El reloj marca las siete de una tarde de sábado cualquiera, envuelta en un invierno cualquiera, de cualquier año en cualquier calle de Madrid. Busco encontrar la nostalgia que dejé apalabrada a cada paso, a cada ligera pisada encima de estos pequeños adoquines de coral grisáceo. Busco rememorar los perdones que un día me hicieron sentir vivo, en medio de una tormenta de lamentos y sonidos de besos enlatados, cuerdas desafinadas y manos frías a modo de columpios de infancia por encima de aquellos mismos pasos, que formaban todo un camino, del caminante que escribe sus rutas al andar.
La mirada casi tan perdida como mi atención, y los pensamientos náufragos en mareas de incertidumbre y melancolía. La esperanza como brújula y los recuerdos como mapas de tesoros que ya nadie jamás encontrará.
La realidad sucumbiendo a los encantos del reflejo de mi pupila sobre los rayos de la luna que trasnocha sobre el día, y las nubes, mis amadas nubes, las que arropan a la vida para que no coja frío, y me dedican ritmos de paz y tranquilidad sobre el mismo paraguas negro de siempre.
Mi pequeña rutina al compás del reloj, que me aleja del miedo tremendo a la libertad, y me acerca a la verdad de que el amor se refleja entre el otoño y el invierno; cuando uno se desprende de todo para que el siguiente todo lo cubra de silencio.
Camino mirando al suelo porque noto como las estrellas ven cada error que cometo, siento como el mismo cielo al que dedico poemas llora por ver cómo me descompongo por dentro. Pero, aun así, camino, por miedo a que el frío me dedique palabras cálidas, y que la lluvia al final acabe secándome.
Avanzo hacia la nada, pues al no existir un norte, cualquier paso carece de sentido, y es al final lo que es vivir sin saber lo que es estar vivo, que cada latido, no es más que un grano de arena cayendo en un reloj que carece de fondo.
Y resulta que te veo, al otro lado del vagón del metro, y tú me ves a mí, mirándote desde el lado opuesto. Y es ahí cuando nos vemos, y a pesar de ir los dos hacia delante ambos queremos detenernos, y que la gente se aparte, que nos dejen espacio para poder ser testigos de cómo el miedo se vuelve insignificante. Al menos es lo que yo pienso, y Dios sabe si en tu cabeza habrá algo parecido a lo que siento, si en tus pupilas cabrá el mismo cielo que flota sobre las mías, si entre tus manos cabrán mis manos, aunque sean tan pequeñas, y si mis anillos
te rozarán al acariciarte los dedos fríos. Quizás sea absurdo pensar en todo esto, o quizás sea más absurdo todavía sentir vergüenza por hacerlo. Quizás merezca la pena si en tu vagón también el tiempo se detiene, mostrándome un motivo para la vida plena en medio de tanto caos, un simple atisbo de luz que nadie creería, un fantasma del pasado mezclado con alcohol y ganas de notar algo que no sea tabaco entre mis labios.
Tan solo son miradas y unos metros todo lo que nos une y nos separa, y, aun así, parece una vida entera. Se abren las puertas y con ellas el miedo a que se cierren demasiado rápido, veo tu cabello rubio liderando la incertidumbre de si tu destino y el mío se encontrarán, o, por el contrario, todo quedará en el contacto de dos miradas.
Pero lo cierto, es que yo nunca salí de mi casa con un destino, y mucho menos con alguna esperanza. Las esperanzas y los destinos se encuentran al caminar, y por desgracia, hay ocasiones en las que no se pueden evitar.
Estoy cansado, de buscar ojos que me busquen, solo porque mi corazón palpite, y los ojos ajenos despierten en mí una mínima llama en medio de tanto silencio y hojas caídas. Y, aun así, a pesar de odiar sentir el fuego que me recuerda al calor que añoro, persigo tus cabellos rubios sin saber siquiera el porqué de mis pasos, ni mi destino, ni lo que escribo.
