Silencio.
Y por fin me encuentro solo conmigo mismo, desnudo ante mi
soledad, rendido ante el silencio. Necesito verme frío, desnutrido y
abandonado, necesito escuchar mis huesos rozando contra mi carne, haciendo
polvo de un árbol quemado, retorciéndose como muestra de amor incondicional.
He aprendido que llorar es la sinceridad del alma, y he
aprendido que la sinceridad es dejar que el alma llore. Todo lo que tengo son
palabras que me huyen que noto que no me aman que se me escapan entre los dedos
como el propio tiempo, como el amor eterno como la brisa del mar o todos y cada
uno de los momentos de mi vida que merecen la pena vivir y ser recordados. Todo
lo que tengo son instantes y un corazón triste que guarda hasta el último
minuto de pasión vivida.
Esto es una declaración de culpabilidad, pues soy culpable
de haber sentido. Sí, no hay más, no hay dobles, ni triples sentidos, soy
culpable de haber sentido. Pues todo lo que he vivido es lo único que me
mantiene en pie, porque he desarrollado una forma de ver la vida que jamás
querré perder, porque sé, que en el fondo, guardo un mundo entero esperando a
que alguien sepa recorrer con el calzado adecuado. Y digo que soy culpable,
porque el sentir es lo único que nace y muere en mí, porque no depende de
ninguno de vosotros, porque es mío, para siempre, como la creación que siempre
quise crear. He dado vida a la parte que me consume y he conseguido domarla
hasta convertirla en un mar en mi mirada, al cual escapo, cuando el mundo se
convierte en mundo, y la fealdad me provoca arcadas en forma de odio e ira, y
pienso en destruir cada palmo de tierra con olas de llantos.
Le he perdido el miedo al vacío, y al traspasar toda la niebla
he encontrado tanta claridad que mis ojos ya no ven como los otros. Mis ojos
miran al verse, yo, veo el mundo cuando el mundo no mira, y cuando fija su
mirada, soy invisible. Es ese el secreto de mi soledad tan silenciosa, que si
no quiero dejarme ver, nadie se acuerda de que estoy vivo, ni siquiera yo
mismo.
Tengo en mi mano el poder de crear y destruir todo aquello
que he creado y destruido. Y toda mi vida, todo mi ser, lleva mi firma. He
dedicado sangre, sudor y lágrimas a crear una obra que no comprendo, pero que
me hace feliz al contemplarla, y triste al ver que no tiene sitio en ningún
museo. Soy la droga perfecta, te da justo lo que quieres, te quita lo que te
sobra, y te hace ver que no me necesitas.
Siento rabia, impotencia, porque tengo tanto y no puedo
hacer nada. Me siento como un ángel sin alas, de qué me sirve saber que el
cielo existe si me han quitado las alas. Y de que me sirve vivir aquí abajo si nadie
se imagina siquiera la opción de volar. Solo me queda mi mundo, como un templo,
como un reino, al que decoro con todo lo que soy, al que reservo sitio a la
persona que se de cuenta, de que la única manera de entrar, es en silencio,
descalzo y a tientas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario