Pestaña amarga que
cuelgas de mis pupilas, abstracta y oscura como mi mente al atardecer, obedece
al miedo de caer sobre las brasas de la melancolía de aquellas letras perdidas,
papeles mojados y quemaduras bajo la luz de tus ojos. Insípidas, sin forma, las
lágrimas salen volando en sentido contrario a mi destino, insípido, sin forma.
Nostalgia de como tus
dedos acariciaban mis mejillas, deslizaban por mis labios pedazos de tu
corazón, tus ojos describían a la perfección mi reflejo. Nostalgia de como
mi pelo abrazaba tus manos, soñando despierto entre tus brazos un mundo sin
hora de amanecer, porque la noche siempre te comprende. Palpitaban tus ojos al
besar mis labios, palpitaban nuestras almas como la primera flor de la
primavera más fría de nuestras vidas.
Amanecía el tiempo
desnudo y sin piel a los pies de nuestra cama, jugando en nuestras piernas
morían las agujas del reloj. Llorando desnudo el tiempo se rendía, aquello no
compartía realidad con dolor, el tiempo desistió y mi mente y la tuya jugaron
con las cenizas de las agujas del reloj, a los pies de nuestra cama, la nieve
palpitaba.
La vida rompe sueños
casi tanto como flores los pies de un niño. Confiado, la vida me ganó la
espalda, revivió el tiempo, y las cenizas al pié de la cama cambiaron su número
al singular.
Confiado, descuidado,
dormí demasiado, cerré los ojos por un instante y maté a mi propia muerte.
Lloraron mis ojos viendo
la tormenta aproximarse, aquel día llovieron todas tus sonrisas, a pedazos,
cuajaron los besos sobre un suelo mojado, murió sobre muerto, acabó con mi
tiempo. Comencé mi condena, llené de nieve el campo, el niño ya no mataba
flores, la vida no mataba sueños, el tiempo no necesitaba agujas.
Los dientes chocan entre
sí, señal de frío, las agujas se bañan en vinagre, cuida tus heridas para que
nunca cierren, aquel día las palabras no existían, ni la nieve, ni el frío, ni
la vida sabía vivir. No hay nadie en casa, ya nadie abre la puerta, nadie juega
en la cama, nadie recoge las cenizas. Culpa, hasta en los pelos de punta, hasta
las horas muertas, hasta el fondo de mi alma encarecida al perdón de lo imposible.
Culpa, culpa, culpa.
Por torcer tu sonrisa,
por arañar tus mejillas, por marchitarse el pelo, por apagar tu mirada, por
descender tus pestañas hasta el punto de no ver más allá del temblor de tus
manos, por quedarme sin palabras en el final del poema, por anestesiarte de por
vida, por quitarle la coma al punto, por fallar a nuestra cama, por dejar que
se enfríen las sábanas, por quemar tus labios entre cigarros, por pisarte la
esperanza, por perderte en la pérdida, por regar tu ausencia, por temblar entre
tus secretos, por no descolgar el teléfono, por seguir escribiendo, por no
saber a qué hora vas a llegar, por matar al tiempo, por acabar con la vida, por
pisar las flores, por nevar en tu piel, por romperte las agujas, por soñarte
cada noche, por encerrarte en una caja de madera, cuatro tablones, flores, y
metro y medio de tierra.
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