Es curiosa la manera en la que las personas pierden luz al pasar a tu lado, o quizás seas tú quien se la arrebates, o quizás sean mis ojos caprichosos que solo enfocan lo que más brilla. Pero lo cierto es que soy incapaz de mirar siquiera hacia la dirección a la que me dirijo, confío en que tarde o temprano, me equivoque al dar un paso y despierte de este sueño, hacia la eterna realidad.
Aunque hay sueños que nunca acaban, o al menos eso es lo que se siente al vivirlos. Eso es lo que creí sentir al ver como mirabas hacia atrás para comprobar si era yo el que seguía tus huellas.
Huellas que me recuerdan el susurro de la muerte, recitando que el amar a medias es el título del poema introvertido dedicado a la propia muerte. Y serán esos mismos pasos que tildaron mi soledad de gritos desesperados por atrapar las gotas de lluvia entre mis dedos, los que me acerquen a tu sonrisa de nieve y fresas en pleno campo verde de esperanza y sueños de tormenta.
La necesidad de la elección se vuelve un nudo en la garganta, que atrapa todo lo que quiero gritarte en cualquier idioma, que sea capaz de recoger mis latidos y darles un sentido cronológico. Y las palabras que mi boca materializa no concuerdan con los miedos que hacen sentir en mi interior a las mismas mariposas, flores nuevas en las que poder dormitar entre legañas. La duda que provoca el paso del tiempo es la misma que me mantiene en vela en mitad de tanta sábana blanca y colchón a modo de folio con mil escritos sobre su relieve.
Y si la vida quiere hacer realidad lo que siempre escribí, no seré yo quien le corrija las faltas de ortografía. Ni seré yo quien pretenda ser el escritor de tus pupilas, el que decida a quién debes mirar por encima de mi recuerdo, ni el que susurre a tu oído lo mucho que te echo de menos, aun teniéndote a la distancia de medio beso.
Si tras haberme decidido a decidirme, si mi pecho se abre no quieras ver lo que guardo dentro con ojos de humano simple, pues ni yo mismo comprendo lo que siento. Si después de haber bailado con la inercia y hacerme amante secreto del destino decides formar parte de este texto, cada trozo de estas letras será de tu pertenencia, y mis manos leerán todo esto en el paso de lunar a lunar y de caricia a caricia, asumiendo que tu piel pertenece tanto al olvido como a mis dedos. Asumiendo que tus manos son la pluma que escribe sobre el agua de mi pozo, y tus lágrimas la lluvia que tanto ansío atrapar en mis recuerdos.
Eres culpable, de que estos mismos recuerdos pierdan peso a pasos agigantados, por cada paso que dan tus palabras en mi corazón. Eres culpable de hacerme olvidar la apatía en forma de ciudad gris, para convertirme en nube, y soñar por encima de los mismos hombres que sueñan, al escribir sus rutas al andar.
Eres responsable del fuego brillante a la luz de la vela, de que, si ella no prefiere moverse jamás, será porque alguien envió la tierra prometida, una tierra que persigo con ambas manos, porque soy el hombre que habita en el interior, mirando hacia fuera. Porque ya no queda viento en mi alma, y he envejecido demasiado rápido.
He envejecido cubierto de sábanas, las mismas que espero que en el día de mi muerte sigan guardando tu aroma y el frío que bautizaba el sudor sobre tu piel, provocando tu deseo de cubrirte una vez más, con mantos de piel envejecida. He muerto y he nacido tantas veces como veces han sido las que imaginé devorarte las palabras, una a una, beso a beso, verso a verso. He recorrido tus senderos en busca de un camino que me aleje de tanto desorden perfectamente ordenado. He sido testigo del milagro que supone dormirme sin acordarme de
lo último que pensé, porque estaba ocupado escuchando tus pensamientos. He quemado cada hoja que ensucié con palabras vanas con el fin de llenar mi cuaderno de promesas que nadie ni yo, podría llegar a cumplir.
Y ahora, que sigo siendo un joven con corazón anciano y pulmones desgastados de llorar, me adapto a la curva de tu espalda como la lluvia se adapta al suelo, formando charcos, para volver a coger el vuelo y volar por encima de esta realidad dañina. Me duermo con miedo, porque el miedo no hace prisioneros, los prisioneros son el miedo.
