13.10.19

A tientas


Silencio.
Y por fin me encuentro solo conmigo mismo, desnudo ante mi soledad, rendido ante el silencio. Necesito verme frío, desnutrido y abandonado, necesito escuchar mis huesos rozando contra mi carne, haciendo polvo de un árbol quemado, retorciéndose como muestra de amor incondicional.
He aprendido que llorar es la sinceridad del alma, y he aprendido que la sinceridad es dejar que el alma llore. Todo lo que tengo son palabras que me huyen que noto que no me aman que se me escapan entre los dedos como el propio tiempo, como el amor eterno como la brisa del mar o todos y cada uno de los momentos de mi vida que merecen la pena vivir y ser recordados. Todo lo que tengo son instantes y un corazón triste que guarda hasta el último minuto de pasión vivida.
Esto es una declaración de culpabilidad, pues soy culpable de haber sentido. Sí, no hay más, no hay dobles, ni triples sentidos, soy culpable de haber sentido. Pues todo lo que he vivido es lo único que me mantiene en pie, porque he desarrollado una forma de ver la vida que jamás querré perder, porque sé, que en el fondo, guardo un mundo entero esperando a que alguien sepa recorrer con el calzado adecuado. Y digo que soy culpable, porque el sentir es lo único que nace y muere en mí, porque no depende de ninguno de vosotros, porque es mío, para siempre, como la creación que siempre quise crear. He dado vida a la parte que me consume y he conseguido domarla hasta convertirla en un mar en mi mirada, al cual escapo, cuando el mundo se convierte en mundo, y la fealdad me provoca arcadas en forma de odio e ira, y pienso en destruir cada palmo de tierra con olas de llantos.
Le he perdido el miedo al vacío, y al traspasar toda la niebla he encontrado tanta claridad que mis ojos ya no ven como los otros. Mis ojos miran al verse, yo, veo el mundo cuando el mundo no mira, y cuando fija su mirada, soy invisible. Es ese el secreto de mi soledad tan silenciosa, que si no quiero dejarme ver, nadie se acuerda de que estoy vivo, ni siquiera yo mismo.
Tengo en mi mano el poder de crear y destruir todo aquello que he creado y destruido. Y toda mi vida, todo mi ser, lleva mi firma. He dedicado sangre, sudor y lágrimas a crear una obra que no comprendo, pero que me hace feliz al contemplarla, y triste al ver que no tiene sitio en ningún museo. Soy la droga perfecta, te da justo lo que quieres, te quita lo que te sobra, y te hace ver que no me necesitas.
Siento rabia, impotencia, porque tengo tanto y no puedo hacer nada. Me siento como un ángel sin alas, de qué me sirve saber que el cielo existe si me han quitado las alas. Y de que me sirve vivir aquí abajo si nadie se imagina siquiera la opción de volar. Solo me queda mi mundo, como un templo, como un reino, al que decoro con todo lo que soy, al que reservo sitio a la persona que se de cuenta, de que la única manera de entrar, es en silencio, descalzo y a tientas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario