22 de Enero de 2014, parece mentira que sea otro año, las fechas
cada vez importan menos. Me remango el brazo derecho, mi piel acaricia el papel
del cuaderno, y me dispongo a seguir con el plan establecido. Pero esta vez
creo que es diferente, creo que voy a tardar más en vaciarme y menos en
llenarme de tachones y palabras, muchas, sin sentido.
Si la felicidad que tanto ansiáis consiste
en el egocentrismo, en no hacerte preguntas ni en ver las injusticias, prefiero
ser infeliz. Hago una pausa, se me ha atragantado otro verso, espera, estaba
perdiendo mi esencia, el hilo del texto. Me confieso a mí mismo el secreto del
cambio, el cambio de una realidad a otra me cansa. A veces pienso demasiadas
cosas y escribo muy pocas, hay veces en las que, simplemente, soy yo el papel.
De pequeño solía quedarme unas cuantas
horas mirando el reloj de arena de mi abuela, no comprendía cómo la fina y
sutil arena no se cansaba de subir y bajar, después me di cuenta de que solo
baja, lo único que ocurre es que se le da la vuelta al reloj. Quizás me han
dado la vuelta unas cuantas veces ya, pero lo más triste de la historia
de este reloj, es que no marca las horas, ni tiene agujas, cuando se rompe el
cristal se rompe su vida. A veces, le das tantas vueltas al pobre reloj de
arena que se acaba rompiendo.
A veces me quedo sin plumas, y el frío no
me permite abrigarme. Los que te quieren, los que te aman de verdad, podrán
caminar de arriba abajo por el exterior de tu muro, pero nadie podrá
atravesarlo, nadie podrá entrar en tu mente, al menos en la mía no. Durante mi
corta vida he creado un muro, con ladrillos de dolor, sufrimiento, algunas
presencias y otras presentes, pasados, y futuros. Utilizando las noches, mi
perdón inventado, y mi realidad como un firme cemento a prueba de lágrimas. Lo
peor que podrían hacerme es derribar mi muro, es mi punto débil, mi más oscuro
secreto. Tan sólo es otro ladrillo en el muro, duele, pero es la verdad.
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