Me duermo pensando en lo poco que cuesta cerrar un corazón y lo verdaderamente difícil que es abrirlo de nuevo. Quizás exagere todo demasiado, quizás me cueste adivinar los pensamientos más mundanos por prestarle demasiada atención al vuelo de los pájaros.
Quizás, si me duermo entre tus labios de algodón blanco, despierte una vez más saboreando tu piel de nata. Quizás si esta vez rezo antes de cerrar los ojos, pueda escuchar de nuevo tus susurros en mi oído, tus palabras resonando por mi pecho, tus manos acariciándome el pelo, y mi vergüenza de ver mi cara al descubierto.
Puede que la vida esté jugando conmigo, a escribirme un poema delante de las narices y a demostrarme, que aquí quien manda es ella y no mis manos de mortal resentido. Puede que tú seas el verso que necesite leer un escritor con fobia a los libros, para darse cuenta por fin, de que necesita la lectura como tinta necesita una pluma para escribir sueños.
Puede que te conviertas en el principio de algo nuevo, y en el final de algo eterno, justo como lo que siento cuando las ganas de verte aumentan a medida que pasa el tiempo. Justo lo que siento al dormirme profundamente con tu cabeza en mi pecho. Y me despierto.
Despierto. Pero esta vez ya no estás.
Despierto al matar esas mismas ganas de verte con más tabaco entre mis labios. Despierto en el mismo bar de siempre a donde acude mi esperanza convaleciente a encontrar escondite.
Despierto del sueño infantil de creer que ya no soy un fantasma del pasado mezclado con alcohol y ganas de notar algo que no sea tabaco entre mis labios. Despierto en la eterna realidad de siempre, sobre el mismo taburete de siempre, y la misma barra pegajosa de siempre. Termino de fumar y vuelvo adentro a ocupar mi
puesto en la representación, y aunque lo hago guardando la ceniza en la punta de mi bota, en el fondo sé que salir es más fácil cuando sabes que vas a poder volver a entrar.
Me pido otra cerveza, para celebrar el tiempo perdido, y me paro a pensar en que quizás beba tanto para olvidar, con la excusa de que, al ser la cerveza rubia, pueda acordarme de tu pelo.
Tan solo el pozo que vislumbro al fondo del cuello de la botella sabe verdaderamente todo lo que piensan mis dedos, doy vueltas a mis anillos con la esperanza de que me señalen alguna dirección. La música suena, pero yo solo consigo escuchar el sonido de las burbujas huyendo de mi garganta, y mis ojos abiertos secándose al mismo tiempo, en que mi mente se vuelve a nublar. Tan solo soy un ente encapuchado de desgracias esperando el momento de pagar mis deudas. Mi traje negro, y mis ganas de llorar, me recuerdan que a pesar de llevar un abrigo largo nada te protege de los golpes de la mente.
Y a medida que mi espalda se vuelve más curva sobre la barra, me acuerdo todavía más de lo que era pegarme a la tuya, como la lluvia, formando charcos.
Y a medida en que mis manos se duermen, se preguntan en qué bolsillo dormirán las tuyas esta noche.
Y a medida en que consigo enfocar mi vista en el cuello de aquella botella, me decido a separar mis labios, a pesar de que cada vez que los muevo, me acuerdo de los tuyos.
Y sigo bebiendo, con la esperanza de que de entre la mezcla de alcohol y sangre, algún recuerdo termine por morir intoxicado. Con la esperanza de que, entre la mezcla de tantos recuerdos e imaginaciones, consiga dormirme y no despertarme de ese sueño, en el salgo del metro y me sonríes. En el que despierto y sigues a mi lado. En el que la nostalgia y los perdones se transforman en el vuelo de los pájaros, en el que mis cuerdas se afinan con el sonido de tus besos, y nuestras manos frías se columpian, por encima de nuestros propios pasos.
El reloj marca las tres de la mañana de un sábado cualquiera, envuelto en un invierno cualquiera, de cualquier año en cualquier calle de Madrid.
Y ahora solo busco volver a soñar.
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