió sobre muerto, acabó con mi tiempo. Comencé mi condena, llené de nieve el campo, el niño ya no mataba flores, la vida no mataba sueños, el tiempo no necesitaba agujas. 
Los dientes chocan entre sí, señal de frío, las agujas se bañan en vinagre, cuida tus heridas para que nunca cierren, aquel día las palabras no existían, ni la nieve, ni el frío, ni la vida sabía vivir. No hay nadie en casa, ya nadie abre la puerta, nadie juega en la cama, nadie recoge las cenizas. Culpa, hasta en los pelos de punta, hasta las horas muertas, hasta el fondo de mi alma encarecida al perdón de lo imposible.
Culpa, culpa, culpa.

Por torcer tu sonrisa, por arañar tus mejillas, por marchitarse el pelo, por apagar tu mirada, por descender tus pestañas hasta el punto de no ver más allá del temblor de tus manos, por quedarme sin palabras en el final del poema, por anestesiarte de por vida, por quitarle la coma al punto, por fallar a nuestra cama, por dejar que se enfríen las sábanas, por quemar tus labios entre cigarros, por pisarte la esperanza, por perderte en la pérdida, por regar tu ausencia, por temblar entre tus secretos, por no descolgar el teléfono, por seguir escribiendo, por no saber a qué hora vas a llegar, por matar al tiempo, por acabar con la vida, por pisar las flores, por nevar en tu piel, por romperte las agujas, por soñarte cada noche, por encerrarte en una caja de madera, cuatro tablones, flores, y metro y medio de tierra.

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